cuentos de horror

cuentos de horror
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ESCALOFRIO PRESENTA CUENTOS DE HORROR

VARIOS AUTORES DE HORROR – HISTORIAS DE MEDIANOCHE

Selección de Cuentos de Horror: de las publicaciones de la era Vértice,
Escalofríos de los cómics Marvel en España y de Creepy segunda época de Toutain
Editor, y para finalizar un relato fantástico de Tales from the crypt publicada
originalmente en 1952.
Relatos donde encontramos al conde Drácula, hombres-lobo y Voodoo entre
otros de horror, miedo y terror..

Contenido:
LOCURA BAJO UNA LUNA DE PLENO VERANO…………………………………………..3
YO FUI ANTAÑO UN HOMBRE AMABLE………………………………………………………….14
CON EL ALBA LLEGA LA MUERTE…………………………………………………………………23
EL PERFECTO HOMBRE VOODOO…………………………………………………………………36
CONSERVA TU ATAUD SECO, NEVADA…………………………………………………………..42
JIMMY YA NO VIVE AQUI………………………………………………………………………………46
LUNA DE SANGRE………………………………………………………………………………………51
HIJO DEL SOL……………………………………………………………………………………………61
ALGUNAS MUERTES SIN SENTIDO………………………………………………………………..80
NASTASSJA III……………………………………………………………………………………………88
EL CONTRATO…………………………………………………………………………………………..91
EL PRINCIPIO DEL FIN…………………………………………………………………………………94
TRAVELLERS……………………………………………………………………………………………..99
LOCURA BAJO UNA LUNA DE PLENO VERANO
Gerry Conway
Aparece en Escalofrió 26 Monsters Unleashed!
1974
Una historia del Hombre Lobo, por Gerry Conway
SINOPSIS: En muchos aspectos, excepto uno, yo soy un adolescente como
cualquier otro muchacho de California…, pero es esa excepción la que me hace
diferente. Algunos muchachos son tímidos con las chicas: otros tienen dificultades
con la trigonometría y los cálculos superiores. Yo, soy un hombre lobo… un
hombre lobo nocturno. Tres días de cada treinta, me crece vello en el cuerpo y
colmillos en la boca, y un humor que no desearías ver en un sargento de
«marines». Todo se debe a una maldición procedente de mi padre: pero esto es
otra historia. La actual se refiere a un grupo de tipos que se han apoderado de la
casa de apartamentos en la que vivo… y cuando digo se han apoderado, quiero
decir que SE HAN APODERADO. Han cortado los cables telefónicos y han hecho
salir cuantos estaban en la Golden House (el nombre del lugar) al vestíbulo de
entrada… incluyéndome a mí, claro, la mañana siguiente a una de mis
transformaciones mensuales en hombre lobo. Naturalmente, no podía pensar en
atacar yo sólo, a una docena de tipos musculosos: puedo ser loco como
adolescente, pero no suicida. El problema es que sólo había pasado UNA de las
tres noches de luna mensuales… y la segunda se estaba acercando, y «no
demasiado lentamente». Lo que me preocupa es: si los tipos están aquí cuando
salga la luna, soy capaz de atacar con las manos desnudas… y si ellos se marchan
ANTES de salir la luna, ello no podrá ser bueno para la colectividad de vecinos
míos supervivientes ni para mí mismo, puesto que los tipos en cuestión no
querrán dejar testigos de sus hazañas para qué les compliquen la vida… y para
que los lleven a un tribunal. Francamente, no sé qué esperar; sólo sé esto…
Que la segunda noche va a ser un infierno.
PARTE DOS
Poniéndome cómodo en el sofá del centro del vestíbulo, hice una señal a Clary
Winter para que viniese a mi lado. Ella echó una mirada nerviosa en dirección a
unos bandidos que estaban de pie junto a una ventana, pero no parecían
observarnos a nosotros, de modo que la chica se sentó a mi lado, mientras se
apartaba de los ojos el cabello rojo. Me tocó una magulladura del hombro,
producto de un golpe que me había dado el jefe de los bandidos, Baldy.
—¿Quieres algo? Veré si me dejan ir a la cocina a buscar más hielo.
—Estoy bien, Clary —contesté—. He pasado las últimas horas pensando, y creo
haber encontrado un modo de salir de este lío. Es arriesgado, y si lo descubren
puede salir mal…, pero hay una posibilidad de que funcione.
—¿Qué es, Jack? —preguntó dirigiéndome esa mirada abierta suya, y yo sonreí,
a pesar del dolor que me causaba la mandíbula negra y amoratada.
—Crearé una distracción. Iniciaré una pelea con uno de los tipos, quizás ese a
quien Baldy llama Boxeador, y mientras yo doy el espectáculo, podrás correr
hacia la salida lateral. Con un poco de suerte…
—Vas a hacerte matar —concluyó ella—. No, Jack Russell, no lo haré. Su boca se
cerró con una línea firme. La última paliza que has recibido puede haberte roto
algunas costillas. No dejaré que te den otra.
—¿Quién ha dicho que he recibido una paliza? —pregunté inocentemente—.
Podría “salir vencedor, ¿”sabes?
—Y todos podríamos convertirnos en mosquitos y refugiarnos en los muebles,
pero probablemente no será así, y tú, probablemente…
Se interrumpió y volvió la cabeza, al oír la conmoción del exterior. Se oían voces
que gritaban, y el inconfundible ruido de puños al golpear carne, y un momento
más tarde entraron en el vestíbulo tres granujas llevando a un hombre sobre los
hombros. Lo arrojaron sobre la alfombra y se retiraron, mostrando los
ennegrecidos dientes al sonreír, y echando una buena mirada a todos los que
estábamos en el vestíbulo antes de salir, al exterior por las puertas cristaleras.
Clary y yo nos acercamos a la figura que yacía al lado de la mesita del café. Tina
Sands, la dama que dirige la Golden House, se unió a nosotros. Dimos vuelta al
hombre, y no nos sorprendió en absoluto ver que era Coker, el estudiante negro
cuyo apartamento estaba cerca del mío. Yo había reconocido ya su voz cuando
gritaba. Coker tiene uno de esos tonos de voz irritantemente arrogantes que no se
olvidan con facilidad. Lo que me sorprendió fue su aspecto. Tenía las ropas
desgarradas como sí se hubiese encontrado en una colisión de coches, y su piel
tenía una serie de cortes como los que uno se hace al correr entre los matorrales
de un bosque. Había barro en las suelas de su calzado y en su cabello, y se le
veían marcas sucias en el pecho, y algo de color rojizo en las uñas. En resumen,
estaba hecho una desgracia. Lo levantamos y lo pusimos en el sofá donde había
estado yo antes. Sam —la rubia compañera de habitación de Clary— fue al lavabo
donde mojó una tela y la aplicó a la frente de Coker. El parpadeó, murmuró algo
incoherentemente, y después se sentó para mirar aturdidamente en torno suyo.
—¿Puede saberse qué te han hecho? —preguntó Sam, con su voz aguda.
Mirando con lentitud, y al darse cuenta de dónde estaba y en qué condición, la
expresión de Coker pasó de aturdimiento a enojo, con inesperada rapidez.
—No es asunto tuyo —dijo ásperamente—. No eres mi condenada niñera. No lo
sois ninguno de vosotros.
Y sin decir más, se puso de pie y marchó hacia el extremo lejano del vestíbulo.
Los demás que estaban allí, la mayoría personas de nuestra edad y mayores, lo
miraron a él y después nos miraron a nosotros; Clary se encogió de hombros. Tina
y Sam movieron la cabeza, y yo solté un gruñido de disgusto y me dejé caer de
nuevo en el sofá.
—Un tipo amistoso, ¿verdad? —dije—. El y Baldy pueden formar una buena
pareja.
—Jack —dijo Tina—, ¿qué supones que quieren de nosotros?
—Lo único que puedo decir es que Coker quiere que le dejemos en paz. Esto es
evidente.
—No hablo de Coker; a él ya le comprendo. Me refiero al calvo, a ese Kingston…
¿qué quiere, Jack? Se ha llevado todo lo que teníamos de valor, todo lo que ha
podido cargar en las motos… ¿qué más puede querer?
—Honestamente, Tina, no lo sé.
A decir verdad, no era más que una mentira, porque yo tenía una sospecha de
lo que quería Baldy Kingston…
Pero en aquel momento, yo no deseaba pensar en ello; creedme, tenía otros
pensamientos en la mente, más espantosos. Estaba asustado por mí, porque
nunca me había gustado convertirme en hombre lobo… y faltaban sólo dos horas
para salir la luna.
SEGUNDA NOCHE
Dos cosas ocurrieron casi simultáneamente, sólo con unos diez minutos de
separación. En casos como éste, unos pocos minutos son cruciales, y una sexta
parte de hora puede pasar como unos breves segundos, casi sin que uno se dé
cuenta de que ha transcurrido. Yo había intentado durante horas convencer a una
mujer de que escapase mientras yo creaba una distracción, pero ninguna de ellas
había querido «arriesgar» mi vida. No se daban cuenta de que arriesgaban las
suyas propias al negarse, porque cuando yo me convirtiera en hombre lobo no
distinguiría a amigos ni a enemigos… sólo vería víctimas, y sólo con una mezcla
de suerte y fuerza de voluntad me impediría atacar a un amigo en tal situación, y
era locura pensar que dicha mezcla se produciría. No hace falta decir que yo
estaba muy deprimido a la hora de ponerse el sol. Cuando las sombras se
alargaron en el vestíbulo, vi que mi propia vida se acortaba… y también las vidas
de algunos de mis mejores amigos. ,
Aparentemente, yo no era el único que se sentía abatido. Coker, sentado en un
rincón y mirando fuera hacía la puesta del sol californiano en la cercana playa, era
la imagen de la introversión. Con el puño debajo de la barbilla y el codo en la
rodilla, miraba como hipnotizado la tonalidad rojiza y amarillenta del sol poniente;
algunos de los que estaban en el vestíbulo habían intentado hablar con él durante
la última hora, pero os había ignorado como si fuesen insectos. Yo admiré su
frialdad. No me sentía inclinado a este modo de ser, pero no podemos nacer todos
con la misma personalidad, ¿no es cierto?
Como he dicho, sucedieron dos cosas simultáneamente. Primero, los bandidos
entraron en el vestíbulo y se plantaron delante de nosotros formando semicírculo.
Baldy estaba en el centro, con los brazos cruzados sobre el pecho desnudo, con el
afeitado cráneo brillándole a la luz y los ojos pequeños y oscuros hundidos
profundamente en las cuencas. Mostró los dientes, y se volvió para hablar al que
estaba a su lado:
—¿De cuál te quieres encargar primero, Boxeador?
Boxeador, un tipo grueso con chaqueta de cuero y cadenas, lanzó el pulgar
hacia mí, y después hacia Coker.
—Esos dos, Kingston. Nos fastidiaron cuando entramos aquí; hemos de darles
su merecido por esto, antes de hacernos cargo de los demás, ¿comprendes?
—Sí —dijo Baldy, asintiendo lentamente con la cabeza. Los músculos de debajo
de su barbilla se abultaron al hacer el movimiento—: Sí, lo comprendo. Vamos a
disfrutar. Esos muchachos van a pasar un poco de dolor. Sí. Me señaló a mí: Hazlo
poner de pie. Y también al otro. Los quiero tener fuera, en la arena —sonrió—,
para que no ensucien esta bonita alfombra nueva.
Riendo, retrocedió unos pasos y dejó que sus dos secuaces más grandes
avanzaran hacia mí.
He dicho que avanzaron; al principio, no dieron ningún golpe.
El más cercano a mí cayó cuando le pegué un puñetazo en el vientre. Noté que
se le hundía la barriga bajo mis nudillos, y a continuación le solté otro golpe en el
plexo solar, con lo cual perdió el equilibrio y fue a dar con la barbilla contra el
borde de cristal de la mesita del café. El cristal se rompió. Yo lamenté que no se
hubiese roto su barbilla.
El otro tipo avanzó hacia mí por un costado. Me agaché cuando lanzó un golpe,
y conseguí soltarle dos contra la nuez del cuello. Se tambaleó hacia atrás,
buscando aire para respirar. Yo ataqué de nuevo con un puñetazo a la cara, y a
continuación un gancho que lo levantó del suelo y lo hizo caer a poca distancia de
los pies de Coker. En aquel momento, Coker y yo nos miramos uno al otro, y creo
que capté un asomo de sonrisa de aprobación en sus labios…
…mientras oía los fuertes latidos de mi propio corazón, y me sentía envuelto
por un ruido ensordecedor.
* * *
Desperté diez minutos más tarde, y se produjo la segunda de las dos cosas de
que he hablado; la luna se estaba empezando a alzar sobre el acuoso horizonte.
Yo estaba tendido de estómago, con la boca llena de arena de la playa, y en mi
cabeza resonaban ecos que hubieran enorgullecido a una concha marina. Alguien
estaba sentado encima de mí espalda; se levantó cuando yo gruñí, y un pie me
golpeó fuertemente un costado. Me volví y miré arriba. De pie a poca distancia,
con las manos en las caderas, estaba Baldy con mirada maligna, necesitando
sólo un anillo en la oreja para completar la imagen de un pirata. Más allá, pude
ver la espumeante superficie del agua que saltaba sobre la playa, y más allá aún,
el océano Pacífico… y por encima del océano el pálido círculo de la luna que se
alzaba. No había nadie más cerca de nosotros, pero pude oír voces procedentes
de una duna cercana. Baldy captó mi mirada en dirección a la duna, y soltó una
risotada.
—No recibirás ayuda alguna de tu camarada negro —me dijo—. El Boxeador va
a encargarse de él, como yo voy a encargarme de ti.
—¿Y los demás? ¿Quién va a encargarse de ellos?
—Nosotros —contestó el calvo—. Danos tiempo. Una hora; es todo lo que se va
a necesitar, una hora, y nadie nos fastidiará más, ni nadie irá a decir a la policía
quién les ha despedazado, ni nadie vivirá para recordar nuestras caras… No seréis
más que un montón de cuerpos muertos, esto es todo
—Debes haber tenido una infancia muy piojosa, amigo.
Él se encogió de hombros.
—No tan mala. Sólo que voy a solucionar esto, como hace el poder, ¿entiendes?
—¿El poder golpea a la gente?
—Capta esto —dijo Baldy —. Es así: en los tiempos actuales, todo el mundo
pertenece a alguien; todo el mundo tiene un número, un sitio donde estar. Nadie
se pertenece a sí mismo, ¿vas captando? Excepto nosotros. Nosotros no
pertenecemos a nadie, y en esto está nuestro poder.
Yo miré más allá de su hombro. La luna, un agujero blanco en la oscuridad del
cielo, me miraba a mí. Me sentí hundido en ella y, por una vez… no me resistí.
—Hablas del poder, Kingston —dije—. Yo te enseñaré qué es el poder… un
poder no muy agradable… pero probablemente el único que eres capaz de
comprender.
Soltó algo despectivo y empezó a quitarse la cadena que llevaba como
cinturón. Tenía más de un metro de longitud, y los eslabones de acero brillaron
cuando la agitó probándola contra la arena de sus pies, que hizo saltar por el aire.
—Esto es algo que vas a comprender TÚ —dijo—, hasta que te mate.
Al decir esto me miró… y su boca se quedó abierta mientras se le escapaba un
grito de agudo y puro terror.
El cambio había empezado.
Para mí, era volver a una pesadilla que ya me era familiar.
* * *
Al principio fue como si todo mi cuerpo estuviese encendido. Noté la piel como
si se desprendiese de mis brazos y piernas, y la carne de debajo irrumpiese en
llamas. Me agité en la arena, pataleando y gruñendo con la agonía de la maldición
que obraba en mí. A través de una neblina, pude ver las facciones contorsionadas
de Baldy, y pude oír su grito, y cuando mi mirada borrosa enfocó mi propio
cuerpo, pude ver lo que veía él: mi pecho y mi estómago se proyectaban hacia
afuera y un vello oscuro estaba llenando mi piel. Noté también presión en la boca,
procedente de las encías; un dolor —un dolor cegador— me recorrió toda la cara
mientras brotaban los colmillos, y de mi boca salió un rugido animal. Rugí y me
puse de pie, agachado adelante, en postura bestial. Me miré las manos y vi las
garras en lo que antes habían sido mis dedos, y supe que la transformación se
había completado. La segunda noche acababa de empezar; la segunda de las tres
mensuales… y yo volvía a ser un hombre lobo.
Baldy Kingston dio un paso atrás, arrastrando los pies por la arena. Agitó la
cadena delante suyo, y se forzó visiblemente a mantener la calma.
—No sé cómo has hecho esto —susurró roncamente—, pero no me importa. Voy
a acabar contigo pese a ese aspecto de monstruo de película de terror… Voy a
acabar contigo, de todos modos.
En alguna parte de mi mente animal que todavía conservaba comprensión
humana, las palabras de Baldy tuvieron sentido… y me asustaron, porque eran
evidentemente las palabras de un hombre lleno de pánico, y los hombres como
Baldy son peligrosos cuando están llenos de pánico. Pero el hombre lobo no lo
comprendió en absoluto; y el hombre lobo era el que llevaba el control y no Jack
Russell… por lo cual salté adelante, levantando arena con los pies, y me lancé
hacia él salvando los dos metros de distancia que nos separaban. Baldy gritó,
agitó la cadena… y conectamos.
Cayó debajo de mí y rodamos por el agua, haciendo saltar arena mojada,
mientras dábamos vueltas y más vueltas. Noté su rodilla antes de que me
golpeara con ella la ingle, me retorcí y recibí el golpe en el muslo. Baldy gruñó y
preparó un nuevo ataque. Yo pude salir de debajo suyo, dentro del agua, a medio
metro de distancia. Hubo un aturdimiento momentáneo cuando mi cabeza chocó
contra una roca sumergida; después me pasó, y pude ver a Baldy viniendo hacia
mí, agitando la cadena, dispuesto a golpear. Pude justo evitarla. La cadena cayó
chapoteando en el agua próxima a la orilla. Baldy rugió y se volvió para encararse
nuevamente conmigo.
—No dejaré que te acerques más a mí —dijo con voz rasposa—. No te daré
oportunidad de arañarme con esas uñas. Voy a convertirte en pulpa desde aquí.
Mira, y podrás ver cómo lo hago.
La cadena avanzó hacia mí, y antes de que yo pudiera retroceder el eslabón del
extremo me acertó en el pecho. Me tambaleé, llevándome una mano a la línea de
sangre, y mirando sin comprender la sangre que corría por mí mano.
—Ahora —dijo Baldy—, ahora vamos a ver…
Yo le miré, gruñendo. El dolor del pecho era como un fuego en mi cerebro, y me
producía un furor de locura… de locura animal. Sin pensarlo ni un momento, me
arrojé hacia él…
Y me tuve que apartar, porque el hombro me punzaba después de otro golpe
de cadena.
—Ah, no te resulta fácil, ¿verdad? Ni te lo va a ser. Te abatiré… —dijo, y la
cadena silbó de nuevo en el aire, a pocos centímetros de mi mejilla—. Te voy a
destrozar.
Yo no esperé a ver si podía hacerlo. La bestia que había dentro de mí no gozaba
con aquella lucha desigual; quería buscar un terreno más igualado, y por esto se
volvió y saltó hacía la duna más cercana, acariciándose el hombro que Baldy
había lastimado.
Detrás mío, Baldy se rió y echó a correr, agitando otra vez la cadena por
encima de su cabeza, como si fuese un lazo de acero. Estaba sobre mis talones
cuando yo llegué a la duna —me pareció que sólo a un palmo de distancia—
cuando yo me arrojé al suelo. La cadena silbó. Algo golpeó mi cráneo. Y yo quedé
en la inconsciencia.
Lo que ocurrió después siempre lo he recordado y lo recordaré mientras viva…
aunque creo que no podré vivir mucho en estas condiciones.
Al caer vi en el suelo una figura tendida, a una distancia máxima de un par de
metros de mí. Apenas tuve tiempo de ver el brillo del cuero negro, la abultada
barriga del hombre al que conocía como el Boxeador, y luego las luces fueron
oscureciéndose en mi cerebro y quedé inconsciente durante los pocos segundos
que siguieron. Pero, en el instante anterior a mi desvanecimiento, pude hacerme
cargo de la totalidad de la escena que estaba delante de mí, y estoy seguro de
dos cosas: era el Boxeador el que estaba caído sobre la arena, con la garganta
convertida en una masa sanguinolenta, y las manos extendidas como si intentase
empujar algo o a alguien lejos de sí. Y había alguien de pie ante él, alguien que
estaba medio agachado, con los negros ojos brillando a la luz de la luna. Más allá
de esto, no pude estar seguro, pero no vi a Coker —o por lo menos a nadie a
quien pudiera reconocer como Coker— pero quizás esto era debido a que yo lo
había dejado sin sentido. Todo lo que puedo asegurar es esto: el Boxeador estaba
muerto, y la cosa que estaba agachada delante suyo tenía más de animal que de
hombre… y podéis sacar de esto las consecuencias que queráis.
Otra cosa: antes de que cayera sobre mí la cortina de oscuridad, oí un ruido
que no olvidaré fácilmente. Un ruido prolongado y bajo, como el gemido del
viento a través de un grupo de árboles… o algo que sólo se puede identificar con
un ruido salvaje. Pero se trataba de un grito; del largo y arrastrado grito de
muerte de un hombre. Sé que no puedo estar seguro, pero casi lo estoy, y a
juzgar por lo que vi al día siguiente, debió ser el grito de muerte de Baldy.
Aunque, como he dicho, no lo podría jurar. Entonces ya estaba yo dormido a
fondo.
La mañana llegó como siempre llega para mí después de una noche de haber
sido hombre lobo: como una cicatriz larga y sangrienta a través del cielo, soltando
luz dorada sobre mis fatigados miembros y trayendo los ruidos de la vida, que yo
había pensado que no volvería a oír. Esta vez había además agonía, procedente
del dolor en la base del cráneo, donde la cadena de Baldy había contribuido tanto
a dejarme dormido. Abrí los ojos, gruñendo, y miré al cielo increíblemente azul del
amanecer. Se oían ruidos que llegaban hasta mí de todas direcciones, el ruido
distante del tráfico en la carretera principal, el más cercano de las olas sobre la
playa —y entre ellos el murmullo de voces de personas que hablaban,
acercándose de la dirección de la Golden House.
—Está allí, donde yo dije que estaría.
Ignorando el dolor que sentía entre los ojos, me incorporé con una mano
apoyada en la arena y miré a las personas que venían hacia mí. Eran Tina, Clary y
Sam, y seis o siete personas más, a todas las cuales yo conocía, más lo que
parecía ser un ejército de policías, con los cascos brillando a la luz del sol, y las
insignias brillando en sus pechos como espejos. Alguien más iba también con
ellos, guiándoles. Era Coker. Tenía tan mal aspecto como yo mismo, tenía cortes
en los ojos, una magulladura amoratada en la mandíbula, y sus ropas estabas
más destrozadas aún que cuando yo le había visto por última vez. Pero os diré
una cosa… casi sonreía.
Coker era el que había hablado, y Coker fue el que ahora dijo:
—Como le dije, agente… muertos los dos. Parece como si les hubiera atacado
un animal salvaje, ¿verdad?
Uno de los policías gruñó, y miró algo que estaba en el suelo cerca de mí. Yo
miré en la misma dirección y vi a Baldy tendido, a pocos centímetros de mi mano
izquierda. O lo que quedaba de Baldy. Coker había dicho algo respecto a un
animal salvaje; y era comprensible. Baldy estaba destrozado.
Y, también, completamente muerto.
—Jack, ¿estás bien? ¿Te hicieron mucho daño?
Clary se arrodilló a mi lado, con expresión de pena en los ojos. Sin duda yo
tenía muy mal aspecto, a juzgar por cómo me miraba. Las cadenas le pueden
hacer esto a uno. El pecho todavía me sangraba, y tenía una gran hinchazón en la
base del cráneo, y el hombro me dolía a no poder más, pero aparte de todo esto
yo me sentía grande. Se lo dije a ella, y sonrió débilmente y se apretó contra mí.
Esto me gustó.
—Lo que no comprendo es por qué no nos ha venido a llamar más pronto —el
policía le estaba diciendo a Coker—. A estos tipos parece que los mataron a
primera hora de la noche, y usted no ha aparecido en el puesto hasta hace una
hora. Han te nido suerte de que los compinches de Kingston no les mataran a
todos en la casa, en vez de sacarlos aquí como hicieron…
—Ya le he explicado todo esto, agente; no volví en mí hasta el amanecer. Lo
que atacó a esos dos hombres nos debió atacar también al señor Russell y a mí…
y, simplemente, hemos tenido suerte de escapar con vida —dijo Coker. Hizo una
mueca, con aquella expresión desaprobadora que yo conocía tan bien—. En
cuanto a lo que les podía haber pasado a todos le aseguro que a mí me tenía sin
cuidado.
Con esto desapareció de la escena y marchó en dirección a nuestra casa de
apartamentos. El policía que había hablado con él le estuvo mirando,
evidentemente enojado. Se volvió hacia nosotros, y preguntó:
—¿Siempre es así?
Yo pensé en ello durante un momento, y luego me reí.
—La mayoría de las veces —dije, teniendo estrechada a Clary—. Y algunas
veces, aún es peor A veces me pone furioso.
—Me gustaría verlo —dijo el policía.
—Quédese por aquí y lo verá —repliqué.
Después de esto hubo quietud en la tercera noche… y para mí, quedaba
todavía una noche de infierno.
Tres noches al mes. No resulto una persona demasiado agradable.
YO FUI ANTAÑO UN HOMBRE AMABLE
Chrís Claremont
Aparece en Escalofrió 11 Drácula Lives!
1974
Nota del editor: El siguiente escrito está entresacado de los documentos Van
Helsing, escritos por Abraham van Helsing y donados a la Oxford Union Library en
enero de 1973 por la nieta del profesor Rachel y transcritos por Chrís Claremont.
Yo soy Van Helsing.
Abraham Van Helsing, de Rotterdam. Herr Dekter Van Helsing, de la Universidad
de Leyden. Profesor Van Helsing del Trinity College, Universidad de Oxford. Y,
finalmente, y lo más absurdo de todo. Barón Van Helsing de Bistritz, en la
comarca de Wallachia, una tierra abandonada de un imperio decadente. Barón.
Completo, con mansión y terrenos, aunque jamás dormí en esa mansión.
Sin embargo. Elisabeth si Mi esposa de treinta y seis días. Mi esbelta y morena
y gentil esposa.
La enterraron en la cripta de la mansión hace tres días y desde entonces estoy
aquí, a la espera. Aguardando y vigilando, esperando que la pesada puerta de la
cripta se abra con un crujido. Rezando al cielo que haya sólo empezado a creer en
lo que no sucederá.
Y pronto será medianoche.
Hace una hora que salió la luna, luna llena, pendiendo gorda y rechoncha sobre
los picachos de levante, mirando el espectáculo nocturno como algún Nerón
celestial, impaciente porque empiecen los juegos.
Los aldeanos de Bistritz dicen que en luna llena sale el hombre lobo, pero yo no
he oído aullidos de lobo esta noche, ni animales ni de los otros. No he oído nada
en absoluto Ojalá lo hubiese oído: este silencio destroza más los nervios que el
clamor de cualquier manada que sale de caza Por lo menos los lobos son
enemigos a los que puedes ver y contra los que puedes luchar.
Enemigos.
¿Y qué falta me hacen los enemigos? ¿Qué me importan1 Soy un universitario,
un profesor de antropología y filosofía (secular y canónica). Y, sin embargo, aquí
estoy sentado, rodeado por todas partes de altas losas de granito —porque así es
más difícil defenderse, según se me ha dicho— un revólver de la caballería
americana metido en mi cintura, una pesada escopeta entre los brazos,
colgándome del cuello una cruz de oro. A mi lado está una ballesta, una flecha de
espino blanco bendito, una bolsa conteniendo más estacas y una maza, al lado
mismo.
He venido bien preparado; una larga discusión con el obispo local me informó
de lo que necesitaba saber
Pero esto es el fin de todo ¿Qué hay del principio?
¿Qué hay en verdad?
Días después de que Elisabeth y yo nos casásemos, recibí una carta de una
firma de abogados de Viena, diciéndome que un pariente lejano de Wallachia
había muerto, nombrándome su único heredero. De estas tierras, de su fortuna y
de su título. No había mucho terreno. Pronto lo descubrí e incluso menos fortuna,
pero el título era legítimo: ¿y quién era yo para despreciar la oportunidad de
convertirme en barón Van Helsing?
Así que Elisabeth y yo cambiamos nuestros planes para luna de miel y
tomamos el coche hacia el este de Viena, en dirección a Budapest, luego —
despidiéndonos de nuestros amigos, con los que nos reuniríamos dentro de
quince días en nuestra mansión (¡cielos, cuánto disfrutaba Elisabeth pensando en
que iba a ser baronesa!) partimos para Bistritz. El viaje fue duro, el país es
increíblemente áspero, resulta fácil comprender por qué los turcos tuvieron tantas
dificultades luchando contra las fuerzas nativas del príncipe Vlad. El príncipe tenía
tres nombres, se me dijo, ninguno de ellos agradable, ni repetible en cierta
compañía. Uno de ellos es Drácula.
Drácula.
Siempre recordaré ese nombre.
Tuve que resolver algunos asuntos en Bistritz —otra larga y aburrida
conferencia con los abogados del finado barón— y se sugirió que Elisabeth
tomase un carruaje que la llevase a la mansión, para preparar las cosas para la
noche Estuve de acuerdo y ella me dio un beso, en público, con una maliciosa
sonrisa inglesa en su rostro ligeramente moreno La devolví el beso, ignorando
ambos las miradas de sorpresa y las exclamaciones emitidas por los aldeanos.
Pronto, demasiado pronto, se fue y yo me quedé con los abogados Uno de ellos
tema una colección de artefactos magiares y mosaicos entre ellos de la época de
los hunos de cuando Roma atravesó los Balcanes y me invitó a su casa para que
los viese El marido que había en mí dijo que no, el antropólogo, por lo contrario,
si, este último venció. El abogado y yo tuvimos una charla agradable; tenía una
estupenda bodega.
Era ya tarde cuando partí para la mansión, sólo, en uno de los caballos del
abogado La noche era oscura, el bosque negro bajo un cielo sin luna también
negro y me encontré temblando de frió que nada tenía que ver con el amargo
invierno que me rodeaba Por instinto, palpó el revólver «Colt» que mi hermano
Boris me había enviado desde América. Pero no había riada contra lo que disparar
y me reí de mi locura.
Sin embargo, noté que algo andaba mal, muy mal; espoleé al caballo y le hice
apretar el paso.
Cuando me aproximé en la mansión no había ninguna luz, sólo el sonido de los
cascos de mi caballo en el empedrado del patio es lo que se percibía. Empuñaba
el revólver mientras cruzaba la puerta, montándolo al adentrarme en la casa. Me
detuve en el vestíbulo; el silencio era ensordecedor.
Di unos cuantos pasos y tropecé con algo, el revólver se disparó con una
detonación ridículamente fuerte. Sin embargo. seguía sin percibir otro sonido
Creyéndome el mayor loco del mundo, reaccioné y encendí una cerilla. Había
cerca un candelabro; sólo tardé un segundo en encenderlo. Había tropezado con
un cuerpo, era un viejo Le miré con rapidez —estaba muerto— extrañándome las
señales de su cuello, la curiosa triple x que parecía quemada por debajo de ellas.
Recordé alguno de los tratados eclesiásticos que leyera en París, ‘uno de ellos
escrito por un sacerdote llamado Agustín Calmet; mencionaba ciertas criaturas
que vagaban por la Europa del Este Criaturas con forma humana pero que
acechaban de noche, buscando presas humanas y las mataban con una
mordedura en el cuello, sorbiendo la sangre de sus víctimas. Criaturas que él
llamaba vampiros.
Con un miedo que congelaba mi alma, casi al borde del pánico, recorrí la casa
como un loco, pronunciando el nombre de Elisabeth. Encontré siete cuerpos más,
todos de criados. Pero no a Elisabeth.
Llegué a Bistritz cuando amanecía, era una mañana extrañamente hermosa en
este segundo día de febrero: la Candelaria, uno de los cuatro días festivos del
calendario satánico. Durante todo el día perseguí a los raptores de Elisabeth y
descubrí en mí un sentido de lo implacable que ignoraba poseer. Incluso ahora,
me da asco pensar en alguna de las cosas que dije e hice…
Para encontrar a aquellos que se habían llevado a mi esposa, me rebajé a su
nivel, me convertí, durante algún tiempo, en uno de ellos (en espíritu aunque no
en forma); algo que nunca volveré a repetir.
Al final, averigüé cuanto quería saber.
Se les llamaban los Hijos de Judas, era un grupo de vampiros marcado por la
belleza inhumana de sus rasgos y por el color curioso de su cabello; éste era rojo,
con un tono profundo y sólido color sangre. Acechaban en las montañas. cayendo
sobre los confiados viajeros, matándoles como enormes sanguijuelas y marcando
los cadáveres con tres X, el precio de la sangre. El número de monedas que Judas
recibió por la vida de su Maestro.
Estos monstruos también tenían un maestro, según descubrí; un boyar, local,
un conde que llevaba el nombre de Drácula (quizás un descendiente del
sanguinario príncipe del mismo apellido; no lo sé. ni me importa).
Uno de los jóvenes del pueblo me indicó dónde estaba el lugar secreto en el
que el grupo celebraba sus aquelarres. Me preparé con rapidez y partí al caer la
tarde, armado y preparado para cualquier cosa. Buscando pelea. SI no podía
salvar a Elisabeth, moriría con ella
La memoria del muchacho era defectuosa, su descripción no del todo exacta;
empleé más tiempo de lo que esperaba para encontrar el emplazamiento del
lugar. Ya estaban celebrando la Misa Negra cuando llegué, treinta esclavizantes
animales con aspecto humano retorciéndose de manera profana en un pequeño
claro. Había un altar en el extremo lejano, cerca de los árboles, oscuro, en granito
labrado; encima estaba encadenada Elisabeth, desnuda, el miedo ponía tenso su
cuerpo, manteniéndola muy rígida. Y aún había otra persona.
Era un hombre alto, extraordinariamente delgado para su altura, con el porte
natural y majestuoso del que ha nacido para vestir ricos ropajes. Pero su porte era
el natural de un rey en la jungla —un jefe del “veldt” africano, un matador de
ballenas de los mares árticos— no de un ser humano. Era la encarnación del
predador mientras se plantaba contemplando la ceremonia, muy por encima y
apartado del ritual, su piel, con su palidez mortal, destacando en contraste
absoluto con los tonos negros de su ropaje.
Entonces no sabía contra quién luchaba; el cielo me proteja, porqué pensé que
las leyendas eran simples historias, que aquellos eran fanáticos dementes,
enloquecidos adoradores más dignos de compasión que de odio o de desprecio.
En mi arrogancia, con mis armas v mi amor a Elisabeth, creí poder dominarles.
Salí de mi escondite y avancé por el claro, la escopeta preparada mientras les
ordenaba que cesasen con esta abominación de ceremonia y soltaran a mi
esposa. El hombre alto se limitó a sonreír e hizo un gesto para que continuasen
De nuevo, volví a gritar y otra vez sonrió Seguí adelante.
Uno de los participantes saltó hacia mí y yo le disparé desde cerca, lanzándole
hasta el centro del claro Apunté con el arma al hombre alto, sólo para
enfrentarme con aquella condenada sonrisa mientras señalaba al hombre al que
acababa de disparar Miré y por poco lancé un grito de sorpresa y terror El hombre
debía estar muerto —le había volado la mitad del pecho: era preciso que
estuviera muerto— pero se ponía en pie y venia hacia mí, ¡como si nada hubiese
ocurrido! |Todos venían hacia mil Ahora el hombre alto se reía. Elisabeth me
gritaba mientras él se inclinaba hacia ella. Volví a disparar, utilicé la escopeta
como masa, saqué mi pistola y la empleé. Y Elisabeth ahora gemía, gemía con un
placer obsceno que me puso frenético. Traté de llegar hasta ella, pero lo único que
pude ver fueron colmillos brillantes y brazos crispados y aquellos rostros
hermosos e inemotivos.
¡Cielos, cómo traté de llegar hasta ella!
Entonces vinieron los sacerdotes, sacerdotes y soldados. Sabían lo que hacer
mientras sus cruces hacían retroceder a los practicantes, quemando con su
contacto a cualquiera de aquellos malvados que no se movían lo bastante rápidos
Los soldados llevaban picas de espino blanco y los pocos vampiros incapaces de
huir y salvarse en el bosque eran empalados, las cabezas se las cortaron Fue un
asunto horrendo, siniestro; vomité más de una vez.
Despacio, sabiendo lo que encontraría, temiéndolo, avancé hacia el altar
Elisabeth estaba tan fría como la piedra, las marcas de los colmillos con un
reguerito de sangre saliendo de ellas —toda la que le quedaba— destacaban
contra la pura blancura de su piel
Estaba muerta
Los sacerdotes quisieron empalarla y decapitarla, pero yo no se lo permití,
preparado en mi locura, a luchar contra ellos con todas mis fuerzas, al igual que
luchara contra los vampiros. Yo no quería creer lo que sabía que era cierto; no
podía. De mala gana, me dejaron’ enterrarla en la cripta de la mansión.
Eso fue hace tres días y llevo esperando aquí desde entonces. Según la
leyenda, los que recibieron el beso de la maldición vampírica se levantarán la
tercera noche después de su muerte, para caminar con nocturnidad y temer a la
luz del día. Para cazar. Para matar.
Esta noche.
Ahora.
El ataúd había sido sellado con los sellos más fuertes que se conocían, sin
embargo se libertó. La cripta estaba cerrada con fuertes cerrojos; sin embargo
ella los abrió tan fácilmente como yo derribaría un castillo de naipes. Durante un
momento, se plantó allí y dejó que la luz de la luna acariciara. Avanzó de manera
sedosa debajo de su camisón, un suave gruñido y éxtasis saliendo de su
garganta, sus colmillos vírgenes brillando con ansia, con profana lucidez.
La llamé.
Giró en redondo, riendo al verme, haciéndome gestos, ofreciéndome su cuerpo.
Hasta que avancé hacia la luz y vio la cruz que yo llevaba Retrocedió, silbando de
dolor como un animal herido. Trotó y cambió de forma, pero también estaba
preparado para eso: el aire estaba cargado con el incienso, el incienso sagrado
bendito por el obispo. Al cabo de un momento, quedó paralizada, desvalida.
Me gruñó mientras me arrodillaba a su lado, su gruñido convirtiéndose en un
gemido lastimero mientras sacaba de la bolsa la estaca. Coloqué una segunda
cruz sobre su pecho, tratando de no oír sus gritos, puesto que la quemaba como
si fuese ácido. Tomé la estaca con una mano, el mazo en la otra.
Un golpe, había dicho el obispo, uno y no más, de otro modo volvería a vivir.
Se realizó con rapidez.
Necesité hasta la mañana para hacer acopio de valor y decapitarla Pero
eventualmente, eso también estuvo hecho. Los sacerdotes vinieron después de
salir el sol; la dieron la extremaunción, bendiciéndola y encomendando su alma a
Dios, y la enterraron en tierra sagrada.
Dicen que el castillo de Drácula se alza al sudeste de Bistritz. Nadie va hacia
allí, de día o de noche. Lobos y gitanos guardan los accesos durante el día, los no
muertos por la noche. Dicen que el viejo conde es tan eterno como las montañas
que son su patria, tan indestructible como una fuerza de la naturaleza. Muchos
han tratado de acabar con su reinado del terror; sus huesos yacen blanqueándose
bajo las murallas de su fortaleza, excepto aquellos cuyos cascarones corporales
siguen a los vivientes nocturnos en servicio de los no muertos. Afirman que sólo
un loco se alzaría contra ellos.
Drácula, yo soy ese loco.
Te perseguiré desde las montañas, como un animal que eres, y te cazaré allá a
donde vayas, allá donde te escondas. Y luego, te mataré, vampiro. Yo, o mis hijos,
o los hijos de mis hijos. Te enterarás de que un Van Helsing es enemigo de
cuidado.
Ojo por ojo, Drácula. Vida por vida La tuya por la de Elisabeth. Todo esto no
terminará hasta que uno de nosotros sea muerto, su descendencia acabada para
siempre.
Lo juro por el Dios de mis padres, por el alma de mi esposa muerta.
Yo soy Van Helsing.
Recuérdame. Drácula, y teme mi llegada.
Y que el cielo me perdone, porque antaño fui un hombre amable.
CON EL ALBA LLEGA LA MUERTE
Chrís Claremont
Aparece en Escalofrió 8 y 18 de Tales of the Zombie
1974
David Sanford, periodista norteamericano, está en Haití interesado por el Vudú,
desaparece en el interior sombrío de la isla. Su hermana, Tracy Sanford, acude al
Mayor Dureaux, de la policía, buscando ayuda. No existe más que una pista: el
comentario de David sobre un Laplace Vudú (maestro de ceremonias), llamado
Tierce, que ha consentido en mostrarle algunos rituales secretos. Cuando Dureaux
localiza a Mama Jean, una mambo o sacerdotisa Vudú, Tracy se burla de él por
creer en lo que ella considera una superstición. Hasta que, al interrogar a la
anciana, hace su aparición un espíritu destructor que aniquila a Mama Jean y a
varios policías. Hasta que el espíritu se dirige a Bureaux y Tracy para pedir ayuda
lastimeramente… ¡con la voz de David Sanford! El periodista ha sido poseído por
el más diabólico de todos los dioses del Vudú, Bakula-Baku, llamado también El
Siniestro. Y cuando la criatura desaparece, Dureaux sabe dos cosas: la primera,
que hay que buscar a Bakula-Baku; y la segunda que, con toda seguridad…
Los loa son nuestros guardianes; nos protegen. Nos! aman, Mam’selle. Nos
hablan de nuestros parientes que viven lejos, incluso tan lejos como los de su
país. Cuando estamos enfermos, acuden a nosotros con remedios para ponernos
otra vez bien. Cuando tenemos hambre, se nos aparecen en un sueño y dicen:
«No temas; las cosas mejorarán. Tendrás dinero». Y el dinero viene —la anciana
se incorporó en la dura silla de madera, su frágil cuerpo haciendo acopio de una
fuerza que no debía tener, mientras sus negros ojos se clavaban en los azules de
la joven americana que se sentaba enfrente. ¡Ya viene!
Dureaux hizo un gesto a la muchacha, manteniendo la puerta abierta mientras
ella entraba en el despacho, el grito intenso de la anciana mambo siguiéndoles
como una arpía persecutora.
—Y nos avisan de aquellos que nos harían daño a nosotros y a los nuestros. ¿Me
oye, Mam’selle? ¡Nos avisan! Y pueden ayudarnos.
La chica elaboró una sonrisa desvaída mientras sacaba un cigarrillo del bolso,
algo desconcertada cuando Dureaux le ofreció lumbre. Hacía calor, demasiado
calor, aunque se [estaba cerca de la media noche, el aire era denso y eléctrico
con la promesa de una fuerte tormenta. Dureaux se sentía
Cansado, su uniforme se le pegaba al cuerpo como una toalla húmeda, su
pistola era una pesada molestia en la cadera izquierda.
Salere había sido muy persuasivo cuando su llamada telefónica arrancó a
Dureaux de un bien merecido descanso; un periodista americano había
desaparecido en el interior, su hermana estaba armando un gran escándalo para
su res-I cate y, mi querido Armand, como en el asunto parece estar complicado le
vedu —el Vudú— es usted la persona más lógica para que vaya a encontrarla
antes de que le suceda algún daño. N’est ce pas?
La respuesta de Dureaux fue impublicable, sus pensamientos aún peor,
mientras se vestía y conducía su coche hasta la Comisaria Central de Policía,
maldiciendo primero a su jefe, luego a este tres veces maldito necio americano
que se adentró en el bosque para ver lo que es en realidad el vudú. Infiernos, si
los santodomingos no acaban con él, lo haría el bocor.
—¿Y bien, mayor Dureaux? —preguntó la muchacha, haciéndole salir de su
ensueño. La tenía sentada enfrente del [escritorio, su falda subida hasta los
muslos cuando cruzó las piernas… unas piernas bonitas, advirtió Dureaux
distraído, un (cuerpo mejor que la mayoría de las turistas americanas que se
acumulaban en Puerto Príncipe—, pero el calor también ¡estaba dominándola. Se
la veía tan acalorada y tan sudorosa (como él, y olía. No era un olor desagradable,
pero tampoco perfume, eso hizo que el policía se sintiera mejor.
—¿Y bien, Mam’selle Sandord?
—Qué es eso… eso… —buscó la palabra adecuada,-no la (encontró—, que esa
mujer tiene que ver con encontrar a mi (hermano. El ministro Salere me aseguró…
Dureaux la interrumpió.
—Yo sé lo que le dijo el ministro, Mam`selle, ya conoce! mis sentimientos en
este asunto; su hermano fue un estúpido! por adentrarse solo en el bosque…
—Ya le dije… —intentó explicarle la muchacha. —¡Silencio! Esa anciana de ahí
fuera es una maman-loa, una mambo… una sacerdotisa del vudú… y lo que es
más] importante, es una divine, una visionaria, una que puede ver «más allá de lo
que hay aquí y en este momento —la muchacha parecía escéptica,
preguntándose qué clase de analfabeto! era Dureaux—. Es una clarividente
reconocida, Mam’selle. Acreditada por L’institution de Recherche Psychique, de
París.
—¡Oh!
—Si el ritual del vudú la ayuda a libertar su talento, ¿quiénes somos nosotros
para criticarla? Ahora repítame otra vez la historia.
—Ya la hemos repasado un centenar de veces, mayor.
—Otra vez, por favor.
—De acuerdo —se instaló en la silla encendiendo otro cigarrillo antes de
continuar—. Mi hermano es un escritor independiente, especializado en
fenómenos ocultos, brujería, esa clase de cosas. Hace un par de semanas estuvo
leyendo el libro de Alfred Mtraux sobre vudú haitiano…
—«¿Vudú en Haití»? —la muchacha asintió—. El libro es excelente; aquí tengo
un ejemplar —Dureaux señaló a una primera edición muy manoseada que estaba
en el escritorio.
—Estupendo —a la chica le importaba un bledo—. De todas formas vinimos aquí
hace un mes y David, mi hermano, comenzó a meter sus narices en todo lo del
vudú que pudo encontrar. Se hizo amigo de un hombre llamado Tiercé, se habían
conocido en una de las ceremonias a la que asistió David, Tiercé la dirigía,
tratando de aparecer impresionante con su machete, sin conseguirlo muy bien…
—¿Tiene usted machete? —interrumpió Dureaux. Oprimió, el intercomunicador
de su escritorio—. Henri, investiga los detalles de un hombre llamado Tiercé, un
vudú Laplace, maestro de ceremonias; llama a los Macoutes si necesitas ayuda,
pero quiero su «dosier» aquí dentro de una hora. ¿Entendido? —A Dureaux no le
gustaba utilizar a los Ton-ton Mascoutes, la policía secreta, pero Salere le había
ordenado que realizase el trabajo y esos ex-policías eran eficientes, a su
condenada manera.
—Siga, por favor —dijo a la joven.
—¡Oh! bueno, Tiercé le contó la vida de ese humfo en los bosques diciendo que
se alzaban allí muchos santuarios vudú, más que aquí en la ciudad. David y él
salieron para contemplar algunas ceremonias, quizá obtener buenas fotos para el
libro de David…
—¿Y usted les dejó ir?
—Traté de detenerle; pero mi hermano es un hombre tozudo, a veces
demasiado tozudo.
—Lástima —dijo simplemente.
—Dijo que sólo estaría ausente por unos días. Le concedí este fin de semana y
entonces empecé a llamar a la embajada. Eso ocurrió hace siete días. Desde
entonces no he tenido noticias suyas…
—¿Y usted no tiene idea de a qué loa estaba consagrado ese humfo?
—¿Es que hay tantos?
Dureaux suspiró; iba a ser ésta una larga noche.
—Mam’selle Sandord, ¿qué es lo que sabe usted del vudú?
—Casi nada; y no me interesa aprender tampoco.
Una noche larguísima.
Dureaux abrió la puerta, frunciendo la nariz ante el hedor—Mama Jean estaba
echando el resto esta noche— y uno de sus ayudantes sacudió la cabeza; todavía
nada de ella, probablemente aún tardaría un rato.
—Mam’selle Sandord, si esto la aburre, le presento mis excusas; pero, por favor,
siga conmigo. Si tenemos que encontrar a su hermano antes de que sea
demasiado tarde, hay algunas cosas que debe usted saber.
«Primero lo de los loa. Se dividen en dos categorías principales, rada y petro.
Los espíritus de los rada-loa son básicamente amables y gentiles, amigos de la
humanidad, a menudo voluntariamente viven con sus poderes si sus poderes son
convocados y hay necesidad.
Los petro-loa son otra cosa —se sirvió una taza de café, la única cosa barata de
esta isla, la chica no quiso. Se había quedado sin cigarrillos, sin embargo, y estaba
atareada fumando en cadena de los que había en la tabaquera del escritorio del
policía—. Son espíritus amargados, los oscuros, crueles, fieros, implacables;
especialistas en magia, a menudo magia negra. Se dice que un buen espíritu se
puede corromper meramente añadiéndole un sobrenombre petre a su título: los
rada-loa. Damballah, el dios serpiente, se convierte en petro, Damballah…
Hangbo. Muchos de los petro-loa son espíritus diab… comedores de hombres.»
Ella sonrió con condescendencia, como si el policía le estuviese dando material
para contar historias en alguna fiesta, allá en Nueva York.
—Se pueden fascinar a los dos a la vez, de los loa para que encajen en sus
respectivos nanchou… sus grupos nacionales… los Ibe, Bambara, Mausa, Wangol,
Siniga, Congo…
«Los Congo se pueden fascinar todavía más… todos… están los Congo-du-bordde-la-mer…
los Congos de la orilla del mar… y los zandor o Congo savanne… los
Congo de la sabana… los primeros tiene pieles más claras que los zandor, mayor
inteligencia, mejores colores, los zandor poseen mayor habilidad en la medicina…
»Los zandor se subdividen a sí mismos en los Kango nanchou, los Caplau, los
Bumba, los Kita y los Kita-seco, o Kita ide secano. Y, siguiendo este panteón están
los Congo-francs, los Kango-mazine, los Kango-massaí. Lo que aún nos deja con el
resto de los petro-loa, los rada-loa y los Gemelos, los marassa, los vivos y los
muertos, que quedan fuera en total de los loa.
—¿Comprende a dónde quiero llegar?
—Con franqueza, no. Pero por mí no se detenga.
Sintió ganas de darle de mamporros, pera se contuvo; eso de ninguna forma
ayudaría a su hermano.
—Hay tantos loa como estrellas en el cielo, mam’selle, cada uno tiene su propio
humfo en algún lugar de esta isla, probablemente más de uno. Y con toda
probabilidad, hay loa de los que nada sabemos. ¿Así que por dónde empezamos a
buscar a su hermano? ¡Antes de que sea demasiado tarde!
Ella no contestó, su cólera apenas controlada comenzaba a dominarla; no tenía
mucho que decir.
—Por eso hemos llamado a Mama Jean, porque ella utiliza sus cánticos y sus
talentos para ayudarnos ahora. Si su hermano está cerca de un verdadero humfo,
sus contactos entre los rada-loa lo sabrán y se lo dirán a ella.
—Cielos —lanzó una carcajada en tono bajo—. Parece usted creer que mi
hermano se encuentra en alguna especie de peligro.
—Usted llamó a la embajada.
—Estaba preocupada. Creí que Tiercé podía robarle o algo por el estilo.
—Tiercé. ¿Usted no tiene miedo a le vudú?
—Ya le dije, maldición, que no creo en eso!
El teléfono sonó alto de repente en la silenciosa habitación. Era Henri que
llamaba desde Duvalier Square, cuartel general de les Macoutes.
—Armand —dijo excitado—. Encontré algo. Sobre Tiercé. Nació en Miamazil, en
las montañas… ¿Conoce el distrito?
—Sí. Sigue.
—Bueno, en los pasados dos años hubo un enorme crecimiento Vudú diab en
esas montañas, centrándose en Mia-mazil, circulan rumores de que allí hay
humfos consagrados a Marinette-bwa-chech. Consagrados con sacrificios de
sangre…
—¿Humanos?
—Aquí no lo saben y tengo la sensación de que tienen miedo a preguntar. La
gente ha estado desapareciendo, no en mucha cantidad, pero más de lo que se
puede explicar por un descuido en el bosque o un ansia súbita de cruzar la
frontera para contrabandear en Santo Domingo. Y… —hizo una pausa y Dureaux
reprimió un nerviosismo, casi un miedo, que advirtió en su colega y que nunca
notó que tuviese antes, incluso cuando se trataba de les Macoutes. Eso le
preocupó; infiernos, todo el caso le preocupaba.
—¿Y? —acució.
—Armand, se habla de les loup-gareau…
—Hombres lobo?
—Sólo informes aislados, ninguno de ellos corroborado, pero demasiados para
despreciarlos o ignorarlos. Como las desapariciones.
—¿Alguna otra cosa? —Henri dijo que no—. Sigue investigando. mon brave;
veamos que otras gemas puedes desenterrar.
—Mientras sea yo quien las desentierre y no a la inversa… es decir, que me
entierren a mí…
Lenta, pensativamente, Dureaux colgó el teléfono y se dejó caer en su silla.
—¿Hombres lobos? —preguntó la muchacha con una semi-carcajada burlona.
—Hmm. Son los hijos de Marinette-bwa-chech… Marinette la de los brazos
secos… la diablesa, la penúltima demonio de los petro-loa, uno de los espíritus
más temidos que existen.
—Superado porque, ¿quién es el último demonio, mayor?
—Bukulu-baka. Tan terrible, tan horrendo, que nadie se atreve a invocar su
nombre.
—Usted acaba de citarlo, mayor, ¿o usted no es uno de esos que le temen?
Dureaux jamás tuvo ocasión de responder porque un rugido atronador y de
tonos bajos estalló en la habitación contigua, con un grito agudísimo sirviéndole
de eco mientras una ventana se destrozaba… el grito desapareció mientras el
cuerpo caía desde diez pisos de distancia hasta la acera… de nuevo el gran ruido
reverberó a través del edificio, sacudiéndolo todo como un terremoto del número
5 de la escala de Richter. No hubieron más gritos, hombres y mujeres a la vez, en
todo el cuartel general estaban aterrorizados como si algo les acechase, les
atrapase, les matara. La muchacha también gritaba, acurrucándose detrás del
escritorio de Dureaux; el policía deseó poder estar con ella.
Se dirigió hacia la puerta, pistola en mano, con la otra agarrando el pomo,
gritando entonces con una sacudida y una agonía propia mientras un frío increíble
le calcinaba la palma de la mano. Trató de libertarse, no pudo, intentó de nuevo
con un tirón bruta! que dejó pedazos ensangrentados de mano colgando del
pomo, mientras él caía a! suelo.
—¡Su mano! —gritó la muchacha.
La ignoró, ignoró el dolor mientras envolvía con un pañuelo apretado la palma
de la mano. Dejó esta vez tranquilo el pomo, dando una patada de karate que
arrancó la ligera puerta de sus goznes y la envió con un estrépito al interior del
antedespacho.
El frío caló sus rodillas antes de que pudiese moverse, un frío que le cortó como
si fuese un fino escalpelo, abriéndole hasta la médula de su alma. Sólo dos veces
en su vida había visto nieve, ambas durante su asistencia a unas conferencias en
Nueva York y aunque había sentido frío con anterioridad, eso no era nada
comparado con esto.
Mama Jean estaba en el centro de la habitación, su grueso cuerpo extendido
sobre alguna percha invisible y vertical, retorcido en una caricatura de lo que fue
humano, retorcido por cierta increíble agonía…
Posesión…
La palabra escalofrió más a Dureaux que el frío mismo: era posesión, pero algo
que nunca viera antes, algo mucho más allá del usual trance vudú. Uno de los
petro-loa estaba dentro de ella… como no lo sabía, el cielo quizá sí, pero se daba
cuenta de que era verdad… un espíritu como nunca anduvo suelto por Haití desde
que los primeros esclavos vinieron desde África tres siglos antes.
—¡Socorro!… —pidió la cosa, pero no con la voz de Mama Jean: era una voz de
hombre. Tras él, Dureaux oyó un ruido mientras la chica se abría paso para
colocarse a su lado.
—¡DAVID…!’—gritó ella mientras el viento del demonio la azotaba—. ¡Esa es la
voz de David!
El cuerpo comenzó a moverse y Dureaux captó un atisbo de sus ojos —je rouge
ojos, ojos de hechicero— si aquellos ojos le daban de lleno, moriría, y la chica con
él, sus cuerpos quedarían poseídos como el de Mama Jean, sus almas condenadas
a algún infierno vudú. Instintivamente, levantó la pistola —la chica trató de
detenerle, gritando incoherentemente acerca de su hermano, pero él la apartó de
un empujón—, el 45 brincó en su mano cuando disparó una y otra vez,
destrozando el rostro de Mama Jean hasta que el percutor cayó en una cápsula
vacía.
Hubo un sonido de aire implotando y el cuerpo de Mama Jean desapareció, sólo
la gente muerta, las cosas destrozadas que quedaron. Eso y una profunda risa en
tono bajo —la voz que había poseído la vieja maman-loa originalmente—
disfrutando del caos que había forjado.
Bukulu-baka.
El oscuro.
Sí había un diablo entre los loa, ése era. Tan temido y aborrecido como las
cosas de las que escribiera Lovecraft en sus mitos de Cthulhu; con la excepción
de que éstas eran reales.
Y ahora alguien le estaba llamando… o. que el cielo no lo quiera, le ha
llamado… utilizando como catalizador a hermano de la chica.
Dureaux volvió a enfundar su revólver, mirando en su torne a la carnicería,
escuchando cómo se disipaba la risa del demonio en la oscuridad matutina. Deseó
qué hubiera salido el sol. Dios, cómo deseó que hubiese salido el sol.
Dureaux luchó por apartar de su mente la angustia sufrida durante las dos
últimas horas. A pesar del peligro que representa Bakula-Baku, debe librar a David
de la garra del Siniestro. Pero para hacer frente al más peligroso de los dioses del
vudú, necesitará de gran ayuda.
Están a una hora de Puerto Príncipe, recorriendo los caminos laterales que
llevan al Humfo (centro de hechicería vudú), en Susuribe, con Miamazil a la
espalda, cuando Dureaux ve al viejo. Se halla junto a la encrucijada de Susuribe;
es un anciano corcovado y mugriento, que se apoya en una tosca muleta de
madera; y no parece esperar que alguien se ofrezca a llevarle en su vehículo,
pues se limita a mirar fijamente el jeep de Dureaux, que recorre la fangosa colina
antes de que Henri dé la tercera marcha, acelerando brutalmente al pasar ante el
hombre. Sin embargo, Dureaux no se ha hecho acompañar del joven oficial,
pensando en sus dotes de conductor. Las luces del vehículo iluminan una curva y
muy pronto hasta el sonido del motor queda engullido por la siniestra noche.
Dureaux permanece quieto en su asiento, sin oír los interminables comentarios
de Henri, que no cesa de dirigirse a los ocupantes del asiento trasero, Tracy
Sanford y Sam Conover, amigo de Dureaux, de la CIA, que ocultan celosamente
las armas de que van provistos. No hubo tiempo para solicitar todo lo necesario
por los medios legales, pero una vez que el demonio de Mama Jean hubo
realizado su trabajo, se contaron con canales magníficos para requisar lo deseado.
Cuando ellos salían, los edificios de la policía se incendiaron, como en holocausto
demoníaco que desafió al agua y dos extintores químicos de la Brigada de
Incendios.
En la confusión y el pánico reinantes, Dureaux y Sam Conover asaltaron el
astillero, cogiendo lo que necesitaban: escopetas del M-16, pistolas y un
disparador de dardos. Es un arma importada de Estados Unidos e ideada
recientemente para hacer frente a cualquier insurrección. Dispara una carga de
cien punzantes dardos y cualquier humano cogido a alcance de tiro puede quedar
hecho trizas por esta silenciosa descarga. No era bonito, precisamente, pero si
endiabladamente eficaz. Además de esto, una docena de cajas de munición
especial con punta plateada, especial contra hombres lobo, por si acaso…
Pero los pensamientos de Dureaux nada tenían que ver con la enloquecida
carrera por las montañas que se elevan al fondo de la capital de Haití, ni con
aquello a lo que habrían de enfrentarse al final del trayecto. El policía piensa en el
viejo harapiento de la encrucijada. Harapos, un raído zurrón y una pipa sujeta
entre los pocos dientes naturales que aún le quedan.
— ¡Dios mío! —murmura el policía Legba.
Legba. Primero entre los loa del vudú. Algunos le llamaban la voz de los dioses
y se decía que era el amo de la mística puerta que separa al hombre de los loa;
que, sin su permiso, ninguno de los loa se atreve a presentarse. Pero también dice
la tradición: Si en un lugar está Legba, los loa no andan lejos.
¿Qué, en nombre del cielo, está sucediendo esta noche? —masculla Dureaux.
Y Henri le oye.
—Un momento antes de que subiéramos al jeep, me llamó mi hermana —dice a
gritos para hacerse oír por encima del estrépito del motor—. Es Reine-chaterelle
en un humfo de Susuribe, un legítimo santuario dedicado a Elizi-Freda-Dahomey.
No es un engaño para turistas…
—¿Qué es una Reine-chaterelle?—pregunta Tracy—. ¿Y quién Elizi-Freda…?
Tracy se ha olvidado ya de su indiferencia; el desastre ocurrido en los edificios
de la policía ha hecho variar por completo su actitud hacia el vudú. Dureaux no
quería llevarla a esta expedición, pero la muchacha ha demostrado ser tan
obstinada como su hermano.
—Elizi-Freda-Dahomey o Elizi de Whydah-Dahomey es el equivalente vudú de
nuestra Afrodita, es el espíritu del amor, la personificación de la feminidad y la
belleza. Una Reine-chaterelle es una directora del coro en un humfo. Ella dirige los
cánticos en las ceremonias, presenta a cada loa cuando aparece y elige la canción
que debe entonarse en su honor. Es un puesto importante, un gran honor…
Su voz se pierde en el silencio, mientras el jeep toma una doble curva
peligrosa. Sabe que Dureaux le observa con el ángulo del ojo.
—¿Para qué te llamaba Marianne? —pregunta Dureaux.
—El demonio de Mama Jean no sólo ha actuado en nuestro edificio. Marianne
me ha dicho que los infiernos se han abierto también en el humfo. Hougans y
mambos son poseídos y destruidos después. Hay incendios, telekinética, ataques
y todo lo imaginable. Le he pedido que saliera de allí, prometiendo que nosotros
acudiríamos pronto; en seguida nos hemos quedado sin comunicación.
—Bueno, Henri —se oye decir a Conover con una risilla, desde el asiento trasero
—. Ya sabes que aquí los teléfonos siempre están estropeándose.
Henri nada dice.
—Allí estaremos pronto, mon brave —asegura Dureaux. Pero todavía les falta
casi una hora para llegar a Susuribe, pues los caminos están enlodados, tras las
lluvias casi monzónicas de la pasada semana. Por fin Henri detiene el jeep ante
los arbres-reposoirs —el cementerio de los árboles sagrados que circunda el
humfo— y toca la bocina unas cuantas veces. No obtiene respuesta. Tampoco se
ven luces. Ni indicios de que hayan personas, ni perros… Nada. Hasta la jungla ha
quedado quieta.
No. Quieta no. Silenciosa. Nada se mueve hasta allí donde alcanza el oído.
Dureaux se acerca a la puerta, cubierto por la pistola de dardos de Conover,
respira hondo, murmura una plegaria al dios a quien ha ignorado durante años y
se lanza contra la puerta, que se derrumba. Recobrando el equilibrio, Dureaux
espera, alerta, con la pistola preparada, dispuesto a lanzarse en cualquier
dirección.
El peristilo está desierto, pero por doquier se advierten las huellas de un
desastre similar al ocurrido en los edificios de la policía. Nada está intacto, no
queda cosa alguna sin romper, no se ha respetado ni un solo objeto sagrado.
Empuñando la pistola, húmeda de sudor, Dureaux penetra en el caye-mysteres,
el santuario mismo, y encuentra el mismo perverso vandalismo. Y una cosa más…
Está a unos diez metros de él, sentado sobre sus cuartos traseros, con la lengua
fuera y los ojos brillando en la oscuridad. Es un lobo del tamaño de un hombre.
Uno de esos je-rouge, de ojos rojizos, un espíritu caníbal.
— ¡Abajo! —grita Conover, viendo saltar al lobo.
Dureaux se echa al suelo, funciona la pistola de dardos y el lobo prorrumpe en
un alarido humano, mientras recibe los impactos. Los dardos no son de plata y no
pueden matarle. Eso sólo puede conseguirlo el M-16 de Dureaux, pero cuando el
lobo-hombre se regenera, su presa humana ya ha huido.
Un alarido y una ráfaga de disparos en el exterior del humfo indican a los
hombres que su suposición inicial era errónea.
Son demasiados los problemas existentes para que puedan solucionarlos cuatro
humanos solos. Dureaux y Conover hacen fuego, mientras corren junto a Henri
que aprieta el acelerador y los neumáticos chirrían al patinar alrededor del humfo,
atropellando a más de un lobo. Vuelven a encontrarse en la jungla, en una buena
carretera, dejando atrás un escenario de horror.
—¿Qué era eso? —pregunta Tracy.
—Hombres-lobo —replica Dureaux con tono monótono—. Je rouges que pueden
cambiar de forma.
—¿Lo eran todos?—quiere saber Conover—. Siempre he oído decir que eran
solitarios, debido a sus instintos de caníbal. En cuanto hay muchos juntos se
comen entre sí. Sin embargo, parecían controlados.
—Lo estaban. Sólo unos pocos eran je-rouge cambiantes; los demás eran
miembros del humfo. He visto cuerpos humanos donde cayeron los lobos; incluso
he reconocido a dos de ellos.
—¿A Marianne? —pregunta Henri, fingiendo indiferencia.
—No, mon amí, a ella no la he visto.
Y entonces suena la risa; es la “voice” que oyeran en el edificio de la policía,
cuando empezó la pesadilla. La voz que se posesionó y mató a Mama Jean, que se
divierte con la lucha. Se divierte porque sabe que es una lucha desesperada…
—Sois hormigas, pequeños humanos —dice la voz—. Sois polvo bajo mis pies, y
puedo sacudiros o aplastaros cuando me plazca. Vuestro desafío me complace,
pequeños, aunque es inútil.
David Sanford les aguardaba en la plaza del pueblo que una vez fue Miamazil.
También allí ha estado el demonio. Sólo la iglesia ha quedado en pie. Pero
Dureaux sabe que lo único que queda es la fachada. El interior estará destrozado,
lo mismo que el humfo de Susuribe y el sacerdote, muerto.
Sanford va vestido de zozop, el más diabólico de los hechiceros; su túnica
escarlata se ajusta a la cintura con un collar sacerdotal, lleva en la cabeza un cirio
negro y de su mano pende un látigo de piel de toro. Aparece flaqueado por dos
enormes lobos je-rouge, que miran sin parpadear. Habría resultado cómico en una
pista de circo, posiblemente también ahora fuese un espectáculo cómico, pero
nadie sintió deseos de reír. Nadie osó hacerlo.
Henri detuvo el jeep y los cuatro, armas en mano y cautelosos salieron a
enfrentarse al hermano de Tracy.
—Le esperaba, Mayor. Y a ti también, Tracy —dice. Su voz es una mala
imitación de la “voice” que les ha asaltado en el camino—. Gracias por venir.
—Es un placer —replica Dureaux en tono suave.
Sanford se ríe y luego, súbitamente, deja de ser él y su cuerpo es poseído por la
“voice” que ya han oído en dos ocasiones y a la que, sin duda, divierten las
hormigas. Un instante después se marcha y Sanford vuelve a ser él mismo.
—Estás poseído —dice Dureaux, no en tono de pregunta, sino de información
para sus compañeros.
Tracy se siente enferma. No puede creer lo que le ha sucedido a su hermano.
—Por el mismísimo dios Bakula-Baku.
—¿Y Tierce?
—¡Tierce! —llama Sanford—, tráeme a la mujer.
Tracy grita mientras la mano de Dureaux se cierra en torno al brazo de Henri.
Conover observa al joven oficial desde la izquierda. Tierce —o lo que Sanford ha
dejado de Tierce, saca a Marianne Gerard de la iglesia. ¡Tierce ya no es una real
amenaza para nadie. ¡Sanford le ha convertido en una zombie! Es el castigo de
Bakula-Baku por haber llevado un extraño a su sagrado y secreto humfo.
—Armand —sisea Henri forcejeando, en un intento por utilizar la escopeta—.
¡Por Dios! ¡La matará!
—Eso no lo sabes. Pero es seguro que te matará a tí, si le atacas.
—¿Y voy a permitir que mate a mi hermana, por salvar mi vida?
—Tendrás que esperar y ver, teniente Gerard. Es lo que haremos todos,
¿comprende?
—¡Vete al diablo!
—Sam, si se pasa de la raya, actúa.
Pero Sanford no hace nada a Marianne Gerard. En cambio, según observa
Dureaux, sus ojos enrojecidos se encienden al mirar a Tracy. Ella se envara, deja
caer su arma al suelo y empieza a caminar con movimientos fluidos, más
inhumanos a cada paso, más espíritu que mujer. Mientras ella se transforma en
zombie, Tierce suelta a Marianne que corre a su hermano. Ambos se abrazan y
ella estalla en sollozos.
—Muy emocionante, mayor. Es una lástima que no podamos amarnos así unos
a otros, que no nos interesemos por los demás. Dime, hermana, ¿tú me amas?
Conover que ha preparado el disparador de dardos, cierra el dedo, en torno al
gatillo.
—Mira, Tracy, quiere herirme. No podemos permitir que lo haga, ¿verdad? —Ha
vuelto la “voice”, como un viento que asola el pueblo. Ahora no ríe—. Ogu-jerouge,
ven y maldice a esta mujer.
Con un grito salvaje, Tracy se enfrenta a Cono-ver, al tiempo que con manos
como garras rasga sus carnes y sus ropas, hasta quedar desnuda a la luz de la
luna. Su cuerpo se contrae, adquiriendo dorados resplandores .mientras su faz se
transforma y desarrolla un hocico lupino. Aúlla, mirando a Conover y Dureaux
puede ver que sus dientes caninos son ahora mucho más largos y afilados,
como .los colmillos de un vampiro.
Cuando ella se lanza a Conover dos armas disparan al unísono, -el M-16 de
Dureaux, lanzando las mortíferas cargas de plata contra Tracy, y el disparador de
dardos de Conover que alcanza a la silueta de Sanford, estremecida por la risa. La
escopeta de Henri suena un momento después.
Sólo Tracy cae muerta. Su hermano permanece como si nada hubiera sucedido,
aunque ahora sus ojos brillan de manera insoportable.
—Ahora, gusanos —ruge la voz—, ¡todos moriréis!
A esta orden, seres demoníacos llegan en enjambre desde el bosque, seres que
han sido personas antes de que la locura de Tierce haya ofendido a Bakula-Baku.
Los cuatro humanos no tienen oportunidad alguna, cuando los demonios se
lanzan a ellos, haciendo caso omiso de las armas, ignorándolo todo, excepto la
necesidad de matar. Sam Conover es el primero en morir, cuando su arma alcanza
a uno de los extraños seres, cuyas garras se hunden y recorren su carne, desde la
garganta a las ingles.
Dureaux intenta alcanzar a Sanford. Muerto él, Bakula-Baku no tendría cuerpo
que le mantuviera en la tierra y desapareciendo el Siniestro, seguramente los
seres demoníacos recobrarían su forma humana.
El problema estaba en alcanzar a Sanford.
Dureaux podía oír a Marianne, al fondo, invocando a Elizi-Freda-Dahomey para
que prestara su ayuda. Los cánticos quedaban acompasados por los disparos de
rifle y ametralladora. No tenían oportunidad, ninguna, ninguna…
Pero, ¿y el viejo de la encrucijada? Dureaux se había sentido confortado cuando
le miró a los ojos. En su mente flotaba una cita que había aprendido en su
juventud.
«Si necesitas mi ayuda, joven, basta con que te apresures a nombrarme y
tendrás esa ayuda…».
—¡Legba! —gritó—, y una docena de seres horrendos se aplastaron contra el
suelo. Al mismo tiempo por el rostro de Sanford cruzó una expresión de horror,
ante la mención del nombre santo — ¡Legba, ayúdame!
No era exactamente una plegaria, pero bastó. El cuerpo de Dureaux fue
perdiendo su forma humana, y empezó a alargarse, hasta quedar transformado
en una grande y rolliza pitón. Una pitón marcada con el veve, el símbolo de
Damballah-Wede, el dios serpiente de la mitología de Dahomey, el más poderoso
de los loa. Una pitón que sobresaltó a sus enemigos cuando empezó a arrastrarse
en dirección a Sanford.
Fue una batalla de espíritus, no de hombres. Damballah frente a Bakula-Baku.
La serpiente se movía con rapidez increíble, enrollándose al cuerpo del
norteamericano, mientras Sanford replicaba con todos sus demoníacos poderes
que el Siniestro podía proporcionarle. En torno a ellos, todo se detuvo, humanos y
no humanos estaban como hipnotizados por la batalla mortal, conocedores de que
su destino depende del resultado de esta lucha.
En el firmamento, la luna se ha ocultado tras las oscuras nubes, mientras Agau,
el espíritu de las tormentas .conduce a sus dos compañeros Sogbo y Bade
(espíritus de los rayos y los vientos), al campo de batalla, y estalla el trueno como
heraldo de la cólera de Dios.
Y entonces, casi con demasiada rapidez, todo concluye.
Dureaux vuelve a su estado habitual con el cuerpo totalmente dolorido,
mientras contempla la masa que fue David Sanford, conocedor de que ha dado fin
a un ser humano inocente, consciente, también, de que no podía hacer otra cosa.
Está mareado.
—Gracias, Legba —sisea en su agonía de dolor, no sabiendo si quiere realmente
dar las gracias o pronunciar una maldición. Legba entenderá.
Y hecho esto, Henri, Marianne y él vuelven al jeep, cruzando entre los cuerpos
que fueron esclavos de Sanford, todos muertos ahora, sin detenerse más que a
recoger los cuerpos de Conover y Tracy. Ellos serán enterrados en lugar sagrado,
bendecidos por un houngan.
El mayor Dureaux permanece silencioso, mientras Henri pone en marcha el
jeep en dirección a Puerto Príncipe. Sus pensamientos son una masa confusa,
pero él los va seleccionando, no sin dificultad. ¿Por qué Legba ha sido amigable
con él? ¿Si de nuevo invocase al loa, reaparecería el Siniestro? ¿Seguirá el poder
de Damballah imperando en su cuerpo humano, para ser utilizado en los
momentos de necesidad?
Preguntas. ¡Cuántas preguntas…! Y la única respuesta, la definitiva, aquélla que
todos los hombres encuentran, más pronto o más tarde. Dureaux mira con
tristeza los dos cadáveres que van en el jeep.
Había amanecido y la muerte ya había llegado.
EL PERFECTO HOMBRE VOODOO
Chrís Claremont
Aparece en Escalofrió 21 Tales of the Zombie
1974
—O sea, que deseas información acerca del Voodoo, ¿verdad muchacho? —
preguntó Seymour, mientras apagaba un cigarro puro en el cenicero y tomaba un
sorbo de su copa. Era un hombre pequeño pero corpulento, de unos 50 años, un
librero profesional con una memoria tal que le envidiarían las computadoras IBM.
Poseía una precisión casi mecánica, incluso en sus movimientos, secos y directos;
no desaprovechaba nada, ni cuando estaba descansando y disfrutando de un
agradable almuerzo.
Yo también disfrutaba del almuerzo, pero no tanto como él; si, era yo el que
pagaba —es el precio que uno paga por una buena información.
—No, no sobre Voodoo —contesté—, sobre los libros de Voodoo.
— ¡Ah!—pensó unos momentos—. ¿Realidad o ficción?
—Realidad.
—¿Serios o fantásticos?
—Más serios que fantásticos, pero me quedaré con todo lo que tenga.
—Muy amable de tu parte, muchacho, pero me temo que no tengo gran cosa
que ofrecerte. En primer lugar, no se han escrito demasiados libros decentes
sobre este tema. Y el Voodoo no ha sido un área de lo Oculto que me haya
interesado particularmente.
—Pero, ¿tiene algo?
—Naturalmente. Hay 5 o 6 libros que te pueden interesar…
—Estoy listo —dije después de algunos minutos de silencio. Sonrió y acabó su
bebida; llamé al camarero y pedí que le sirvieran lo mismo, mientras él aceptaba
con un movimiento de cabeza.
—Bien —dijo finalmente—, está el libro de Métraux. «Voodoo en Haití», por
Alfredo Métraux. Es un buen libro, uno de los mejores, escrito por alguien
seriamente interesado por el Voodoo, de fácil comprensión, si tienes la energía y
la paciencia de entrar en él. Es un estudio antropológico, pero está mucho mejor
escrito que la mayoría de libros de texto. Es algo pesado, sin concesiones para un
lector «popular», es un texto universitario…
»Ahora, un libro igualmente informativo, paró concebido para una mayoría de
lectores, el de Milo Rigaud, «Secretos del Voodoo», un título atrayente, ¿verdad?
No explora los aspectos socio-económicos del Voodoo, como hace Métraux; el
libro de Rigaud está más en la línea del «Todo-lo-que-desea-saber-del-Voodoo-yjamás-se-atrevió-a-preguntar».
Escribe sobre sus orígenes, la jerarquía de los
sacerdotes, el panteón del Loa, los símbolos, los cánticos, los rezos, la magia y
cómo realizarlos. ¿Está usted interesado en hacer un muñeco Voodoo de alguien
que odia? No, creo que no; tuvo usted siempre miedo de meterse en esos
asuntos. ¡Qué pena! No diga que no tuvo usted la oportunidad…
»Rigaud divide su material en varios capítulos —uno para el rada-loa, otro para
el petro-loa, y así—; es mucho más fácil de seguir que los pesados e interminables
párrafos de Métraux, sobre todo para alguien que tiene prisa o que está
interesado superficialmente en el tema.
»Sí, creo que Rigaud es el más útil; tendría que usarlo para sus artículos sobre
el Voodoo, le facilitará la tarea.
—Es ya un poco tarde; acabo de extender el cheque.
—Oh, no es nada caro, supongo. Más o menos como esta comida.
Moví la cabeza, sonriendo, mientras él reía ahogadamente.
—¿Ningún otro libro? —pregunté, buscando una página blanca en mi carnet de
notas.
—Hay también un libro soberbio, escrito por ese investigador de la, Psique,
¿cómo se llama?… No me acuerdo… parece el nombre de un compositor… ¡Bach!
Eso es, Marcus Bach. Se llama «Dentro del Voodoo», pero no dejes que el título te
desanime. Es probablemente uno de los mejores libros personales sobre el
Voodoo. Menciona muchos detalles del ritual, lo que ocurre, quién lo hace, ese
tipo de cosas. Se usa nombre de ficción pero es la historia de Marcus y Lorena
Bach, y de Stanley Reser. Reser es un americano, un blanco que consiguió llegar
tan lejos como es posible en el Voodoo; era un hombre fascinante, está muerto
ahora, creo que desde hace casi diez años. El libro de Bach supera a todos los
libros «populares» de Voodoo. Tiene un gran poder, porque es la historia de lo que
le ocurrió al autor cuando fue a Haiti y lo presenció todo con sus propios ojos. Es
un libro personal, mientras que Rigaud y Métraux han escrito libros científicos;
muchos datos, pero nada que acapare el interés del lector.
»Con el «Voodoo-es-horrible» vemos en lado contrario de la cuestión. Tenemos
a Denis Wheatley, con su «El demonio y sus trabajos». Conoce a Wheatley,
¿verdad?; es ese tipo que escribe contra los libros de magia negra. El libro está
bien, a su manera; es una recopilación exhaustiva de todas las manifestaciones
conocidas del Satanismo, la Magia, y lo Oculto —contiene un interesante capítulo
sobre Numerología, Quiromancia y Tarot— incluyendo algunas páginas de Voodoo.
Al autor no le gustan esas cosas; cree que no son más que negros que se burlan
de otros negros y blancos, que hacen orgías en la jungla, que se rigen por el terror
y el crimen, y corrompen una religión africana ya bastante corrompida.
»Bach considera que es una expresión de alegría, de unidad entre la Tierra y
todo lo que existe… afuera.
Seymour agitaba el brazo hacia el cielo, y lo sonreí, mientras estiraba los dedos
doloridos de tanto escribir.
—«El Diablo»…, es un buen libro —continuó—, perfecto para alguien que busca
una buena introducción general a la Magia y lo Oculto; un poco exorbitante, sin
embargo…
»Ahora, los dos próximos libros son autobiográficos como «Dentro del Voodoo»,
no demasiado malos, e interesantes cada uno en su estilo. El primero de ellos es:
«Los Invisibles Dioses Voodoo en Haití», por Francis Huxley. Es el sobrino de
Aldous Huxley… que fue genial, en sus retornos al pasado y viajes al futuro. Me
encantó «Un mundo feliz», un libro mucho mejor que los de ciencia-ficción que
aparecen ahora. Es una pena, porque me gustaba el género…
—Seymour —murmuré, para que no se saliera del tema.
—Oh, sí. Es un libro bien escrito, que no se limita a una objetividad puramente
científica. Huxley estuvo en Haití; tenía amigos que practicaban el Voodoo, y
escribió lo que veía.
»E1 otro libro es parecido a éste. Se llama «La Isla Poseída», de Katherine
Dunham. Es muy atrayente porque la señora Dunham es a la vez una bailarina y
un cualificado antropólogo —hizo la coreografía de numerosos bailes basados en
danzas Voodoo, muy excitantes. Pero supongo que esto sucedía antes de que tú
hubieras nacido. ¡Ah, querido, la de cosas que te has perdido…!
»En fin, que escribe con la objetividad de un científico, y la subjetividad cargada
emocionalmente de un artista, lo cual puede dar lugar a una interesante
dicotomía, o a una simple pesadez. El caso es que resulta en parte autobiográfica,
en parte antropológica, y en parte novelesca.
Preferí el libro del joven Huxley.
—Y llegamos al final de mi lista: «La Isla Mágica», de William Seabrook. Es el
más viejo de todos, publicado por primera vez en 1929. Se hizo una nueva edición
en 1968, creo, y el número de serie era el 75-0…38. Costaba unas 50 pesetas:
Claro que esto era hace 5 años, y quizá ya no se edite. En todo caso, ahora
costará bastante más del doble, ya que el verdadero monstruo de nuestros días
es la inflación.
»¿Sabías que el libro de Métraux fue escrito en parte para desmentir lo que
Seabrook escribió?
Dije que no.
»Pues bien, así fue. «La Isla Mágica» es de lo más «sin fundamentos». Seabrook
debió de haber publicado todos los rumores que oyó cuando visitaba Haití, y
nueve de diez se’ pueden clarificar desde ligeras exageraciones hasta tremendas
mentiras. Y 3so que su libro es más verosímil que los demás libros de Voodoo que
se publicaron antes de los años 20. Increíble.
» Seabrook es muy divertido, parecido a Wheatley o a Marcus Bach; la mitad
del tiempo no se está seguro de leer un texto serio o una novela, y tampoco
importa demasiado.
»¿Lo dudas, chico? Ahí va un ejemplo.
»La Negra Celestina, vestida con su túnica roja y sosteniendo la
resplandeciente bandeja, regresó sola a palacio, bajo las palmeras; la Reina de la
Jungla llevaba un corazón humano en el recipiente de plata.
—Oh, Dios mío —me exclamé riendo.
—No te rías; Seabrook no lo hacía. Estaba describiendo las actividades Voodoo
de Celestina Antoine-Simone, hija de uno de los presidentes de ‘Haití.
—El hecho de que el Voodoo no efectuaba sacrificios humanos, no tiene nada
que ver con esto, ¿verdad? —pregunté mientras contaba el número de libros y
apuntes.
Seymour se reía.
—¿En qué orden me los recomendarías?
—Para una persona buscando algo fácil, sin mucha salsa, Bach estaría al
principio de la lista, naturalmente; Seabrook segundo, después Rigaud, Wheatley,
la señora Dunham, Huxley, y Métraux al final.
»Ahora bien, para el estudioso, la persona seriamente interesada en el Voodoo,
«El Voodoo en Haití», de Métraux, encabeza la lista, con «Los secretos del
Voodoo» de Rigaud en segundo lugar. Tercero, Bach con su «Dentro del Voodoo»;
después Wheatley con el «Demonio y sus trabajos». Las dos autobiografías
ocuparían el quinto lugar, y el último seria «La Isla Mágica».
» ¿Satisfecho?
Asentí con la cabeza, y los dos nos enderezamos de repente, con los oídos
aguzados para captar de nuevo el sonido que acabábamos de escuchar. El viento
amainó y lo oímos de nuevo, viniendo de la parte norte del parque. Tambores.
Alguien estaba tocando los tam-tam. Ocurría siempre, en las tardes de verano, en
Central Park. ¿Cuál era, pues, el motivo de nuestro nerviosismo?
¿Por qué sentíamos ese frío glacial en la médula, mientras el sonido rítmico de
los tambores nos era devuelto por el eco que producían las dos torres de acero y
cristal que flanqueaban el parque? Sentimos que la vida no es algo tan bien
ordenado y sereno como los técnicos de nuestra civilización nos quieren hacer
creer.
Hay más cosas en el cielo y la tierra, Horacio…
Ridículo. No había nada de qué asustarse. Los dos nos tomamos otra copa; la
de Seymour era doble, y su mano temblaba cuando alzó el vaso.
Ridículo.
Los tambores seguían sonando.

CONSERVA TU ATAUD SECO, NEVADA
Jim Harmon
Aparece en Escalofrió 23 Tales of the Zombie
1974
Dos hombres atrapados en un inhóspito desierto del Sudoeste, con un viejo loco
que empuña un revólver y algo todavía más siniestro por encima de las lomas.
Escuchad… ¿no oís los aullidos, o es que se está riendo de sus impotentes
víctimas? Una historia breve, para evocar el ambiente de aquellas viejas
emisiones radiofónicas, como Inner Sanctum, I Love Mystery y Lights Out.
— Las diez de la noche en medio del desierto de Nevada, con nuestro coche al
lado y nosotros a un centenar de millas de la civilización y casi tan lejos de Las
Vegas —gruñó Lank Barton, con monótona insatisfacción —. Por las patillas de mi
abuelo, no sé cómo uno ha podido meterse en semejante lío.
Whisper Michales se puso en cuclillas junto al rojo brillo de su fuego de
campamento. Era más bajo y de hombros más pesados que el hombre que’
estaba revolviendo la arena con su impaciente pensar. Las dos caras no se
parecían una a otra y, sin embargo, había algo del mismo brillo de humor en sus
ojos y en la expresión determinada de sus bocas.
— ¿Quieres saber cómo nos hemos metido en este lío? —Su voz era más bien
un susurro que un gruñido —. Tú nos has metido en este lío. Te dije que no
condujeras tan aprisa por estas carreteras. ¿No sabes que hay una velocidad
límite?
— Whisper, tú sabes que esto no tiene aplicación conmigo — dijo Lank —.
Cuando estuvimos aquí hace un par de años, mi primo Rafe me nombró diputado
honorario del sheriff de Coffin Country.
— Es todo un honor para ti — gruñó Whisper —. Diputado de sheriff para mil
millas cuadradas de arena… porque no creo que haya ni una sola casa en todo el
espacio ocupado por estas millas.
— Pues están equivocados, amigos. No, no intenten sacar ningún arma.
Era una voz nueva, que cortaba a través del silencio nocturno del desierto. El
recién llegado avanzó hacia el pequeño círculo de luz de la hoguera, y su silueta
quedó orillada de rojo contra la negrura del fondo del desierto. Era un hombre
menudo y nervudo, viejo, pero no doblado.
— ¿Os importa que comparta vuestro campamento? — les preguntó.
— Somos particulares — dijo Whisper. ¿Quién es usted?
— En esta parte de la creación no existe la etiqueta — contestó el viejo.
Whisper Michaels se puso de pie y se encaró j con él.
— ¿Le importa mucho?
— No me importa. Mi nombre es Dirty Dan (Dan el Sucio).
Lank se empujó el sombrero de ala ancha hacia la parte de atrás de la cabeza.
— Dirty Dan. Es todo un nombre para usted, ¿eh?
— Sí, Dirty Dan. Lo de Dan, por la abreviatura de Daniel. En cuanto a lo
demás…
— Puede guardarse las aclaraciones —dijo Whisper —. Ya sacaremos nosotros
conclusiones propias.
— ¿Van a desenfundar? —preguntó Dirty Dan —. ¿Quieren resolverlo a tiros?
Estoy dispuesto…
— Conténgase, Dan —dijo Lank, calmándole —. Nada de armas.
Despertaríamos a los perros de la pradera.
— No impediréis que la ciudad conserve seco vuestro ataúd, sin embargo. No,
señor —Dan soltó una carcajada. La carcajada se convirtió en tos. Volvió a escupir
dentro del fuego.
—¿Qué es esto? —preguntó Whisper —. ¿Cómo se llama esa ciudad?
— Se llama Conserva Seco tú Ataúd, Nevada — contestó el viejo —. Hay una
historia con mucho colorido de cómo se llegó a llamar así. Pero, si yo la he oído
alguna vez, la he olvidado.
— Esto es una gran ayuda —gruño Whisper —. Para nosotros significa no estar
lejos de un lugar edificado.
— Al otro lado de la próxima colina hay muchos edificios —dijo el viejo —. Una
metrópoli regular. Almacén general, hospedería, tres cobertizos, una casa…
Muchos edificios. Aunque sin gente. Una vez, llegó a tener veintitrés habitantes.
— Creo que debió ser sesenta o setenta años atrás, hacia la vuelta del siglo,
¿eh, Dan? —dijo Lank.
— No. —Dan volvió a escupir. Esta vez no acertó el fuego —. Fue anoche, antes
de que los mataran a todos.
— ¡Los mataran! —exclamó Whisper —. Toda una ciudad borrada. ¿Qué está
intentando decirnos, Dan?
— Lo estoy diciendo, forastero —dijo Dan Toda la ciudad de Conserva Seco tu
Ataúd fue asesinada por el lobo fantasma anoche, y si queréis sacar la
herramienta…
— Cada vez está resultando menos divertido, Dan —dijo Lank, a quien
abandonaban sus habituales maneras fáciles —. A mí no me gusta la gente que
aparece de improviso, que habla de asesinatos y amenaza con liarse a tiros
conmigo. Creo que deberé hacerme cargo de cualquier arma que lleve usted.
El viejo se agazapó como un animal.
— Inténtelo y es usted hombre muerto, Texas.
Entonces, Whisper Michales se lanzó adelante,
le quitó al viejo un revólver de largo cañón que llevaba en el bolsillo de la
cadera, y lo empujó contra el arenoso suelo.
— Derribando a viejos, ¿eh? —gimió Dan.
— A uno que amenaza con matar a mi amigo, sí
— dijo Whisper, soltando un silbido sordo —. Lank, esta vieja pistola…
— Una Peacemaker calibre treinta y ocho, cálculo — dijo Lank.
— Sí, pero está cargada con balas de plata.
— Whisper se volvió hacia el viejo, que aún estaba tendido donde había caído
—. ¿Quiénes se piensa que somos? ¿Y quién creé que es usted? ¿El Lone Ranger?
— No soy ningún tipo de “Ranger”, ni de sheriff, pero sé lo que se necesita para
cazar a un hombre lobo —soltó Dirty Dan.
— ¡Un hombre lobo! —Lank Barton se rió —. Puedo ser un tejano supersticioso,
pero aunque sé que los hombres lobo son como vampiros y Frankensteins… sólo
están en los libros baratos y en las películas de terror.
— Bien, tejano, también podrá encontrar un hombre lobo en Conserva Seco tu
Ataúd ,.— dijo Dan — . Anoche se comió a veintitrés personas. Yo imagino que va
a tener hambre otra vez, y sólo estamos nosotros tres para satisfacer su apetito.
* * *
La media noche estaba encima, y el desierto estaba cada vez más frío. Dirty
Dan había contado más cosas de su historia a los dos hombres, y ellos habían
declarado que eran detectives privados, que trabajaban habitualmente en Las
Vegas. Su compañía era la Deuce Investigations. A cambio, Dan les había
explicado a ellos que la población entera del desierto se había desvanecido la
noche antes, la misma en que él había visto a la velluda criatura a la luz de la
luna llena.
— Los indios de por aquí hablan de un lobo fantasma — continuó Dan —. Mi hija
Mercedes, dice que esto tiene mucha semejanza con la leyenda del hombre lobo.
Ella ha estudiado toda clase de tonterías en U.C.L.A., esto es, en Los Angeles.
— Comprendo —dijo Whisper.
— Están ustedes llenos de información, ¿verdad? — Dan, escupió otra vez.
Lank se aclaró la garganta, y se sentó al lado de la vieja rata del desierto, cerca
del rescoldo de la hoguera.
— Diga, Dan, ¿es bonita su hija? Es la primera vez que la ha mencionado.
— Si le gustan pellejidas… —dijo el viejo —. No debe de pesar más de ciento
cuarenta o ciento cincuenta libras. ¿Le gustan pellejidas, Texas? Cocina bien,
¿sabe? Pero es muy particular respecto a los hombres. No habla con ninguno, a
menos que lleve zapatos.
— Cuidadosa, ¿eh? —dijo Lank.
— Esta es la palabra — admitió el viejo —. Pone mucho cuidado en los zapatos
de su pobre papá. Lo que más me preocupa a mí, es la idea de que esta noche
pueda salir y se encuentre con el hombre lobo.
— Su hija va a salir y encontrará al hombre lobo —murmuró Whisper — , ¿y
usted se quedará aquí sentado?
— Sentado con un seistiros cargado con balas de plata —dijo el viejo — . Por lo
menos, antes de que me lo quitaran ustedes.
— Y si encuentra al hombre lobo, lo va usted a matar —dijo Whisper.
— No tendré dificultades por encontrarlo. Vi al lobo fantasma tres noches
corriendo por aquí. He pensado que erais vosotros de momento. Pensé que era
la primera vez que él encendía fuego. Después, yo…
—¿Y por qué va a salir su hija para encontrar al hombre lobo? —preguntó
Whisper.
— Por amor y compasión, me ha dicho —contestó el viejo —. Se puede llegar
hasta cualquier criatura con amor y compasión. Propaganda roja, digo yo.
Lank cogió el brazo de Whisper.
— ¿Quieres mirar hacia allí, muchacho?
Los dos investigadores miraron hacia una figura que parecía ser algún distante
espejismo: una chica con túnica blanca, que avanzaba a través de la luz de la luna
sobre las blancas arenas.
— ¿Ciento cuarenta o ciento cincuenta? —dijo Whisper —. Esa chica no pesa ni
cien libras, Dan. Es una criatura de belleza etérea. Apenas parece que toque el
suelo. ¿Es Mercedes?
El viejo asintió.
— Es ella. Lleva una de las túnicas propia de alguna de esas religiones
extranjeras con las que se mezcló en Los Angeles. Siempre investiga
reencarnaciones, vudú, y…
— Dan —le interrumpió Whisper — , ¿qué le hace estar tan seguro de que esa
criatura que vio usted mató a toda la gente de la ciudad? Los locales podían
haberla visto también y hubieran podido correr y esconderse.
— Quizá, pero…
Los dedos de Lank se estrecharon otra vez en el hombro de Whisper.
—¿Ves lo que veo yo, muchacho? ¡No puede ser que tú también estés tan loco!
Lo vieron los dos. Mercedes había soltado su flotante túnica y su cuerpo estaba
cambiando… agazapándose… volviéndose velludo… La luz de la luna brillaba
sobre los afilados dientes blancos.
Dirty Dan se movió con rapidez para ser un viejo. Recuperó su revólver del cinto
de Whisper y disparó una bala de plata. La retorcida figura gimió y cayó,
quedando tendida muy quieta.
Dan se encaró con los dos hombres con firmeza, apartando la pistola.
— Esto es algo que ella debió haber aprendido en Los Angeles. Estaría
perfectamente bien si se hubiera quedado en Conserva Seco tu Ataúd.
JIMMY YA NO VIVE AQUI
David Anthony Kraft
Aparece en Escalofrió 25 Tales of the Zombie
1974
Nunca supe vivir la realidad.
Supongo que esta insuficiencia resulta un tanto peculiar, pero incluso he
perdido la capacidad de imaginar cuál es la opinión de los demás sobre mi
problema, si es que alguna vez he tenido esa capacidad. Existe siempre una
barrera invalidante entre mi persona y el resto de los seres. Diría que se trata de
un mecanismo para la supervivencia, creado por mi vulnerable psique.
Incluso mi manera de considerar las cosas es peculiar; no obstante, estoy
probablemente mucho más cuerdo que la mayoría, y también más solo.
Margot era mi enlace con la realidad, Margot y Jimmy. Soy emocional y la
comunicación para mí sólo es posible a ese nivel. Conocía a Margot en Nueva
Orleans una tarde ventosa de primavera, hace ocho años; estuve en Nueva York
una vez, cuando acabé el servicio militar, y allí nadie habla en la calle con
extraños, Nueva Orleans es diferente. Entablamos conversación y después fuimos
a cenar juntos.
La emoción es más elocuente que las palabras, porque comunica el sentido de
estas y no se puede jugar con ellas. Margot se convirtió de repente en la obsesión
de mi vida, y, a pesar de todas mis dificultades para identificarme con el nuevo
papel, nos casamos ese mismo agosto. Jimmy nació en febrero.
Margot nunca me presentó a su familia. Sólo sé que vivía en las afueras de
Nueva Orleans, cerca del río, pero no me habló nunca de su infancia. No sé si es
porque se avergonzaba de sus humildes orígenes, o por otra razón, pero como el
tema le resultaba desagradable no insistí.
Yo, por mi parte, nací en un barrio de familias negras de Nueva Orleans, hijo
único. Quizá por lo alejado que me sentía de la realidad, no pude nunca
identificarme con mi medio ambiente, a pesar de haberlo intentado
desesperadamente durante unos años.
Creo que nunca dejaré de considerar a las personas como seres individuales. Es
curioso que no me gustaran los niños hasta que nació Jimmy, entonces mi actitud
cambió radicalmente; Margot y yo lo adorábamos. Creo que la paternidad me
ayudó a ponerme en contacto con el mundo.
Por esa razón, casi ocho años más tarde aquella llamada telefónica, una
mañana helada de diciembre, me quedó grabada en el corazón. Era Margot.
«¡Jimmy se está muriendo!—gritó——¡Se está muriendo!», y su voz descorrió el
velo que me aislaba de la realidad; en ese momento, entré en contacto doloroso
con lo que yo había temido más; mi mente quedó destrozada; mi alma, torcida y
desgarrada.
Me encontré con Margot en el hospital donde cuidaban a Jimmy, y ésta, con
palabras ribeteadas de pánico, me contó lo que había sucedido:
«Esta mañana… en el colegio, oh„ Bryce, esta mañana, recibió un golpe con un
columpio, durante el recreo. Dijeron que no tenía señales de heridas, pero, más
tarde, intentó levantar el brazo en clase… y no podía. Estaba asustado, Bryce, e
intentó salir del pupitre… pero cayó al suelo, donde luchó en vano por levantarse.
El maestro lo trajo aquí. Está herido, Bryce… ¡nuestro Jimmy!». Con gesto de dolor
contenido, Margot apoyaba su rostro surcado de lágrimas contra mi pecho, y allí,
mientras vivíamos nuestra congoja… Jimmy murió.
Probé el sabor de la realidad, y era amarga.
Margot cambió después de este suceso, y yo también; de nuestra unión
emocional sólo quedaba un dolor diluido —el recuerdo compartido junto con las
quiméricas post-imágenes de Jimmy. La tragedia hubiera tenido que unirnos más,
pero no fue así. Me refugié casi completamente en el rechazo que me aísla
psicológicamente de la realidad, y Margot se convirtió en una extraña, a la que ya
no entendía.
Era como si todas las facetas de su personalidad hubieran muerto, excepto la
que había estado más en contacto con Jimmy. Jimmy se convirtió en su obsesión,
en el centro de todos sus pensamientos. Yo también me muevo en un plano
emocional, y son muchas las noches en que me despierto por imaginar los pasos
ligeros en la oscuridad y una vocecita llamando «¿Papá?». Por eso me he
mostrado muy duro con Margot y me convencí de que su obsesión pasaría con el
tiempo.
Pero no pasó. Algo, dentro de Margot, se había tambaleado, y le había dejado
solamente un débil parecido con la mujer que conocí hace casi nueve años,
aquella soleada tarde de Nueva Orleans. Quizá fue mi sensación de
distanciamiento, mi papel de simple observador, lo que me permitía sobrevivir;
Margot no tenía ese mecanismo protector para salvaguardar su psique —la
muerte de Jimmy fue un golpe directo que la paralizó .por dentro.
Pero yo no podía saberlo, no podía sospechar que su preocupación por la
tragedia había crecido hasta un estado de demencia, que iba desintegrando poco
a poco su razón, hasta la noche en que Margot desveló por primera vez el lado
más oscuro de sus calenturientos pensamientos.
«Bryce, hay un medio de hacer volver a Jimmy». Su voz era nivelada, seria, y
me miraba a los ojos sin parpadear.
Tuve que desviar la mirada para ocultar mi repentina aprensión por su salud
mental. Es curioso comprobar que, en tales momentos, intentamos esconder
nuestras emociones y nuestros temores a las personas que las han provocado.
E incluso patético.
«Jimmy ya no vive aquí, Margot dije. Fue una frase deplorable la que pronuncié,
una respuesta torpe a una declaración cobarde, y, por un momento, quedó en el
aire, entre nosotros; era una manera indirecta de reconocer que Jimmy estaba
muerto. Era un hecho que creía que habíamos aceptado cada uno de un modo
distinto, antes de esta mórbida conversación.
Vi cómo lo hacían cuando era pequeña —los ojos de Margot se dirigieron a los
míos y había una intensidad en ellos que me asustó—. Bryce, se puede hacer.»
¿Cómo discutir con la locura? Intenté todos los medios suaves de disuasión, y
otros con menos tacto, pero se había convertido en una manía para Margot; ella
creía que Jimmy podía regresar del Más Allá.
Aquella noche descubrí algo sobre su familia: que practicaban Voodoo y que
Margot había crecido entre supersticiones furtivas y ritos nocturnos. Las creencias
irracionales de su niñez, que se habían formado sobre una base sobrenatural, y
que estaban profundamente enterradas en su subconsciente, salían ahora a flote
para reparar el perjuicio mental y emocional que le había causado la muerte de
Jimmy.
Pero ese tipo de perjuicio no puede ser reparado, sino solamente aceptado con
la desconsoladora esperanza de que el tiempo disminuirá el dolor. Esta es mi
posición. De otro modo, la mente sucumbe a la ilusión, que es lo que le estaba
ocurriendo a Margot.
Nuestra conversación acabó al cabo de varios minutos de violenta disputa,
cuando Margot cesó sus intentos delirantes de convencerme. Pensé entonces que
se había dado cuenta de que Jimmy se había ido para siempre, y que sus palabras
habían sido salvajes, desatadas. Recuerdo haber pensado, cuando pasó la crisis,
que algún día se sobrepondría a la muerte de Jimmy:
Estaba en un error.
Esa noche soñé de nuevo con Jimmy. Lo oí, llamándome con su voz infantil, y en
el fondo del remolino de pensamientos que pasan por reales cuando soñamos
imaginé que era posible que viniera de nuevo.
Y soñé algo más. Entre mis visiones torturantes vi a Margot descender al
sótano, silenciosamente, como si no quisiera perturbar mi sueño; en una mano
llevaba una vela y me pareció extraño que no usara las luces eléctricas.
Entonces llegó al final de las escaleras, y la débil luz iluminó un escenario
increíble, una burla lúgubre y retorcida de nuestra desagradable charla anterior. El
cadáver de Jimmy estaba allí, pálido y frío, en nada igual a la encarnación de la
alegría de vivir que representaba cuando su espíritu joven lo animaba. No, esa
cosa no era más que carne muerta que tenía un morboso parecido con nuestro
hijo.
Alrededor del cuerpo estaban diseminados lo que supuse serían los objetos
sagrados necesarios para el rito Voodoo, que Margot estaba obsesionada en llevar
a cabo. No reconocí la mayoría de ellos, pero me acuerdo de las 5 velas negras
que rodeaban, en precisos intervalos, la figura inmóvil del que había sido Jimmy.
Margot encendió las velas, y entonó un canto sincopado con voz grave, en una
lengua gutural que no pude entender, pero todo ello me evocaba malévolas
imágenes en sombras que se agitaban incómodamente en las oscuras y olvidadas
esquinas de mi mente. Empezó el ritual.
En mi sueño, observaba cómo Margot pronunciaba sonoramente las antiguas
palabras, y pasaba por las elaboradas fases requeridas para consumar su deseo
sobrenatural. Gradualmente, la plenitud volvió a la máscara de muerte del
cadáver y, por fin podría haber jurado que el pecho de Jimmy se expandía casi
imperceptiblemente, que respiraba.
Entonces, la oscuridad que rodeaba la escena mágica pareció volverse aún más
negra y Margot se detuvo… levantó la cabeza rápidamente, como si hubiera
cometido un error mortal e intentara en vano rectificarlo. El miedo se convirtió en
una substancia palpable, con existencia propia, en el silencio de media noche del
sótano.
Una forma vaga y monstruosa se movió inhumanamente entre las sombras,
cubriendo la escena; Margot chilló entonces, con desesperación, y la oscuridad
reclamó la desagradable escena. Pero, antes de que las velas se apagaran por
ellas mismas, creo que vi moverse a Jimmy
Fue el grito lo que obliteró mi sueño y me hizo bajar a toda velocidad como un
loco hacia el sótano. Pero cuando llegué a las escaleras, sin haberme detenido ni
un segundo en la carrera inducida por mi sueño, mi mente había empezado a
funcionar parcialmente a nivel racional.
¿Qué esperaba encontrar?
Quedé de pie durante un momento, escuchando en vano el silencio antes de
dar la vuelta para regresar. Entonces, desde las profundidades del sótano, tras de
mí, surgió el sonido dulce de una vocecita. « ¿Papá?».
LUNA DE SANGRE
Thomson O’Rourke
Dibujos: Ernie Chua
Aparece en Escalofrió 28 Drácula Lives!
1974
Un pequeño traqueteo… fijo, rítmico. Había durado desde… ¿desde cuándo?
Marie de Voe se dio cuenta de que había estado despertando gradualmente, con
un sordo dolor en el vientre y otro más agudo en el lado izquierdo de la cara, y el
traqueteo. Su cuerpo estaba en una posición torpe, con la cabeza, los brazos y las
piernas balanceándose, y el abdomen colgando a través de… ¿de qué? Del
hombro de un hombre, vio de pronto Se la llevaban. Al aclararse su visión, pudo
ver arena iluminada por la luna debajo de las largas piernas de su captor y,
alzando la vista, pudo apreciar las estrellas que brillaban en el cielo nocturno. El
aire fresco del desierto se deslizaba por su delgado uniforme. Se estremeció.
Después recordó, y su estremecimiento fue de más violencia.
Había estado en su puesto de enfermera, pensando en su futuro esposo, el Dr.
James Lloyd Barrett, anticipando la luna de miel, y los fuertes brazos, las manos, y
la boca del doctor. Había oído un ruido en la escalera, había mirado, y había
visto .avanzar con rapidez no humana hacia ella… a un hombre alto, delgado,
vestido de negro, con la cara blanca como la nieve, y los ojos brillando como
oscuras gemas en la penumbra de la leve luz fluorescente.
—¿Qué desea…? —había empezado a decir ella.
No supo de dónde llegó el golpe, que le llenó el interior del cráneo con algo
parecido a un trueno mudo, y todo se oscureció para ella. i
El traqueteo paró, y Marie notó que la bajaban suavemente. Se tambaleó un
momento, y luego encontró el equilibrio. Miró alrededor. Estaban, como había
pensado, en el desierto, rodeados de montículos bajos. Oyó el terrorífico himno de
los coyotes… cerca, terriblemente cerca.
—Espero que no estés herida… quiero decir de gravedad —dijo el hombre de
negro—. Fue necesario golpearte. Por favor, acepta mis excusas.
La voz estaba falseada, y en un acento que Marie no pudo identificar.
—Mejor que me deje marchar —dijo ella, tratando de controlar su pánico.
Aquellos ojos, que brillaban a la tenue luz de la luna y las estrellas… aquellos
ojos que la recorrían de pies a cabeza, la hacían sentir como si se arrastraran
gusanos por su cuerpo. El hombre rió por lo bajo. Fue una risa extraña.
—Oh, no, querida pequeña —dijo—. Estaremos juntos mucho rato… más de lo
que puedes imaginar.
Dio un paso adelante hacia ella. Marie retrocedió, y la detuvo uno de los
montículos.
—Lucha, si quieres —dijo él, con calma.
Para Marie, estaba claro ahora. El desconocido se había propuesto… forzarla.
Un grito silencioso resonó en su alma: ¡No! ¡No! No de aquel modo. No después
de haberse negado a James… durante aquellos meses.
—Soy virgen —pudo decir.
—Qué interesante.
El hombre se acercó más, y los dedos de Marie se cerraron sobre el lápiz que
llevaba en el bolsillo. Lo sacó, y lo arrojó contra el desconocido.
—¿Esperas pararme con esto?
El desconocido rió, y alargó los brazos hacia ella…
La sala de café del hospital estaba desierta, salvo por la presencia del Dr. James
Lloyd Barrett y el padre Virgilius Flotsky. El padre estaba sentado en una pequeña
mesa, con un vaso de papel con té entre las palmas de las manos, y miraba a
Barrett andar frenéticamente de un lado a otro. Un crucifijo de plata se
balanceaba ignorado en una mano de Barret.
—Debes calmarte, hijo mío —dijo el padre.
—¡Condenación, padre! ¿Cómo he de poder? Marie ha sido secuestrada… ¡y
según usted, secuestrada por un vampiro!
—¿Dudas de esto?
—Desde luego, la parte científica mía duda.
—¿Y qué dices de la parte religiosa?
—Oh, diablos —dijo Barrett, y se dejó caer en una silla al otro lado del padre—.
Yo no soy muy religioso. Hace un año que no he asistido a ningún oficio.
—Pero todavía tienes fe.
—Tal vez sí, tal vez no. ¿Constituye ello alguna diferencia?
—Sí. Si hemos de rescatar a Marie, has de creer lo que yo digo. No debes dudar.
—Escuche, yo no dudo de lo que he visto. Aquel tipo de negro se movió
demasiado aprisa para ser humano. Acepto provisionalmente su teoría de que era
un vampiro.
—Es más que una teoría, James. Yo he perseguido a Vlad toda la vida. He visto
sus maldades una y otra vez.
—Está bien, es un vampiro. Y se ha llevado a Marie. ¿Adónde llegamos con
esto?
-—La cuestión es, ¿adónde ha ido Vlad? Ha recibido una sacudida. Su plan para
robar las reservas de sangre del hospital, ha fallado. Se ha querido esconder, para
recuperar sus poderes. Antes de que amanezca, necesitará estar en su ataúd,
descansando en el suelo de su Transilvania natal. Tú conoces bien el área. ¿Dónde
puede estar escondido un ataúd?
—El lugar lógico es el cementerio… el de Santa Teresa.
—No, no, no allí. Vlad habrá evitado el suelo sagrado.
—Entonces, no lo sé. Brass Monkey es una ciudad pequeña. Alguien sin duda
repararía en un ataúd extraño que estuviera en algún sitio.
—Piensa, hijo mío. Vlad se ve arrastrado a la muerte, a la decadencia. ¿Hay
algún depósito de cadáveres? ¿Alguna funeraria?
—-Quizá ha dado en el blanco, padre. Tenemos una funeraria… que dirige un
extraño tipo viejo con un nombre extranjero.
—¿Qué nombre es?
Barret golpeó el tablero de la mesa, ausentemente, con el crucifijo. Su frente
estaba fruncida con concentración.
—Muh… Muh… —dijo, golpeando de nuevo la mesa—. Mustafá. Esto es. Kara
Mustafá.
Se puso de pie como impelido por un muelle, derribando la silla.
—Vamos —dijo—. Tengo un coche fuera, y…
—No, no, James. Esté donde esté Vlad, no es en casa de Kara Mustafá.
—¿Cómo diablos lo sabe usted?
—Kara Mustafá es un nombre turco. Desde 1456, Vlad ha odiado a los turcos.
Por instinto, habría evitado a Mustafá.
Barrett se volvió y dio un puñetazo a la pared.
—¡Condenación! Si eliminamos la funeraria, y eliminamos el cementerio…
—Un momento —dijo el padre—. ¿Hemos eliminado realmente el cementerio?
—Usted lo ha dicho… Vlad no puede haber ido a suelo sagrado, ¿no es así?
—Sí, pero, ¿es el de Santa Teresa el único cementerio? Me parece recordar
haber leído que hay tribus indias en el área.
Durante casi un minuto, Barret quedó de pie, sin respirar, con los párpados
bajados y arrugas de concentración en la frente.
—Uh… uh… —murmuró por fin—. Hay un cementerio indio, a unas veinte millas
al sur de la ciudad.
—¿Vamos a ir?
Pero Barrett ya se apresuraba hacia la salida. Fatigosamente, el padre Flotsky
se puso de pie y le siguió. Sacó del bolsillo un gran reloj dorado, abrió la tapa y
miró: las 4,15. Hacía una hora que Vlad había secuestrado a Marie. De sus labios
brotó una plegaria. Porque, a menos que Vlad se hubiese retrasado o la muchacha
hubiese conseguido escapar de algún modo, probablemente llegarían demasiado
tarde. Vlad llevaba días sin satisfacer su sed, y ésta sería sin duda grande.
Cuando el desconocido alargó los brazos hacia ella, Marie apuntó con el objeto
parecido a un lápiz y oprimió un pequeño dispositivo. Se produjo un ruidito. Un
silbido. Y del objeto parecido a un lápiz brotó un pequeño chorro de vapor, hacia
los malignos ojos del personaje. El desconocido soltó un grito y retrocedió.
Marie echó a correr.
Pasó los montículos, entre sombras. Tropezó, al pisar una roca. Se detuvo, lanzó
los zapatos y volvió a correr.
La voz del desconocido resonó a través de la arena, con sílabas ásperas,
guturales, en un lenguaje que ella no comprendió. Después, el hombre dijo en
inglés:
—Era gas lacrimógeno, ¿verdad, pequeña?
Sí, sí, era gas lacrimógeno, y Marie se había reído de James cuando él insistió
en que llevase el apara-tito, cuando le habló de los últimos ataques y le dijo que
se retirase a su apartamento y vigilase a los ladrones o a algo peor. «Hasta que
nos hayamos casado», dijo él. «Después, te protegeré yo».
Una repentina e irracional idea se aferró en su mente: ¿Dónde estaba él, su
protector,, el alto y poderoso profesor y doctor James Lloyd Barrett? ¿Con sus
estudios? En realidad, no importaba ahora. Ella se podría esconder entre los
montículos hasta que amaneciera. Con la luz del día, vendría ayuda… aviones de
búsqueda, helicópteros, patrullas de policía. Seguridad. Y estaría a salvo.
Oyó la voz del desconocido:
—No te servirá de nada huir, pequeña. Quizá yo no te podré encontrar… pero ‘.e
encontrarán mis animalitos caseros.
¿Sus… animalitos?
Marie los oyó. Los coyotes. Ya no aullaban: ahora rugían, en tono bajo, apenas
audible. Y se acercaban. Una ráfaga de brisa trajo el fétido olor hasta la
muchacha.
Y se sintió dominada por un terror total.
Se acercaban.
Los faros delanteros del Land Rover abrieron túneles de luz en la oscuridad. La
gravilla de la polvorienta carretera rebotó contra el chasis. Barrett iba aferrado al
volante, con el rostro muy pálido a la luz del tablero de mandos.
—…al amanecer, mueren, ¿verdad? —estaba preguntando.
El padre Flotsky se enderezó en el asiento.
—¿Perdón…?
—He preguntado si los vampiros mueren al amanecer.
Momentáneamente confundido, el padre negó con la cabeza.
—Perdóname, James. Temo que me había adormilado.
—¿A esta hora? Francamente, padre, esto me fastidia un poco. Primero me hizo
esperar hasta haber recogido su bolsa de su coche…
—No podemos combatir a un vampiro sin armas.
—¿Armas? ¿Quiere decir cruces?
—Cruces, ajo, una estaca de madera, un mazo, agua bendita…
Barrett aminoro la marcha y saco un gran revolver azul.
— Esto es la clase de armas en que yo creo. Un Colt .357 Python.
—¿Siempre llevas estas cosas?
—Cualquier hombre juicioso las lleva, con ladrones y secuestradores por todas
partes.
—No, usted no comprende. Usted duerme.
—Comprendo.
—-Pido perdón —dijo el padre Flotsky con calma—. Soy un viejo… cumplí los
setenta años.
—Debí haberle dejado.
—Tal vez.
Durante un rato, el motor y la gravilla fueron los únicos ruidos.
—Se lo voy a preguntar de nuevo. ¿Mueren los vampiros al amanecer?
—A menos que estén en sus sitios de descanso, sí. Los rayos del sol les
destruyen.
—Aún podemos tener suerte. El sol saldrá dentro de cuarenta minutos.
«Cuarenta minutos», pensó Flotsky. Tiempo bastante para que Vlad
transformase a Marie en una criatura esclava del mal. Para que la condenase. Si
no la había condenado ya.
—El territorio indio está al otro lado de la próxima altura —dijo Barrett.
—Por favor, Señor —rogó Flotsky—. No permitas que se condene tu hija Marie…
—¡Condenación! —gruñó Jerry Lee Biggers—. ¿No nos han tomado el pelo esas
muchachas? Esa pequeña Clara Lou Smathers se ha burlado de mí.
—Sí —admitió Roscoe Kuhlmeyer—. Ya me he dado cuenta.
—A ti no te ha ido tan mal con Susie.
—Le ha gustado mi tatuaje. Ha dicho que le entusiasmaba. Eh, Jerry, ¿no ha
quedado un poco de cerveza?
—Busca en el asiento trasero.
Roscoe se volvió hacia atrás y pudo localizar dos latas entre herramientas y
otros objetos amontonados en el suelo del coche. Destapó las latas y entregó una
a Jerry. Los dos se pusieron a beber con avidez.
—Nunca sienta mal un buen trago —dijo Jerry Lee.
—Pongamos un poco de música —sugirió Roscoe.
Jerry Lee puso la radio.
—Aquí, Johnny Cash, que les habla desde la emisora KYKK —dijo la radio—. En
la hermosa ciudad de Brass Monkey, Nuevo México. En este momento son las
cinco menos diez minutos. Les deseo muy buenos días a todos…
—¡Las cinco menos diez! —gritó Jerry Lee.
—¡Hooo…leee!—coreó Roscoe—. Seguro que llegamos tarde. Hoy la cargamos.
Jerry Lee apretó el pedal y el Mercury se lanzó veloz.
Jim Barrett no lo podía negar. El temor estaba metido dentro de él, como una
bestia que le estuviera royendo, fría y continuamente, las partes vitales de su
cuerpo. Los dedos le sudaban en el volante, notaba pesadez y torpeza en los
miembros, y el corazón le golpeaba el pecho con fuerza. Le dominaba un horrible
presentimiento, un presentimiento que crecía cada vez más, a medida que se
acercaban al cementerio. Y esto no lo consideraba razonable. Él no era un
cobarde. En la universidad había jugado al fútbol, y era el único estudiante de
medicina que había sido admitido en el equipo. Era un buen tirador de pistola y de
rifle; había cazado desde arcillas a osos grises. Había escalado las Montañas
Rocosas en invierno. Había practicado el surf en el Pacifico durante el verano.
Y, sin embargo, estaba asustado.
Bueno, por lo menos, podía ocultar su miedo al adormilado y anciano padre.
Su pie apretó el freno… con demasiada fuerza. El Land Rover dio una sacudida
y los lanzó adelante a él y a Flotsky,
Jim se quedó jadeante, atento o la mirada interrogativa de su compañero.
—Hemos llegado —dijo a Flotsky.
Descendieron los dos silenciosamente del vehículo y esperaron, escuchando.
Jim empuñaba el Python, que brillaba en la oscuridad; Flotsky buscaba algo en su
cartera de cuero.
—Usted es el experto —dijo Jim—. ¿Por dónde empezamos?
—Silencio —murmuró Flotsky.
El viento susurraba. Los animales pequeños chillaban. Los agudos aullidos de
los coyotes parecían algo sobrenatural.
—Están controlados —suspiró Flotsky—. Las criaturas de Dios están bajo el
control del diablo.
El padre avanzó lentamente en dirección de los aullidos. Jim intentó forzarse a
si mismo para ir con Flotsky, obligando a músculos y nervios a responder.
Pidiéndoles que respondieran. Pero estaba inmóvil como una piedra.
—¡Es culpa suya!—gritó a Flotsky—. ¡De usted, y de todos los que como usted
nos meten la superstición en el cuerpo, y nos retuercen con ello la razón!
Resbalaron lágrimas por sus mejillas. Lágrimas de vergüenza, que agitaba en su
cuerpo retorciéndose como una serpiente. Si hubiera sido capaz de levantar la
pistola, se hubiese volado el cerebro allí mismo.
La desesperación es el mayor pecado. Marie había aprendido esto en las clases
del padre Flotsky. ¿Pero cómo podía ahora evitar la desesperación? Estaba
rodeada por los coyotes, que tenían las bocas abiertas y las lenguas asomando…
Si intentaba dar un paso, los animales se movían para hacerla parar, como perros
pastores vigilando un rebaño.
—Cálmate, pequeña —dijo el forastero, mientras avanzaba hacia Marie—. Será
un momento de dolor apenas perceptible. Te doy palabra de ello. Y yo lo necesito.
En el pueblo sólo puedo catar la sangre de la mujer llamada Jennifer. Contigo, va a
ser un festín.
Marie notó —por primera vez— los extraños dientes. No, no eran dientes… eran
colmillos. Curvados y pequeños, en cada extremo de la boca, parecidos a dagas.
Y, en aquel momento, comprendió la ansiedad del padre Flotsky en el puesto
médico. La joven sintió un enorme, incalculable, malestar. La presencia del
forastero era una tortura de por sí, y evocaba extrañas e inexplicables alianzas.
De pronto, el hombre estuvo ante ella, la cogió por la parte alta de los brazos,
la hizo doblar hacia atrás y acercó la boca a su garganta. Ella luchó en vano. El
hombre era fuerte, dominantemente poderoso. Marie notó la respiración del
hombre contra su cuello.
—¡No! —La palabra, explosiva, imperiosa, llegó desde detrás del extranjero—.
¡Suéltala, Vlad! y dejó escapar un rugido de furor.
El forastero arrojó a Marie contra el polvo del suelo
—¿Eres el padre llamado Virgilius Flotsky? —preguntó después.
—Lo soy —dijo Flotsky. Estaba de pie, al lado de uno de los montículos, con una
cruz de plata en una mano y un puñado de ajos en la otra.
—Nos encontramos de nuevo—dijo el forastero.
—Nuestro encuentro final, Vlad. Tus cinco siglos de crueldades terminarán aquí.
El mundo quedará limpio de ti esta noche.
—¿Te has propuesto acabar conmigo? —dijo Vlad. Parecía divertido.
—Es mi deber.
-—Parece que no has contado con mis animalitos, padre.
Obedeciendo a una orden no pronunciada con palabras, los coyotes se
volvieron de la derribada Marie para mirar al padre Flotsky. Su velluda piel estaba
erizada, jadeaban cada vez con más fuerza.
—¡Matadlo! —gritó Vlad.
Los animales saltaron. El padre Flotsky golpeó con la cruz la mandíbula del más
adelantado. El coyote cayó al suelo a medio saltar. Pero los restantes se lanzaron
sobre el padre, y lo derribaron contra el montículo. Los colmillos se hundieron en
su muñeca y le hicieron soltar la cruz. El hombre se revolvió desesperadamente,
intentando apartarse de la hambrienta y rugiente masa que le sofocaba. Tenía la
pierna izquierda aplastada por el peso de los animales. Fue resbalando poco a
poco, y se vio completamente cubierto por ellos.
Sonó un disparo de pistola.
Uno de los coyotes se atiesó y cayó.
Un segundo disparo. Un tercero. Las bestias restantes fueron quedando
tendidas, muertas.
Marie vio a James Barret empuñando su revólver favorito, dominando por
encima de los servidores del extranjero y del cuerpo retorcido e inmóvil del padre
Flotsky.
—James, has venido por mí.
_He venido por mí mismo, para demostrarme a mí mismo que no soy un
cobarde.
—Una escena conmovedora —se burló el extranjero—. ¿Te has dado cuenta de
que tu valor te costará la vida?
—No te tengo miedo. Me quedan tres balas. Intenta algo, y te destrozo.
—¿Lo harás?
El extranjero avanzó sobre la áspera arena. Barrett levantó el arma, apuntó
cuidadosamente y apretó el gatillo. El Colt restalló.
—Destrózame antes de que yo te aplaste —dijo el extranjero.
Barrett disparó dos veces a boca de jarro. El extranjero se rió. Barret arrojó la
pistola y el extranjero la apartó con un gesto despreocupado. Barrett se lanzó
hacia él. El extranjero le cogió por el hombro, y Barret dejó escapar una
exclamación de dolor.
—Tus huesos se van a convertir en polvo —dijo el extranjero.
Algo brilló en la arena. Era la cruz de plata, que reflejaba unos leves rayos de
luz.
Bruscamente, el extranjero soltó a Barrett y miró a las distantes montañas y al
cielo de más allá. Una tonalidad azulada estaba empezando a ascender por el
horizonte.
Amanecía.
El extranjero soltó un chillido y escapó, desapareciendo entre las sombras.
—¿No le puedes sacar más velocidad a este trasto, Jerry Lee?—preguntó Roscoe
—. El jefe nos despellejará vivos si llegamos tarde.
—Tranquilízate, Rosk. Conozco un atajo.
Y Jerry Lee metió el Mercury por una carretera polvorienta.
James Barrett tendió al padre Flotskv en la cama del Land Rover.
—Gracias —murmuró el anciano.
— ¿Se pondrá bien, James? —preguntó Marie.
—Está muy magullado, pero se pondrá bien. Es de los fuertes.
James salió del vehículo con decisión.
—James, ¿adónde vas?
—A buscar al… vampiro.
—¿Lo vas a matar, James? Hazlo, por favor. Húndele la estaca del padre Flotsky
en el corazón.
—Olvídalo, Marie. No me quiero perder la oportunidad de toda una vida. Será de
inmenso valor para la ciencia. Para mí. Con lo que aprenda con él… bueno, dentro
de muy pocos años estarás casada con un ganador del Premio Nobel.
—No cuentes con esto, James.
—No discutamos, Marie, ¿quieres? Tú quédate con Flotsky como una buena
chica. No tardaré ni un minuto.
Barrett encontró el ataúd empotrado entré dos de los montículos —un ataúd
grande, de roble, con adornos de plata. Pesaba demasiado para cargar con él.
Gruñendo, lo arrastró los cien metros que lo separaban del coche, haciendo con
ello un enorme esfuerzo. Llegó por fin, y con nuevos esfuerzos consiguió meter el
ataúd en la trasera del vehículo , al lado del dormido padre Flotsky.
Se secó la frente con la manga y pasó a ocupar el asiento de conducir.
—Conduciré yo —dijo a Marie.
—Sé que sería inútil discutir.
—Marie, no seas asi. Voy a ser rico… famoso…
—Y soltero.
Estaban a media milla de la carretera principal cuando el Mercury patinó en una
curva, zigzagueó entre una nube de polvo, y fue a chocar de lado contra la parte
delantera del Land Rover. El último acto consciente de Marie fue verse lanzada
encima del dormido padre Flotsky.
Los policías Dan Closkey y Mike Arnold contemplaron sombríamente los
destrozados vehículos. Closkey escupió.
—Hay gente con suerte —dijo—. Los dos muchachos del Mercury han salido sin
un arañazo. El conductor del Rover se clavó en el pecho la palanca de la dirección.
Murió instantáneamente… si a esto se le puede llamar suerte. El «Doc» dice que
los pasajeros, la chica y el padre, probablemente se pondrán bien.
—¿Y qué tiene esto de extraordinario? —preguntó Arnold.
—Tal como lo veo yo, la chica y el padre hubiesen muerto también cuando volcó
el Rover, de no haber sido que el ataúd estaba entre ellos y la carretera. Recibió la
parte más fuerte del golpe.
—¿Y qué vamos a hacer con ese ataúd, Dan?
—Diablos, Mike, el tipo que está dentro no tiene ninguna prisa. Mustafá ya se
encargará de venirlo a recoger más tarde.
Y los dos agentes emprendieron la marcha a lo largo de la polvorienta
carretera.

HIJO DEL SOL
Chrís Claremont
Aparece en Escalofrió 32 Drácula Lives!
1974
Cruzaban a unos cien pies de la costa ucraniana para evitar el radar soviético.
El Mosquito avanzaba a una velocidad de 300 nudos. Instintivamente, Robbie
pulsó su detector de radar, que tenía un alcance de 250 millas, ajustando el
sistema Electronic Counter Mea-sures a la Computadora Maestra. Claro que
ninguno de estos dispositivos habría de servir de nada si el Mosquito era
descubierto. El viejo bombardero era un espléndido aparato, pero no pasaba de
ser un avión de hélice que incluso alcanzando su máxima velocidad de mil millas
por hora era mucho más lento que los MIG y los Sukhois que los rusos podían
mandar en su persecución.
No tendrían, pues, el menor problema para aniquilar al Mosquito una vez lo
localizaran.
Suponiendo que lo localizaran.
Por eso había entrado en juego el sistema Electronic Counter Measures. Porque
para aniquilar al Mosquito, antes habrían de localizarlo. Y eso se hacía muy difícil,
según los expertos, debido a sus esotéricos componentes electrónicos.
Desde luego, lo mismo habían dicho los expertos a Gary Powers, respecto al U-
2.
Robbie no pensaba en esto con demasiada frecuencia.
La joven consultó su computadora de curso, e hizo una maniobra para que el
Mosquito describiera una ligera curva, bordeando la desembocadura del .Dniéster
mientras se dirigía al oeste, lejos de la Madre Rusia. Si nada ocurría, estarían en
cielo rumano dentro de media hora y en zona de aterrizaje noventa minutos
después.
—Nos quedan unas dos horas aún, Dragón —gritó Robbie, para hacerse oír por
encima del estrépito de los dos Griffon IV del Mosquito. El aparato era muy
ruidoso y ni la joven ni su pasajero habían hablado gran cosa desde que salieran
de Turquía, durante la puesta del sol.
—Gracias —respondió él con voz que sonaba cascada a través de la radio del
aparato.
El ruido que producía el Mosquito también ahuyentaba el sueño.
Ella podía ver al hombre por el retrovisor. Su aspecto poderoso era falso, pensó
distraídamente, recordando al hombre distinguido y enjuto que viera antes de que
él se equipara con traje de abrigo, paracaídas y armas, y se encajara el casco
negro como un Angel de la Muerte, pensó Robbie súbitamente. Parece una
Robbie sonrió ante este pensamiento, contenta de haber recibido órdenes de
Langley para que aprovechara este viaje y se fuese a casa. Ya le habían
encargado varias misiones de vuelo «secretas» en la Agencia y la ley de
probabilidades le alcanzaba a ella tanto como a los demás… Algo ocurría con los
viajes a los Balcanes, y los pilotos y agentes que por lo visto desaparecían…
Los ojos de Robbie volvieron al retrovisor, preguntándose quién sería el
silencioso pasajero. No le había visto nunca hasta tres noches atrás, cuando se
presentó en la base portador de avales y autorización directa del superior de
Langley, identificándole tan sólo con el nombre clave: Dragón. Era un hombre
alto, de ascética delgadez; además, era hombre maduro —cosa extraña para un
agente—, con lacio cabello negro y bigote de guías. Sus ojos no daban lugar a
engaño, en cuanto a una cosa: eran propios de un cazador. El inglés no era su
lengua nativa. Lo hablaba perfectamente, pero Robbie había advertido un cierto
deje.
La muchacha se preguntó quién habría sido la víctima de aquel hombre en
Turquía. ¿Y a quién le habrían encargado matar, ahora?
Estremecida, Robbie permitió que el Mosquito descendiese unos centímetros
hacia el suelo. Eran muchos los asesinos a quienes ella había transportado, por
orden de la Agencia. Ella misma había tenido que matar; así era el trabajo en el
espionaje… Pero este Dragón…
Algo iba mal. Robbie no lograba concretar exactamente qué, o por qué. Pero la
corazonada estaba presente; era aquel sexto sentido que salvó su vida muchas
más veces de lo que ella se molestaba en recordar.
Al diablo con la corazonada. Ella era piloto de avión. Y nada más.
Estaban en lo más intrincado de los Alpes de Transilvania cuando estalló la
tormenta. Un chubasco inesperado, que ni las previsiones meteorológicas habían
imaginado, descendiendo por las altas laderas con la fuerza de un huracán en
miniatura. Era anonadador. Tan sólo un momento antes todo era serenidad,
normalidad; Robbie gobernaba el Mosquito expertamente, sobrevolando los altos
puertos de montaña, el cielo ofrecía toda clase de garantías, las estrellas
salpicaban el horizonte de terciopelo de un extremo a otro en una noche sin luna.
Un momento después se desencadenaban los infiernos y el Mosquito tenía que
luchar a vida o muerte.
Robbie perdió el mando del aparato casi instantáneamente en cuanto el
Mosquito empezó a descender en barrena impulsado por la fuerza del aguacero,
cuando el timón saltó de sus manos. Fue a cogerlo con desespero, y el mando
cayó sobre su antebrazo y mano con tal fuerza que pensó que se le habían roto
los huesos. Robbie dio un grito cuando el timón le golpeó de nuevo el brazo,
entrechocaron sus piernas, le flaquea-ron las rodillas, su mente captó con
vaguedad el altímetro, cuya aguja iba descendiendo de manera vertiginosa. Hasta
que la inercia del giro del aparto la lanzó sobre el asiento. Por uno de esos
caprichos de la suerte, el Mosquito se hallaba sobrevolando un profundo cañón
cuando sobrevino la tempestad. De lo contrario se habría estrellado contra la
falda de la montaña. Pero la suerte no fue mucho más allá.
Robbie golpeó el timón con fuerza, haciendo una mueca de dolor al
identificarse con el Mosquito, que despedía gruñidos a causa de la brutal tensión
de mantener el nivel de vuelo. Sudando por el esfuerzo, la joven sujetaba la
manivela, con la mano derecha, mientras la izquierda, semi-paralizada, se
apoyaba con toda la fuerza posible en el mando.
Empezaron a contrarrestar el brutal descenso; iba resultando más fácil
maniobrar, porque ella se iba acostumbrando al loco ritmo de la tormenta. Piloto y
avión volvían a ser una sola entidad. De la mente de Robbie huyó todo aquello no
relativo al Mosquito y la tormenta, pero… ¡Oh, cielos! ¡Qué cerca estaba el suelo!
Dio gas a los Griffon y el avión ganó impulso mientras ella suavizaba el control
del timón y el Mosquito pasaba rozando los pastos montañosos a menos de diez
metros de altura y a una velocidad de cuatrocientos nudos. Una sacudida cuando
pasaron junto al abeto del fondo de los pastizales, y un parpadeo en los sensores
del motor de babor. Sin duda el Mosquito había podado unas cuantas ramas altas.
Nada serio, sin duda, pero convendría echar un vistazo al motor, especialmente si
debía volver a la base en medio de aquella tormenta.
Robbie hizo retroceder al Mosquito hasta que estuvo a una altura que consideró
aceptable… No había duda: el motor de babor zumbaba ásperamente… Robbie
conectó el intercomunicador.
—Dragón, tendré que tomar tierra —anunció—. Pasa algo en uno de los motores
y con esta tormenta es demasiado peligroso volar con uno tan sólo. Espero que no
le moleste. Según el Inertial Guidance System estamos a unas diez o veinte millas
de la zona de aterrizaje. ¡Qué diablo, estirar un poco las piernas no hace daño a
nadie! ¿Qué me dice?
Dragón no respondió.
—Dragón, ¿me oye?
Robbie miró al retrovisor, comprobando que durante las primeras sacudidas
había quedado fuera de su lugar. Después de devolverle su posición adecuada,
Robbie buscó en el espejo a Dragón. Podía haberle ocurrido algo. Después de
todo, el violento descenso podía…
¡El cuerpo de Dragón no tenía cabeza!
Ella Volvió la cabeza, con la sorpresa pintada en el rostro. ¿Qué podía haberle
sucedido?
Dragón le sonrió desde el fondo de su casco, al tiempo que levantaba el roto
cinturón, que había caído.
—¿Pasa algo, Roberta? —preguntó.
Ella miró de nuevo; el espejo le ofrecía la imagen de alguien sin cabeza. Sin
embargo, cuando ella se volvía se encontraba frente a un rostro real.
Era imposible. Robbie estaba sufriendo alucinaciones. Sin duda se había
golpeado la cabeza contra el tablero de mandos, aunque todavía no había
registrado el impacto.
Ahora Dragón estaba mirando el espejo. Había desaparecido su sonrisa y su
rostro aparecía tan frío e impenetrable como sus Ojos. »
—Un espejo —repetía, con voz cargada de odio
—Usted… no se refleja…
—No.
Mientras ella le contemplaba, el rostro de Dragón experimentó un cambio, las
sombras le envolvieron hasta que perdió su aspecto humano. Sus labios se
entreabrieron, revelando dos colmillos caninos, se contrajeron sus labios en una
mueca de hambre; sus ojos brillaban, expectantes, fijos en la muchacha,
despojándola de su fuerza, de su voluntad.
Ella intentó luchar, pero no sabía de qué modo. Toda la vida había estado sola,
sólo en su mente, en su espíritu, y la Agencia había dedicado largos años a
entrenarla para que continuara así. Hasta que, al fin, había sido juzgada como
resistente a casi todas las formas de persuasión externa. Pero esto era distinto.
Dragón, el vampiro, estaba en el interior de ella, había penetrado en su mente, y
no había manera de librarse de él. En un momento, él había conocido sus
pensamientos, sus sueños, todas aquellas cosas íntimas que a ella le complacían.
En un instante, aquel ser había violado toda la intimidad de su mente, y se había
posesionado de ella.
Él se aproximó y sus caricias proporcionaron escalofríos de placer a la
muchacha. Robbie intentó apartar ‘la cabeza murmurando una fútil protesta, pero
él la retuvo acariciando su rostro y garganta hasta que ella tuvo que gritar del
éxtasis que le proporcionaba la actitud de él.
Era una agonía.
Él la oprimió contra su cuerpo. Brillaron sus dientes a la luz de las estrellas.
Robbie sintió repelencia al notar el fétido aliento de su violador. Algo decía a la
muchacha que debía sacar el Magnun y disparar, antes de que fuera demasiado
tarde. ¡Hazlo! —le gritaba fútilmente, aquella voz interior—. ¡Hazlo, en nombre de
Dios!
Pero lo que ella hizo fue oprimirse más contra él, aproximarle su cuello, en la
esperanza de que la muerte no fuera…
¡BRAAAAANNNNGGG!
¡Alarma de proximidad!
Sin detenerse a pensar, Robbie se apartó del vampiro, empujándole hacia el
fondo de la cabina con una fuerza histérica, de maníaca, para correr a tomar los
mandos. Era un acantilado, millas y millas de abrupto declive, hasta llegar a las
proximidades del valle del río Arges. Y el Mosquito descendía directamente hacia
allí. ”
Robbie hundió las válvulas reguladoras en sus frenos y aferró el timón, en parte
murmurando una oración de agradecimiento por haber visto el acantilado a
tiempo, en parte rogando porque chocasen con él. Al menos, sería una muerte
limpia.
¡No! ¡Un suicidio no! Todavía estaba viva, y mientras tuviera vida contaba con
una posibilidad.
Había pastos algo más allá. Era una larga franja llana, de unos doscientos
metros de altura, que avanzaba entre las montañas hasta allí donde alcanzaba la
vista, en la penumbra reinante. Robbie dirigió el Mosquito en línea recta hacia allí,
pidiendo al cielo que la nieve no fuese muy profunda, ni hubieran demasiados
desniveles.
Fue un aterrizaje perfecto. Con unas cuantas sacudidas, el Mosquito se posó en
tierra a la sombra de los gigantes coníferos. Aún no se había detenido por
completo el Mosquito, ni se habían silenciado los motores, cuando Robbie sacó la
pistola de su funda.
Él le aferró la muñeca, golpeándola contra el brazo de uno de los asientos.
Robbie dio un grito cuando su mano quedó entumecida y el Magnun cayó de sus
dedos inertes. Frente a ella estaba el hombre enfurecido, sujetándola con una
mano, mientras se inclinaba para concluir lo que empezara mientras volaban.
Ella le golpeó con su bolsa de viaje.
Era un maletín de cuero, donde llevaba folios de instrucciones, manuales
técnicos, termo, comida —parte de ello violando las reglas de la Agencia— y
alcanzó de lleno al hombre. El se desplomó en tierra y Robbie se lanzó sobre él,
buscando a tientas el paracaídas. Las manos del caído encontraron el cuello de la
muchacha, que oprimieron tenazmente. El mundo se tornó de un gris rojizo para
Robbie, mientras los dedos del hombre le iban robando la vida. Pero Robbie
localizó a tiempo el aro D del paracaídas. Movió el brazo bruscamente hacia atrás
y la tela del paracaídas cayó sobre el rostro de Dragón.
Con su antebrazo golpeó Robbie el antebrazo de su adversario y quedó libre,
tosiendo violentamente para recobrar el aliento. La pistola… ¿dónde estaba la
pistola? Bien. No podía ver dónde había caído, y no tenía tiempo para buscarla. Ya
oía el rasguido del sólido nylon. Dragón estaría libre dentro de un momento.
Huye, Robbie. Huye…
Abrió la portezuela, saltó a tierra y corrió hacia los árboles tan pronto como sus
pies rozaron el suelo, deteniéndose tan sólo un instante. par extender sobre su
rostro una improvisada mescolanza de grasa y lodo – antes de desaparecer en el
bosque. Avanzó silenciosamente entre la arboleda, con todos sus sentidos alerta
al menor indicio de persecución.
Nada.
Literalmente, nada. Robbie se tomó tiempo, sin correr riesgos. Había sido
derribada en alguna ocasión, por ejemplo, estando en Rusia, cuando el SR-71 que
ella pilotaba resultó alcanzado. Y supo salir adelante, a pesar de que se enviaron
contra ella los mejores agentes enemigos.
Bien. Abajo corrían las aguas del Arges y, a juzgar por el aspecto del declive,
Robbie debía hallarse cerca del nacimiento del río. Sin duda era así, porque la
última referencia de orientación que pudo distinguir antes de que se
desencadenara aquel infierno fue el Moldveanu, un pico de dos mil quinientos
metros de altura, en el extremo norte de la cordillera de Transilvania. Es decir,
que habría un camino endiabladamente largo hasta cualquier ciudad y,
prácticamente, ninguna oportunidad de establecer contacto con la Agencia.
Robbie se detuvo, como paralizada; su sexto sentido le advertía de algo que no
había captado su mente consciente. Aullidos de lobos. Infinidad de lobos que
aullaban desde las altas cimas. Sin duda, alguna jauría hambrienta, como cabe
esperar en el duro invierno, que había salido a cazar. A cazar ¿qué?
Había visto películas suficientes como para recordar que los vampiros pueden,
en ocasiones, adoptar el aspecto de murciélagos, lobos o niebla, y pueden
controlar a ciertas especies de predadores.
Niebla. Allí había niebla. La había desde que ella saliera del avión. Una niebla
baja, ligera. Pero el lugar no era apropiado para ese tipo de niebla… Niebla a tan
gran altitud…
Él la cogió sin advertencia previa. Sus manos, frías como el hielo, la levantaron
del suelo y la empujaron contra un árbol. Aunque ella intentó defenderse, él, con
repetidas sacudidas contra el árbol, la dominó hasta que el mundo no fue para
ella más que un loco y nebuloso tiovivo. Esta vez no hubo nada de amable y
atrayente en el ataque de él. La golpeó una y otra vez, hasta dejarla sin sentido y
luego sus dientes se hundieron profundamente en el cuello femenino.
Y, una vez satisfecho, apartó de sí a la muchacha con violencia.
Robbie despertó.
Por un momento permaneció inmóvil, con el cuerpo dolorido por unas punzadas
que antes no había conocido, bañada en un sudor frío provocado en parte por el
terror, en parte por el deseo. ¡Qué sueños había tenido!
Se había visto a sí misma cazando, sobrevolando los habitáculos humanos. Su
condición humana hacía a aquellos seres fácil presa para ella. Ella había podido
elegir bien; se decidió por un hombre fuerte, con aspecto de toro. Ella había
cambiado de forma al descender, y fue con su apariencia humana como atacó al
hombre. Él había intentado luchar —cosa rara en un humano—, pero ella le
derribó por comportarse como un idiota y al momento hundió sus dientes en el
cuello del humano para alimentarse, gozando llegando al éxtasis mientras
absorbía la sangre del desgraciado. Luego él quedó muerto y ella entonó un
verdadero himno de gloria, en la noche: ¡Infiernos, esto ha sido todo un festín!
Entonces fue cuando despertó, envuelta en una especie de goce lascivo y
miedo inexplicable.
Intentó mover los brazos; luego se inmovilizó y su cuerpo quedó tenso.
—No —masculló—. ¡Dios mío, no!
Estaba en el interior de una caja.
Era una caja especial, sólo unos centímetros más larga que su cuerpo, forrada
con un rico satén. Robbie notó la espalda arañada; había algo bajo su cuerpo. Y lo
reconoció en seguida. Había trabajado lo bastante en el campo para saber lo que
es dormir sobre la tierra.
El grito salió de sus labios sin previa advertencia-Era un grito de negativa al
lugar en que estaba, a las pesadillas y a los recuerdos. A los temores.
—¡Nooooo! —gritó Robbie, y- su mano derecha se movió en golpe de karate que
hizo saltar las cerraduras y goznes de la caja y levantó la pesada tapa de caoba
como si fuese una simple astilla.
Aquello era un ataúd. De magnifica madera de caoba, con incrustaciones de
brillante latón y, en la parte correspondiente a la cabeza, la insignia de algún
noble señor de los Balcanes. Un ataúd tan a la medida de Robbie como pudiera
haberlo sido un vestido. En el fondo, una capa de tierra de unos 4 cms. de grosor.
—Si juegan en Serio a este juego —pensó Robbie, amargamente—, la tierra
tendría que ser del viejo Central Park.
Alguien le había quitado su atavío de piloto, cambiándoselo por una prenda de
seda, tan transparente que apenas un centímetro de su cuerpo quedaba oculto. Y,
cosa extraña, aunque era invierno y Robbie se-hallaba descalza y casi desnuda
sobre un suelo enlosado en una estancia sin calefacción, sin más protección que
unos cortinajes de terciopelo azul separándola de la nieve del exterior, no sentía
el menor frío. Ni siquiera se advertía la condensación de su aliento…
Pero ¿cómo podía haber condensación? ¿Acaso había aliento? ¿No era cierto
que ella estaba muerta?
Se llevó las manos a la garganta, buscando en la piel que no podía ver las
huellas indicadoras de que tenía desgarraduras. Apenas notó nada. Tal vez todo
hubiera sido un sueño.
Miró en torno suyo, fijándose en la pesada puerta de roble de un extremo y en
los cortinajes que cubrían las ventanas. Su ataúd estaba en el centro, sobre un
tosco catafalco; por lo demás, la estancia estaba vacía.
Las cortinas, corridas, cubrían completamente las ventanas. Pero en un
extremo, un ángulo del terciopelo estaba levantado y por el cristal penetraba un
rayo del sol vespertino. El sol. Sería agradable sentir el sol, después de aquel
endiablado vuelo.
Robbie se acercó a la cortina.
Y dio’ un grito.
Lisie la encontró agazapada en un rincón, vacilante, con el rostro contraído por
un dolor agónico y la mano herida apoyada en el pecho. Sí. Tenía una seria
quemadura, como hecha con un hierro calentado al rojo blanco.
El sol había sido el responsable de esto.
Y todo lo que Robbie pudo hacer fue sentarse a llorar.
—Hermana —llamó Lisie, a media voz.
Robbie levantó la vista, no muy segura de lo que esperaba ver, pero no
sorprendida exactamente de lo que vio. La voz pertenecía a una mujer joven,
hermosa, de espléndida cabellera rubia y Cándidos ojos azules, que estaba junto
al ataúd, con el ceño fruncido de preocupación viendo la quemadura de Robbie.
Se arrodilló al lado de Robbie haciendo chasquear la lengua desaprobadoramente.
Roberta tenía que haber sido más prudente y no aproximarse a la luz del sol.
Roberta asintió, con un cabeceo. Sí. Debió ser más prudente. Qué tontería no
haberse acordado…
—Vamos, hermana —dijo la mujer, tendiéndole la mano para ayudar a Robbie a
levantarse—. El sol ya se ha puesto y somos libres para salir a cazar. Una rápida
muerte y volverás a sentirte bien.
Una rápida muerte. Robbie sonrió, deleitada -ante la perspectiva. Se oyó un
grito arriba, y Lisie murmuró algo relativo a que una de las otras mujeres ya había
encontrado su presa. Robbie notó en su interior vagas y ardientes sensaciones
que encendían su piel; había visto lo bastante aquellos síntomas para
reconocerlos, y sabía que la única manera de librarse de ellos era hacer uso de la
fuerza de voluntad. Robbie siempre se había sentido orgullosa de su voluntad —su
obstinación maniaca era popular en la Agencia, y ahora iba a ponerla a prueba.
Pero de pronto sus papilas olfativas percibieron olor a hombre, rico en vida y en
sangre, y Robbie comprendió que su determinación llegaba demasiado tarde,
cuando ya se había operado en ella el cambio. Echó hacia atrás la cabeza,
aspirando el atractivo olor para llevarlo a sus pulmones, mientras con la lengua
acariciaba sus gigantescos colmillos. La sed de sangre la dominaba y se sentía
anhelante por cometer el primer asesinato de la noche. Y esta vez no sería en
sueños.
Sin embargo, algo la retenía. Estaba a punto de sucumbir, de entregarse a
aquella macabra locura que terminaba con el primer rayo de sol, y que tal vez
fuese lo mejor, pero algo la contuvo mientras recordaba los simples goces que se
encuentran siendo un ser humano, estando vivo. Se imaginó en su primer vuelo,
en su primera experiencia con un hombre, y recordó lo feliz que había sido.
Lisie —llamó, quedamente.
La otra se volvió con la indignación pintada en el rostro. Esta última adquisición
en el harén del Amo estaba dando más molestias de las normales.
Robbie esperó a que la otra mujer estuviese frente a ella antes de cerrar el
puño izquierdo y hundírselo en el pecho. No fue un fuerte impacto —nada más
lejos de la intención de Robbie—, pero cumplió su cometido: aturdir a Lisie y
hacerle retroceder unos pasos, dejando el espacio apropiado para el puntapié de
Robbie.
La pierna izquierda de Robbie se levantó veloz y toda la fuerza que dio a su pie
fue a estrellarse en la cara de Lisie. El golpe debería haber roto los huesos del
cuello de la mujer —de hecho Robbie notó crujir algún hueso de los que tocó su
pie; por tanto ¡era posible herir a los monstruos!, pero el camisón que llevaba
entorpeció sus movimientos y las cosas no salieron exactamente como planeara.
Aunque hizo caer a Lisie, que chocó con el ataúd, el cual cayó del catafalco y la
pesada tapa fue a parar sobre la mujer.
Robbie tenía algo más que hacer antes de abandonar aquellos sótanos. Con un
movimiento cargado de odio rasgó el camisón y lo arrojó lejos, demostrando
verdadero asco hacia aquella prenda maldita. Si estaba condenada a morir esta
noche, moriría como ser humano.
—Óyeme, Dragón —siseó—. Tú puedes ser lo que quieras, pero yo soy humana.
No soy una de las tuyas. Nunca seré una de las tuyas.
Estaba a pocos pasos de la puerta cuando un impulso la empujó a la ventana.
Su mano sana aferró los cortinajes, que arrancó de un tirón. Los reflejos de la
puesta de sol inundaron la estancia de un color rosáceo. El panorama era
espléndido. Abajo, las aguas del Arges; al fondo, el valle. Robbie sintió unas
lágrimas resbalando por sus mejillas. Eran lágrimas de lloro ante una pérdida
incomprensible. Todos sus sueños, todas sus esperanzas, todo cuanto habría
querido o necesitado huía con la puesta del sol. Ahora ella era una criatura de la
noche, un vampiro. Y de esta tragedia el culpable era Dragón.
Dragón tenía que morir por esto.
Él la encontró en su amplio estudio. Robbie había recorrido con rapidez el
desierto castillo, haciendo uso del entrenamiento recibido en la Agencia. Estaba
buscando su equipo y la puerta de salida. Un instinto nuevo la empujaba, a las
ventanas, al acantilado, induciéndole a lanzarse y extender las alas para buscar
una presa. Pero luchaba contra ese impulso. Ella era un ser humano, no un
vampiro.
Había encontrado cerrada la puerta del estudio, pero Robbie no tuvo problemas
en hacer girar LOS viejos rodetes, usando un estilete que encontró en una
armadura del vestíbulo.
Era una estancia grande llena de enormes estanterías, cada una de ellas
atestada de litros de todos tipos, clases y tamaños imaginables. Robbie no perdió
tiempo en buscar, porque su impedimenta de vuelo había sido dejada,
descuidadamente, sobre una de las sillas de estilo medieval. No tardó más que un
minuto en vestirse.
Dios. Sus propias ropas. Qué bien se sentía con ellas de nuevo.
—No, Roberta —dijo tras ella Dragón—. Nada de Dios. Nunca… Dios. Ahora ya
has perdido la gracia.
Ella giró en redondo, buscando el Magnun que ahora estaba en el tablero de
armas de Dragón —sabía que su reacción era inútil, pero los viejos reflejos son
difíciles de matar—, y esta vez él no se movió. Permaneció inmóvil mirándola, con
una sonrisa socarrona en sus labios, como retándola a disparar.
Ella oprimió el gatillo; el disparo resonó en la estancia y la bala arrancó unas
esquirlas en la pared, detrás de Dragón. No había errado el tiro; Robbie lo sabía.
Estaba demasiado cerca y ella era una buena tiradora. ¡La bala había cruzado a
través de Dragón!
Robbie hizo fuego de nuevo. Y por tercer vez. Y siguió disparando hasta que el
martillo cayó sobre la recámara vacía.
No había herido a .Dragón ni una sola vez.
Desesperada, le lanzó con violencia la pistola; el Magnun fue a estrellarse a la
pared del fondo. Eso fue todo. Robbie retrocedió apartándose del hombre, al
tiempo que instintivamente buscaba cualquier cosa que usar como improvisada
arma.
Los candelabros… ¡claro!
Había un buen número de ellos, diseminados por las mesas del estudio. Eran
gigantescos y pesados, datando sin duda de la Edad Media.
Robbie fingió acercarse a la chimenea como dispuesta a coger un hurgón y,
cuando Dragón fue a impedírselo, ella se precipitó a una de las mesas, se apropió
de dos candelabros y sacando las velas, las colocó en forma de cruz, ante Dragón,
que se acercaba.
Hubo un chispazo y Dragón retrocedió, cubriéndose el rostro con la capa.
A Robbie se le encendieron las manos.
La joven dio un grito.
Con una sacudida se libró de las velas —de no hacerlo así tenía que morir— y
salió de la estancia, ciega, sorda y muda a todo lo que no fuera la sensación de
agonía de sus manos. Apenas le quedaba piel en las palmas y huesos y tendones
quedaban a la vista, entre la carne chamuscada. Había sido una gran idea. Sí,
muy inteligente, y pudo destruir a Dragón—; o al menos herirle. Pero Robbie había
olvidado que también ella era un vampiro, tan vulnerable como Dragón a los
objetos santos.
Él no la siguió y, de algún modo, ella pudo salir del castillo. No recordaba muy
bien lo que sucedió luego. Avanzó por el bosque tambaleándose, dando traspiés,
cayendo en ocasiones, hiriéndose cuerpo y cara sin compasión, sintiendo en su
cuerpo rasgaduras como hechas por hojas de afeitar, que no sangraban. ¿Cómo
iban a sangrar? Robbie no se había alimentado esta noche.
Y entonces fue cuando apareció Miklos Szkorbec. Era un estudiante, miembro
del Partido Juvenil; un hombre medio, de mentalidad media y aspecto aceptable.
No tenía nada de especial y él lo sabía. Y se sentía contento de saberlo. No tenía
grandes ambiciones; todo se reducía a una buena mujer, un buen trabajo, techo
bajo el que cobijarse y alimentos para su estómago.
No obstante, Miklos no era un santo, ni mucho menos. Y, aún arañada y
maltrecha, Robbie resultaba una mujer atractiva.
Miklos hacía una excursión por los Alpes, caminando solo por la zona más alta
de la cordillera, ignorando los cuentos sobre vampiros y hombres lobo —aunque
llevaba un revólver para defenderse de los gitanos que pudieran haber
sobrevivido a los campos de muerte de Hitler y a treinta años de imperio
comunista—, cuando Robbie surgió de la maleza y se desplomó frente a él.
Brillaba la luna, dando a la escena el aspecto de una película en negativo, y lo
primero que pudo ver Miklos fueron las manos de la muchacha. Comprendió la
gravedad de las quemaduras y aunque en su botiquín no llevaba nada eficaz
contra aquello, sí podía limpiar las heridas y vendarlas. Además, la mujer tenía
todo el cuerpo arañado; mientras dejaba en el suelo la mochila, Miklos se
preguntó de quién estaría huyendo…
No vio ni cómo Robbie se ponía en pie, ni cómo brillaban sus ojos con maléficos
fulgores, ni cómo pasaba la lengua por sus colmillos, mientras le elegía a él como
presa y se disponía a matarle.
Miklos sintió una mano en el hombro, luego un golpe entumecedor en mitad de
la espina dorsal que le hizo caer en la nieve. Intentó rodar sobre sí mismo,
ponerse en pie, pero un pie calzado con sólida bota le empujó hacia un lado,
dejándole sin aliento. Sacudió pies y manos con tanta violencia como pudo, pero
se sentía como pez fuera del agua, y ella resultaba impalpable, era humo. Miklos
no pudo ver cómo ella se abalanzaba sobre su persona, buscando el cuello.
Intentó gritar, mientras Roberta le mataba, pero ni tiempo tuvo para ello.
Se le habían cicatrizado las manos, observó Roberta al apartar el rostro
manchado de sangre del cuerpo del joven. ¡Qué bien se sentía! Más grande que
un transatlántico. Rejuvenecida. Tan inmortal y poderosa como para poder mover
los mundos.
Abstraída, sin pensar siquiera lo que hacía, colocó las manos ante su boca
todavía chorreante para recoger como en dos cuencos los restos del precioso
líquido, que lamió de sus palmas con voracidad.
De pronto, se quedó mirando sus manos con ojos desorbitados. Y sintió náuseas
al descubrir el sabor de la sangre. Y prorrumpió en un grito interior: ¡Dios de mis
padres! ¿Qué es lo que he hecho?
Experimentó náuseas. Qué importaba que no hubiera «comido» desde que
murió… Lo ocurrido era inconcebible. Cayó sobre el cuerpo del muchacho y
empezó a devolver en la nieve, en medio de violentos espasmos, con lo que
quedó más débil ahora que antes de atacar a aquel desgraciado.
¡Dios! Ni siquiera se había detenido a pensar. Le vio de pronto tan lleno de vida,
tan pletórico de sangre… el solo recuerdo volvió a producirle un regocijo y Roberta
supo que si el muchacho estuviera en aquellos instantes vivo, ella volvería a
matarle.
No. No existía manera de vivir y mantenerse libre de la maldición.
—Compréndelo, hermana Roberta, eres de los nuestros. En cuerpo y alma.
Lisie…
Robbie se levantó de la nieve con el cuerpo estremecido por el esfuerzo.
¡Infiernos! ¿A qué preocuparse sobre un posible suicidio? Sin duda esta batalla
psíquica igualmente la estaba matando. Mirando por encima del cadáver del
muchacho, Robbie vio a Lisie llevando un camisón igual al que ella rasgara en el
sótano.
¡No! Tal vez su desafío fuese fútil, pero estaba dispuesta a desafiar a Dragón en
tanto tuviera fuerzas para ello.
Dio un paso hacia Lisie; se acercaba lo inevitable. Otro paso. Y de pronto, más
de prisa, a ciegas levantó una pierna; el golpe hizo vacilar a Lisie. Robbie la
levantó en vilo y la golpeó contra las ramas de un conífero cercano. Hubo un grito
cortado, penetrante, un grito de mujer que encerraba más miedo y dolor de lo
que Robbie habría creído posible en un alarido tan breve.
Robbie apartó las ramas y miró. Había empalado a Leslie en una de aquellas
ramas. La madera había destrozado huesos y corazón, acabando con toda
posibilidad de resurrección.
Mientras Robbie lo contemplaba, el cuerpo empezó a envejecer, se desprendió
la piel hasta que sólo quedaron los huesos y unas tiras podridas del sutil camisón.
Los huesos habían quedado amarillentos y algunos se desmoronaron. Robbie
sacudió las ramas y los huesos se desparramaron. En una explosión de furia,
separó la calavera del resto de la columna para arrojarla con todas sus fuerzas por
la pendiente. Sus labios se entreabrieron en una siniestra sonrisa cuando oyó que
llegaba abajo y se hacía pedazos. ¡Se acabó Lisie!
—Pero no tú, Roberta. Tú me causaste dolor la noche que te poseí. Tú me has
desafiado. Me has herido a mí, y a ella, esta noche. Debes pagar por todo ello.
Robbie se volvió, siguiendo la procedencia de la voz de Dragón. Pero no había
nadie. Ni siquiera la niebla. Sólo una voz sin cuerpo sentenciándola a muerte.
-Está bien, gran hombre —dijo, dirigiéndose al aire—. Si me necesitas, ven a
buscarme. Entre tanto, sólo yo soy propietaria de mi persona.
Y así empezó de nuevo. El pánico, la huida, el correr desesperado en la noche,
sabiendo que sólo era cuestión de tiempo el que Drácula llegase a ella, sabiendo
que cuando llegara nada le detendría. Pero ella huía a pesar de todo.
Y, de pronto, se detuvo en seco con el rostro contraído en una mezcla de
sorpresa, miedo y —cosa extraña—, alegría. Estaba en las lindes de la arboleda,
mirando a unos doscientos metros de distancia. ¡Los pastos!
Ahora se sentía como un fantasma, como una ninfa de los bosques, corriendo
entre los abetos, ignorando el aleteo correoso de las negras extremidades de
ébano de Dragón, que la perseguía por los aires. Él sabía que Robbie llevaba esta
dirección y, como buen cazador, iba tras ella sabiendo que una vez fuera de la
arboleda seria sencillo atacarla.
Los pies de ella se enredaron en unos matorrales, haciéndola caer de bruces. La
repentina caída le salvó la vida, pues el cuerpo que planeaba sobre ella fue a
hundirse en la nieve. Robbie se levantó a toda prisa y, sin dar a su cazador la
oportunidad de recobrarse, con pies y manos le golpeó rodillas, pelvis, espina
dorsal, cuello. No tuvo tiempo de elegir una estaca y concluir definitivamente su
trabajo —cosa que habría hecho con placer—, pero al menos le había inmovilizado
por un rato. Diablos. Ni siquiera un vampiro puede moverse con la columna dorsal
magullada o el fémur astillado.
Claro que podía estar equivocada y, en tal caso, estaría muerta,
verdaderamente muerta, algo antes de lo previsto. Había que correr el albur. Y
ella había jugado con su vida siempre. Por eso le habían transferido de la NASA a
la Agencia. ¡Por todos los diablos, la NASA no había estado entrenándola para
convertirla en una lunática! Entonces, ¿a qué continuar así?
Golpeó al hombre una vez más y se detuvo a recobrar el aliento. El permaneció
inmóvil, estremecido como una computadora descompuesta. Ella sacudió la
cabeza. Este vampiro no era Dragón. ¡Qué lástima!
Bien. La primera jugada había dado resultado. Ahora, la segunda y más
importante. Y una pregunta, la cual tenía que ver con el Mosquito y con la gran
indignación de Dragón la segunda vez que la atacó, después de que estuvieran a
punto de estrellarse.
Encontró el avión tal como lo dejara, hundido el morro entre los árboles, en un
ángulo de menos de tres cuartos, con el espacio libre a la izquierda para que
pudiera liberar el ala de babor siempre que los motores y frenos estuvieran bien.
La portezuela principal seguía abierta y el interior seguramente se hallaba helado.
Sin duda el avión estaba tan muerto como ella misma. Al igual que la batería, la
gasolina y el aceite, congelados en los depósitos. Sin embargo, el Mosquito estaba
adaptado para funcionar en terrenos abruptos, pudiendo arrancar sin
precalentamiento, después de una larga inactividad.
Ninguna ocasión mejor que ésta para ponerlo a prueba.
Se acercó al Mosquito y cerró la mano en torno al pomo de la portezuela.
Intentó subir al aparato, pero no pudo; ni las piernas, ni los brazos le respondían.
Estaban temblando, toda ella temblaba, poseída de un terror básico, elemental.
Rápidamente Robbie se apartó del avión. El estremecimiento desapareció. Al
aproximarse nuevamente, no pudo hacer movimiento de avance; sólo de
retroceso.
Su corazonada era cierta. Había sido el temor de estrellarse dentro del
Mosquito lo que provocó en Dragón tan exagerada ira, sin duda producida por el
temor, subconsciente, inadmisible, de verse empalado en la madera del avión. El
miedo, al fin, de verse destruido definitivamente. Recordó la expresión del rostro
de él en Turquía, cuando ella le anunció que no volarían en el aparato usual —un
modelo modificado, todo metálico, del Grumman Firestreak—, sino en un
Mosquito. Sólo advirtió aquel miedo durante un instante; pasó por sus ojos como
un parpadeo; tanto que bien pudo haberlo soñado. Ella nunca llegaría a saber
cómo Dragón conservó el control tan bien, durante tan largo tiempo.
Oyó un grito en los pastos. Sus cazadores habían encontrado el cuerpo del
vampiro masculino. Dragón no tendría problema en imaginar a dónde habría ido
ella desde allí. Y en un momento se presentaría, convencido de que ella estaría
aún más paralizada de lo que estaba a causa del avión de madera.
Nada de eso, amigo.
Robbie se acercó por el lateral, dio un salto y llegó a la escalerilla de madera
con rápidos movimientos, sin dar tiempo a su cuerpo para que reaccionara antes
de que se sentara ante los mandos ajustándose el cinturón.
Los cazadores estaban cerca y se aproximaban con rapidez.
Esforzándose por alejar de sí el miedo, Robbie manipuló en el cuadro de
mandos. No le gustaba empezar por el lado de babor, recordando que la hélice de
ese lado era la que había chocado entre los árboles, pero no tenía mucha
elección.
Conmutador principal. Batería. Pistón. Transformadores catalíticos. Combustible.
Suprimió todas las requeridas comprobaciones, mientras pedía al cielo dos
minutos de tiempo para conseguir el encendido sin problemas. Los vampiros
estaban muy cerca y no podía ni siquiera cerrar la portezuela.
El faro de babor fue el primero en encenderse. La gran hélice cromada empezó
a girar con un mínimo de ruido. Magnífico.
Repitió la operación para poner en funcionamiento la parte de estribor, soltó los
frenos de babor, se puso en movimiento la rueda de la cola, y cogiendo a los
vampiros por sorpresa el aparato efectuó un giro. La hélice de babor representaría
la muerte para cualquiera que se aproximase lo bastante. Un vampiro lo hizo y las
sólidas hojas de la hélice le convirtieron en pasta de hamburguesa. Robbie sonrió.
Los vampiros corrían. Y Robbie no se lo reprochaba, había que tener en cuenta
que se enfrentaban a un avión de madera con hélices plateadas.
El motor de estribor se puso en funcionamiento con la misma fuerza que el
otro, y Robbie no perdió tiempo en comprobaciones y emprendió la marcha,
preguntándose por qué Dragón aun no la había alcanzado.
Al infierno todo aquello. Lo importante era que se iba.
Describió un viraje en dirección al despeñadero, sonriendo al runruneo de los
potentes Griffons; no se había dado cuenta hasta ahora de lo mucho que había
echado de menos su avión, sus vuelos.
Dejó los motores a todo gas durante un largo rato; luego redujo la potencia y
soltó los frenos. La profundidad de la nieve era ahora mayor que cuando
aterrizara. ¿Cuánto tiempo había pasado? Entonces había luna nueva. Ahora hay
luna llena; por lo tanto he estado aquí, por lo menos, dos semanas. Dos semanas
y ¿qué más? ¿Cuánta gente he matado…?
Pasaron ante su mente imágenes sombrías: Ella cruzando las calles desiertas
de un pueblo para ir a saciar parcialmente su sed en un beodo semi comatoso,
demasiado bebido para ser capaz de llegar hasta su casa; sin duda se helaría
durante la noche. Bueno. Ella le hizo, sin duda, un favor, ofreciéndole una muerte
tan placentera. Luego, unos enamorados que habían salido a dar un paseo
nocturno y, finalmente, un niño de apenas un año, llorando y sacudiendo las
piernecillas en su cuna cuando ella se inclinó a besarle y le dejó las marcas de los
colmillos en todo el cuerpo diminuto, del que apuró toda la sangre. ¡Ah! ¡Pero qué
gran festín!
Robbie estaba sollozando cuando despegó, ganando pronto altura, mientras los
motores zumbaban estrepitosamente, sin duda despertando a mucha gente en
varias millas a su alrededor. Ahora a ella no le importaba. No tenía a dónde ir con
el Mosquito. ¿Qué podía importarle que los rusos decidieran derribarla?
Pero, aunque era cierto que no tenía donde ir, sí tenía a quién matar. Esto podía
dar a su muerte definitiva un significado.
Hizo volver al Mosquito con un amplio giro y descendió, dirigiendo la luz de los
faros a la nieve, en busca de Dragón o alguno de los suyos. Distinguió dos, uno de
ellos caminando entre los árboles, con forma humana. El otro, elevándose en el
aire, con el cuerpo convertido en el de un gran murciélago.
Robbie no iba a correr riesgos con éste. Avanzó en línea recta y tuvo que
apartar la cabeza, mientras la hélice realizaba su demoledor trabajo. El aparato
redujo ligeramente la marcha, mientras el vampiro era aniquilado. Luego Robbie
marchó en dirección norte.
Dragón esperó para atacarla a que ella hubiera dejado atrás el valle. Ella no le
vio. Volvía a interesarse por los controles tras un fútil esfuerzo por localizar más
vampiros, cuando una sombra se materializó en el parabrisas, destrozando el
plexiglás que se convirtió en una lluvia de partículas que desgarraron a Robbie
como cosas vivas. Ella se defendió a ciegas, apartándolo a empujones. Las alas
correosas de Dragón golpearon el cuerpo de ella, sujeto por el cinturón de
seguridad; su aliento le dio de lleno en el rostro, punzante como una espada al
rojo.
Dragón levantó a Robbie de donde se encontraba, mientras el Mosquito
empezaba a descender en picado. Roberta le golpeó cuando él la cogió por una
mano, retorciéndole el brazo y apretándola contra el asiento.
—¡Me has desafiado!—vociferó él—, sin hacer el menor caso de la rotura del
parabrisas, ni del descenso en picado, ni de cosa alguna que no fuera ella—. ¡Eres
un vampiro, uno de los míos, y me has desafiado. ¡Oh, mujer! ¿Cómo?
—¡No lo sé! —gritó Roberta, valiéndose de su mano libre para intentar soltarse.
No le valió de nada. Tuvo que permanecer sujeta hasta que él resolvió dejarla.
—En este caso, no me eres de ninguna utilidad, mujer. ¡Y debes morir
inmediatamente!
¡Vete al diablo! —pensó Robbie.
Su pie golpeó los frenos y los Griffons respondieron espléndidamente, haciendo
ganar velocidad al Mosquito. La aceleración hizo perder el equilibrio a Dragón y
Robbie liberó su brazo aprisionado, riendo de alegría. Aunque la victoria era
pequeña, la reacción resultaba lógica, porque ahora ella recobraba un poco el
control. Si consiguiera mantener un poco más el desequilibrio de él…
Una rápida ojeada al cuadro de mandos le dio malas noticias. Probablemente el
sol tardaría aún dos horas en salir. No podía, por tanto, matarle con el sol. Pero la
madera… El Mosquito…
Condujo el aparato hacia el despeñadero en una serie de acrobacias suicidas,
que no había puesto a prueba desde sus días de piloto de pruebas en la NASA.
Eran maniobras para desvencijar los aparatos y llevarlos a un viaje sin retorno. Lo
mismo podía decirse de los hombres. O al menos, de Dragón.
Pero este Dragón… Llevaba Robbie sólo unos pocos minutos con sus acrobacias
cuando la palma de la mano de él se estrelló en su cabeza, cegándola el intenso
dolor, al tiempo que apartaba las manos de los controles, con la esperanza de
golpearle. Ahora él tenía toda la ventaja. Pero Robbie se defendía con denuedo,
porque valía la pena intentarlo todo.
Él la abofeteó con tal fuerza que Robbie se sorprendió de conservar la cabeza
unida al tronco, al recuperarse. Él la golpeó de nuevo, esta vez con un revés, y su
pesado anillo dejó un surco en la mejilla de la desgraciada. Ella no comprendía. Si
Dragón planeaba matarla, ¿por qué no lo hacía ya y acababa con aquello?
¡No, no!
Él no había planeado matarla. Esta noche, ella había aniquilado a un buen
número de sus vampiros, y ella tendría que ocupar sus puestos. Aquella paliza era
el principio de un proceso de larga instrucción para asegurarse de que no volvería
a repetirse la rebelión de esta noche.
¡No, Dios mío, no!
El Mosquito oscilaba. Estaba soportando una increíble cantidad de pruebas y su
viejo organismo empezaba a resentirse. El desastre se avecinaba. Un movimiento
falso con la palanca o los frenos y el juego habría terminado.
Robbie hizo ese movimiento. Luego esperó otra bofetada y se apartó al recibir
el impacto, usando el pie izquierdo para mover el timón.
El ala derecha chocó con un pino a más de cuatrocientos nudos, y el Mosquito
pareció a punto de explotar. Dragón rugió unas duras maldiciones contra los
elementos, mientras Robbie cogía el mando, buscando un buen lugar para
estrellarse. Afortunadamente con Dragón dentro.
En el panel de mandos sonó una sirena. La sirena de alarma contra incendios.
Una rápida mirada hacia atrás permitió saber a Robbie que, al fin, el aparato se
había cansado de todo aquello; una de las alas se estaba quemando y el fuego
llegaba a los tanques de combustible, devorando, ansioso, el fuselaje.
Se produjo un gran estrépito cuando el Mosquito desgarró las ramas altas de
algunos coníferos y Robbie supo que no habría manera de retener allí a su
enemigo, demasiado experto en la supervivencia. Él se volvió, dispuesto a
marchar, deteniéndose un instante para alcanzarla. En la expresión de sus ojos se
advertía que estaba dispuesto a llevársela por la fuerza.
¡Por mil demonios, mujer! ¡A él! ¡Ahora!
Robbie giró con fuerza el volante y el Mosquito se inclinó sobre la cola. No se
podía ir muy lejos y Robbie mantuvo el avión a toda marcha, incluso con el motor
incendiado.
Las llamaradas invadieron el destrozado parabrisas y Robbie tuvo tiempo de
prorrumpir el último, desesperado e implorante ¡DIOS! Luego, convertidos en una
enorme ascua, se estrellaron sobre el Monte del Dragón.
No quedó gran cosa del Mosquito —es lo normal en un accidente a tal velocidad
— y el fuego consumió lo poco que pudiera haber quedado. Eso sí, se distinguen
unas secciones retorcidas del aparato y un cadáver.
Tampoco de éste quedaba mucho. Los restos chamuscados parecían vagamente
humanos, si se le miraba con la suficiente atención para localizar brazos, piernas
y cabeza. No se distinguían en absoluto las facciones. Aquel cuerpo había
quedado empalado en el eje del fuselaje principal.
El permaneció allí cosa de una hora desde que el avión se estrellara,
observando el fuego a poca distancia —a mucha menos distancia de lo que habría
osado hacerlo ninguno de los componentes de su séquito, para contemplar el
holocausto de los restos de la que fuera Roberta Christianson. El hombre sonreía,
pensando en la intensidad con que ella había esperado estrellarse para librarse de
él. ¡Qué poco sabía ella!
Todo lo que él tenía que hacer era desempalarla y tenderla sobre un lecho de
tierra de su país natal y Roberta viviría de nuevo.
Pero Roberta había luchado bien y él siempre admiró su valor. Era algo que
incluso los Helsing tenían en abundancia y que les hacía enemigos valiosos para
combatir. Roberta había luchado y muerto con honor; dejémosla, pues, conseguir
sus deseos.
—Has sido un adversario digno, Roberta —dijo, al fin, parpadeando ante las
primeras vetas rojizas del horizonte—. Por eso, Drácula te saluda. Y te concede la
muerte. Adiós, Roberta.
Y en seguida, con una mirada insolente y despectiva al cercano amanecer, el
señor de la Montaña Dragón volvió al castillo y penetró en su hogar.
Y la Montaña Dragón recuperó la calma.
ALGUNAS MUERTES SIN SENTIDO
Steve Gerber
Dibujos: Pat Broderick y Al Milgrom
Aparece en Escalofrió 34 Monsters Unleashed!
1974
Christopher Dale podía ver su imagen reflejada en los brumosos globos rojos
que eran los ojos del macabro Hombre-Cosa. El monstruo se inclinaba hacia él
como una sólida sombra. Pero las sombras no tienen olor, y esa monstruosidad
apestaba como lo que era: una pila de barro y de tierra pantanosa, con forma casi
humana. El olor se notaba más dentro de la pequeña cabaña.
Christopher Dale estaba de pie, con los hombros apoyados a los muros, con la
cabeza hacia atrás, en la esquina. Es decir, estaba arrinconado. Y el monstruo del
pantano se encontraba a menos de medio metro de él.
No tenía ni idea de la reacción del monstruo. Su rostro, exento de rasgos
móviles, no mostraba ninguna expresión. Pero la bestia acababa de salvarlo de
una muerte cierta en manos del loco del cuchillo. Por lo tanto creía, al menos por
el momento, que se mostraría amistosa. Decidió no asustarse.
El Hombre-Cosa dio la vuelta dirigiéndose hacia la muchacha, que estaba
sentada en el suelo en el extremo opuesto de la cabaña, murmurando cosas
ininteligibles. De nuevo quedó allí, de pie frente a ella, con sus encorvadas
espaldas, hasta que se cercioró de que ella tampoco tenía miedo.
Fue en ese momento en que Christopher dejó de pensar en el monstruo como
en una cosa. Bajo aquella apariencia, estaba seguro, había una inteligencia. O, al
menos, un instinto benevolente. Quizá el ser del pantano era menos «hombre»
que «cosa», pero poseía un grano de humanidad… algo más grande tal vez que la
mayoría de humanos. O así le pareció en aquellos momentos. Después de todo,
los demás seres que estaban en la cabaña eran: una jovencita histérica y su
padre, inconsciente, el hombre que intentó matar a Dale.
Dale miró el cuerpo caído del hombretón. Incluso «dormido» era horrible. Su
rostro, que según Dale había sido golpeado hasta hacerle perder los rasgos, aún
estaba más contorsionado por el dolor. La boca sin dientes estaba abierta. Sus
largos cabellos castaños, sucísimos, caían en ángulos sobre su abultado rostro de
tal modo que parecían regueros de sangre reseca. Dale tuvo que mirar hacia otro
lado. Incluso el Hombre-Cosa le parecía menos repulsivo.
« ¡Christopher!» Era la voz de la muchacha, que lo llamaba. «¡Christopher, ven!
Te presentaré a Ted».
Dale parpadeó de asombro. El monstruo había tomado entre las suyas las
manos de la muchacha con toda ternura. Por un momento, los pensamientos de
Dale volvieron a la máquina de escribir, a la frase que había escrito horas antes.
«Deja que te hable de mí, y sabrás lo que no-ser significa». La niña Elaine le había
repetido esa frase hacía tan sólo media hora, a pesar de que no la había leído
nunca, a pesar de que él no la había pronunciado jamás en voz alta.
Y ahora, mirando el extraño cuadro de la muchacha y el monstruo, se
preguntaba si él hubiera sido capaz de escribir esa frase sin que alguien… o
algo… le hubiera guiado los dedos… Nunca había entendido el significado de esas
palabras. Sintió, cuando estaba sentado frente a la máquina de escribir, que las
estaba escribiendo con las manos, no con la mente.
Y entonces se le ocurrió algo horrible. Si el ser de lodo no era un «no-ser»,
entonces ¿quién lo era?
« ¿Christopher?»
Se forzó a volver a la realidad. «Elaine, tenemos que salir de aquí. Monstruo o
no monstruo, tu padre cree que soy Ted Sallis… y que te violé. Cuando se
despierte, intentará de nuevo matarnos a los dos.
La cabeza del Hombre-Cosa se dio la vuelta con un ruido peculiar y, de nuevo,
pudo ver Dale su imagen reflejada en las órbitas color sangre. Consideró
brevemente los relativos méritos de escapar de esta locura, oponiéndolos al
hecho de quedarse y ayudar a Elaine.
Su nombre fue el factor decisivo. No podía defraudar a una Elaine. Había amado
a otra Elaine, hasta que otro hombre, con otro cuchillo, la había asesinado en su
apartamento de Nueva York. Si le daba la espalda a esta Elaine, quizá también
ella sufriría la muerte a manos de un maníaco brutal, a pesar de su «extraño»
ángel guardián.
La muchacha habló de nuevo. «No tenemos que ir a ninguna parte, Christopher.
Ted nos protegerá. ¿Verdad, Ted?»
Dale hubiera jurado que había visto asentir al monstruo del pantano. Pero
pensaba que si fuera verdad, estaría tan loco como esa pobre chica y su padre. Y
no estaba tan ido. Aún. Esperaba.
«Elaine, ¿de verdad crees que ese monstruo es Ted Sallis, el científico que falta
desde hace dos años, el hombre que alquiló esta cabaña y que todos suponen
víctima de éste… éste?»
Señalaba al Hombre-Cosa. El monstruo, cuya cabeza miraba en dirección a
Dale, parecía mirarlo con resentimiento. Dale tuvo que luchar para recordar que el
rostro de barro del monstruo no podía moverse y que estaba imponiendo sus
propios sentimientos a esa masa de raíces y barro y ojos relucientes que formaba
el rostro del Hombre-Cosa.
« ¡Ok! O sea que es Ted Sallis. Sigo pensando que tendríamos que ir a
Citrusville y hablar con el sheriff. Te quedas aquí con Teddy. Yo pongo el coche en
marcha. Cuando lo oigas, le dices adiós a Ted y te vienes conmigo. ¿Entiendes?»
Christopher Dale salió fuera de la cabaña sin esperar una respuesta. Cuando
llegó a su automóvil, hizo un gesto de disgusto, dijo varias obscenidades, se dio la
vuelta y volvió a entrar. El padre de Elaine le había roto los cables para que no
pudiera escapar.
Se le ocurrió a Dale, cuando atravesaba la puerta, aun maldiciendo, que aquello
también hacía SU supervivencia imposible. El único lugar donde podía conseguir
comida y agua potable era la tienda de Citrusville. A menos que Elaine pudiera
conducirlo hasta donde estaba el coche de su padre, estaban incomunicados.
« ¿Y no puedes andar hasta la carretera principal?» preguntó Elaine cuando oyó
las noticias.
«Claro, por un camino de porquerías, con cocodrilos y serpientes y otros
peligros a cada lado del sendero. Es un paseo de dos horas, Elaine, y aunque lo
intentáramos, tu padre nos pisaría los talones».
«Oh, no. Tienes razón. No puedo pedirte que hagas eso».
Oh, no. No tenía intención de dejar al monstruo. No iba a ir a ninguna parte con
Christopher Dale, no mientras tuviera a su Ted para protegerla. Aún se cogían de
la mano.
Christopher Dale se sentó en la cama y se mesó los cabellos. «No puedo creer
todo esto», dijo.
A menos de un metro de sus pies, el padre de Elaine había empezado a
moverse. Bien, ¿Y qué? Elaine tenía razón. Un simple mortal no tenía nada que
hacer frente al Hombre-Cosa. ¿Cómo podría herir un cuchillo a una masa de
hierbas andante? Dale se recostó en la cama y miró al techo, preguntándose
cuándo acabaría todo aquello. Entonces fue cuando observó el corte de su brazo
derecho. Hasta entonces, no había tenido ni tiempo ni ganas de pensar en el
dolor. Ahora lo estaba sintiendo. Y era muy real.
La botella de desinfectante aún estaba en la mesilla de noche. Dale la había
usado para limpiar la herida que el padre le había hecho a ella. Ahora tenía que
ocuparse de él mismo. Mientras lavaba la herida, nuevas preguntas le asaltaban.
La muchacha y el monstruo. ¿Cuál era la relación entre ellos? ¿Su locura? ¿O
quizá no fuera locura? Quizá se comunicaba con el Hombre-Cosa a un nivel noverbal.
Telepatía. No. La telepatía requiere a dos seres pensantes. Y no importa de
lo que fuera capaz, seguro que el Hombre-Cosa no pensaba. Reaccionaba a
cualquier estímulo exterior como cualquier animal. Respondía a los tonos de voz,
a los gestos, a la expresión de los rasgos faciales, pero no a las palabras. No
entendía el lenguaje. Y, sin embargo, parecía entender en un nivel mucho más
básico, de un modo para el que no necesitaba la simbología de las palabras.
Christopher Dale tuvo un escalofrío. El monstruo lee las mentes. No los
pensamientos, sino los sentimientos, las emociones. Y el resto de humanidad que
aún sobrevivía en ese cuerpo terrible, actuaba según los sentimientos que leía.
Esa era la única respuesta posible. Por eso el monstruo esperó, a alguna
distancia, mientras Dale ordenó sus emociones mezcladas, de gratitud y terror,
por haber sido salvado por el monstruo. Por esa razón la loca Elaine podía
comunicarse tan fácilmente con él. Ella nunca dejaba que la lógica se interpusiera
entre ella y sus sentimientos; era una Dura fuerza emocional.
Todo ello le llevaba a otra interesante teoría. Si Elaine y su padre vivían cerca
del pantano, si ella hacía numerosos viajes al mismo para alejarse de su padre,
para pensar —no, pensar no entra en su naturaleza… pero ¿eso qué importa? Si
ha estado haciéndolo y hace ya mucho tiempo que conoce al monstruo, hace ya
tiempo que se comunican… entonces, quizá el Hombre-Cosa era Ted Sallis!
Claro. Si el único mensaje verbal que tenía que comunicarle era un nombre de
tres sílabas, el suyo, quizá pudiera hacerlo. Y si ese monstruo fue alguna vez un
hombre. Eso explicaría algo que había preocupado a Christopher Dale… el aura de
desesperación tan poco animal que parecía rodear al ser. Un animal que nunca
hubiera tenido razón, no la tendría. Un hombre reducido a una pila de barro
blanda, lenta y sin mente, sin duda la tendría.
Esa masa de barro, raíces, plantas, fue un ser humano. Y al parecer, no lo sería
ya nunca más. Viviría su vida como lo que era: un «no-ser», siempre echando a
faltar, aunque sin saberlo, su anterior existencia. Dios, qué deprimente. Mejor
morir y acabar con la pesadilla.
Ah, bien. Pero ya tenía el tema de la novela que había estado intentando
escribir durante esos meses en la ciénaga. Y también estaba seguro de que ya no
necesitaría aislarse para escribirla. Podía regresar a Nueva York sin miedo a
perder la inspiración. Eso si podía salir de allí con vida.
—«¡Christopher, cuidado!»
El grito de Elaine llegó demasiado tarde. El cuchillo del padre de Elaine se clavó
en el corazón de Dale, y la sangre roja saltó desde su pecho a la cama,
manchando a Elaine y al asesino.
Elaine se quedó muda, mirando lo que había flecho su padre. Había cumplido la
mitad de lo que se había jurado, y el gusto de la victoria era casi tan fuerte como
el de la sangre de Dale en sus labios.
Pero aún no había visto al Hombre-Cosa. El monstruo había salvado
anteriormente a Dale, golpeando al viejo por detrás. Antes de averiguar quién lo
había atacado, el musculoso asaltante había caído al suelo sin sentido.
Pero ahora, al levantar su vista del cuerpo aún caliente de Dale, no pudo más
que verlo.
«Vaya, señorita… no sólo tenías un hombre, sino que también tenías un animal.
También el Hombre-Cosa. ¡Jo, jo! ¡Eso sí que es bueno!»
La mirada del monstruo estaba fija en Christopher Dale. La sangre había dejado
de brotar, los músculos habían cesado sus espasmos involuntarios y estaba
quieto. Casi parecía que flotara en el charco de líquido escarlata que le había
dado vida.
El Hombre-Cosa no podía actuar. La energía emocional que desprendía el padre
de Elaine era una mezcla de señales conflictivas: odio hacia Christopher Dale,
amor hacia la hija a la que iba a matar. Vergüenza al pensar en las supuestas
relaciones de su hija con Dale, odio hacia su hija por traicionar sus consejos,
envidia por su supuesto éxito en un terreno en el que él había siempre fracasado.
Y la intensidad con la cual el padre estaba sintiendo todas esas emociones
rompía la armonía de la enfática naturaleza del monstruo. Le causaba dolor, una
agonía que los hombres sólo pueden imaginar, una agonía que tuerce y muerde
todas las fibras del ser, un dolor que hace nudos en el alma y la rompe como
papel.
Y entonces, incapaz de razonar, incapaz de localizar sus propias emociones
entre las del padre de la muchacha, el habitante de la ciénaga se dejó llevar por
el instinto. Tambaleándose, arrastrándose bajo el peso del tormento, huyó de la
cabaña.
Desde que le había soltado la mano, Elaine había empezado a gritar. Cuando el
Hombre-Cosa había llegado al borde del pantano… Los chillidos habían cesado.
También había cesado la turbulencia emocional. Una risa salvaje, gutural,
mezclada de sollozos histéricos salía de la cabaña. Y ya sólo una emoción estaba
presente: el odio. El monstruo quedó inmóvil un momento, embebido en su
amargura, sorprendido de ese cambio de sentimientos. El padre aún odiaba a su
hija, a su supuesto amante; pero también se odiaba a sí mismo. No tenía instintos
asesinos. Había pensado que el asesinato era lo más honorable en las actuales
circunstancias. Su hija, estaba seguro, merecía morir. Pero era su hija, carne de su
carne, sangre de su sangre. Y él había derramado esa sangre y había roto esa
carne. Hasta para un hombre que disfruta matando… no es agradable.
El Hombre-Cosa estaba en la puerta. El asesino estaba agachado cerca del
cuerpo de su hija, balanceándose sobre sus pies, jugueteando con el cuchillo
ensangrentado. Pasó un momento hasta que el monstruo miró hacia un lado y vio
a Elaine.
Cuando lo hizo y comprobó que ninguna energía emocional salía del cadáver
manchado de sangre, cuando sintió la fuerza del odio que irradiaba el asesino,
avanzó lentamente y cerró sus manos sobre el cuello del padre de Elaine. Lo
agarraba con fuerza, aunque no demasiada. No tenía intención de estrangularlo.
Esperaba simplemente a que las risas y sollozos del hombre llegaran a su fin;
hasta que éste se diera cuenta de que los dedos pertenecían a un ser malvado,
inhumano; hasta que el hombre, aterrorizado, clavara su cuchillo en la pierna del
monstruo y se diera cuenta de que no le hacía daño; hasta que el hombre temiera
por su vida. Y cuando el Hombre-Cosa estuvo seguro de que el miedo era
genuino, cuando se aseguró de que estaba en presencia de la única emoción que
odiaba, apretó ligeramente sus manos alrededor del cuello del hombre.
PORQUE TODO LO QUE CONOCE EL MIEDO.
¡SE QUEMA AL CONTACTO CON EL HOMBRE-COSA!
El olor de la carne chamuscada, de la sangre hirviendo, del hueso quemado,
quedó en el aire hasta que la cabeza del hombre cayó sobre sus hombros y el
Hombre-Cosa volvió al pantano.
EPILOGO
Elaine, su padre y Christopher Dale fueron hallados al cabo de una semana y,
como Ted Sallis, fueron añadidos a la lista de víctimas del monstruo: HombreCosa.
Enviaron el cuerpo de Christopher Dale a su tierra, para enterrarlo.
La madre de Elaine, separada desde hacía años de su marido, pidió los dos
cuerpos e hizo que los enterraran en una colina soleada, a las afueras de
Citrusville. El epitafio fue inspirado de una carta que la madre de Elaine había
enviado a su esposo años atrás. Decía así:
Samuel Parrish 1914-1974
Elaine Parrish 1957-1974
«DEJA QUE TE HABLE DE MI Y SABRAS LO QUE NO-SER SIGNIFICA».

NASTASSJA III
J. A. Hatero
Dibujo: Manuel López
Aparece en CREEPY segunda época Nº17
1990
Nastassja se despertó con ganas de vomitar. Sentía el estómago
ligerísimamente abultado. Así que, como cada mañana, se miró desnuda frente al
espejo: sí, parecía algo hinchado. Puede que alguno de los hombres del mes
pasado hubiera funcionado bien. ¿Sería verdad esta vez? ¡Ojalá que sí, lo deseaba
tanto!. Se preguntó cuál de ellos podría haber sido. Quizás aquel joven rubio de
uñas limpias, que iba tan perfectamente peinado. ¡Dios lo quisiera!, se dijo en voz
alta, era tan educado. Intentó recordar la fecha exacta de su encuentro con él,
pero no pudo: ¡habían pasado tantos hombres por su cama! Bueno, al fin y al
cabo igual daba, mientras hubiera funcionado, lo mismo le era uno u otro; llevaba
tanto tiempo intentándolo.
Unos nudillos, pequeños y secos, golpearon la puerta del dormitorio:
—¿Puedo pasar, mamá?
—Entra. —Contestó de malas maneras.
—¿Qué coño quieres ahora, Nastassja Jr.? —La llamaba júnior a pesar de ser
una niña.
Nastassja Jr. entró con la cabeza agachada. Su madre le tenía prohibido mirarla
directamente a la cara. Y nunca la desobedecía, porque sabía muy bien a que se
exponía si lo hacía. —Me voy a la escuela —dijo la niña, que llevaba puesto un
uniforme a cuadros de colegio.
-Cógelo. -Casi le ordenó su madre.-Está encima de la cómoda. Nastassja Jr.
cogió las monedas, las guardó y, al salir de la habitación, dijo adiós sin esperar
respuesta. Segundos más tarde su madre la oyó cerrar la puerta principal.
Nastassja Jr. desconocía el motivo por el cual su madre la odiaba. Ella no sabía
porque su simple presencia, su cara, sus ojos, le producían aquella corriente de
escalofríos y asco. No sabía que su padre, al que no había conocido y del que
nunca oyó hablar (aunque había heredado sus rasgos), era un violador. Tampoco
sabía que el acto de su engendramiento, de madrugada en un portal gris y
húmedo, fue un suceso de violencia, miedo, sangre, lágrimas y locura; que quedó
marcado imborrable en la mente de su madre, la ocasional víctima. Y la pequeña
también ignoraba que su embarazo arruinó, directa o indirectamente, la vida de
su madre, y destrozó sus posibilidades de volver a tener otro hijo.
Nada más entrar por la puerta de la consulta, Nastassja fue directamente hacia
la enfermera, sentada tras una mesa metalizada, pero esta la vio venir y huyó a
dentro del despacho: Nastassja esperó. Pocos segundos más tarde salió el
ginecólogo seguido de la enfermera.
-¿Se puede saber qué hace usted aquí?
– Dijo el doctor, malhumorado.— ¡Le dije que no la quería volver a ver!
— ¡Pero esta vez estoy preñada de verdad! -Protestó.
—Le repito por centésima vez que es imposible que usted se quede en estado.
Así que haga el favor de no aparecer más por aquí. Y le recomiendo que acuda a
un psiquiatra, y le cuente esas obsesiones suyas de… Mientras el doctor
continuaba habiéndole, Nastassja reflexionó un momento. Y se largó dejándole
con la palabra en la boca. ¡A la mierda los médicos!, pensó, se arrepentía de
haber ido a la consulta. ¡A la mierda el mundo entero! Tendré él bebe yo gola, y
será mío y únicamente mío.
En escasamente un mes, su barriga aumentó visiblemente de tamaño, hasta
Nastassja Jr. lo apreció. Pero las semanas fueron transcurriendo, y no crecía más.
Parecía haberse estancado: un bulto deforme en la parte baja de su vientre. Y así
continuó… Una mañana de otoño, desnuda frente al espejo, Nastassja rompió
aguas. ¡Dios santo, ya está aquí!, y ni siquiera he tenido contracciones.
Nastassja Jr. escuchó gritos que procedían del dormitorio de su madre. ¿Habría
algún hombre con ella? Era extraño, pues hacía varios meses que no la veía con
ninguno. Pero, ¿Y si la estaban pegando? Corrió el pasillo y empujó la puerta, pero
lo que vio la dejó paralizada, sin atreverse a cruzar el umbral: su madre, tumbada
bocarriba, desnuda y con las piernas abiertas y las rodillas dobladas, chillaba y
sudaba en medio de continuos espasmos de dolor. De pronto, algo pareció
asomarse por entre las piernas de Nastassja, la cual mordía ferozmente un trozo
de madera, y tiraba de las sábanas, con tanta fuerza, que las estaba haciendo
jirones. Entonces lanzó un espantoso alarido final mientras la cabeza surgía de
sus entrañas. Y ya no salió nada más: solo una cabeza de bebe unida a ella por el
cordón umbilical, que nacía donde debería estar el cuello de la criatura. Nastassja,
incorporándose, cogió la cabeza cuidadosamente entre sus manos, como si parir
una parte del cuerpo fuera la cosa más normal, y la besó con dulzura. La cabeza
rompió a llorar sonoramente, y la mirada demente y feliz de la madre se encontró
con los asustados ojos de Nastassja Jr. — ¡Trae las tijeras del costurero! ¡Rápido!
—Dijo la madre.
La niña corrió en pos de las tijeras.
– ¡Corta! -Ordenó Nastassja a su hija, en cuanto esta regresó. La pequeña dudó
un instante. La sangre manaba de entre las piernas de su madre, tiñendo de rojo
la cama. Y aquella cabeza, también manchada de sangre, y que debía ser su
hermano, o tal vez su hermana, no cesaba de chillar, con sus grandes ojos
abiertos, sin mirar nada:
– ¡Corta ya, estúpida!
Nastassja Jr. cortó el cordón umbilical en la base de la cabeza. Retrocedió
despacio, hasta chocar de espalda contra la pared, y dejó caer las tijeras al suelo.
El ruido hizo que Nastassja mirara a su hija, y viera de nuevo aquella cara y
aquellos ojos que tanto la habían atormentado. No lo dudó. Se levantó de la cama,
dejando sobre ella a su cabeza-bebé, y agarró a Nastassja Jr. y la tumbó
violentamente al suelo. La niña no lloró, ni protestó, ni emitió sonido alguno,
parecía conocer su suerte, y se resignaba. Nastassja apoyó los pies en los
hombros de su hija y cogiéndola brutalmente de la cabeza, empezó a tirar de ella
con todas sus fuerzas,-como si intentara descorchar una enorme botella. TIRO y
TIRO y TIRO. Hasta que arrancó la cabeza de cuajo, y cogiéndola del cabello, la
lanzó bajo la cama. Pequeños ríos de sangre brotaron de las venas rotas del cuello
de la niña. Nastassja cogió el cuerpo; que todavía latía, y lo dispuso sobre el
lecho. Luego cogió la cabeza-bebe, que ya no lloraba, y la colocó donde había
estado la de Nastassja Jr., apenas hacia unos segundos.
La atención de cualquiera que en ese momento hubiera entrado en la
habitación, no se habría fijado en la sangre que lo ocupaba todo, ni en aquel
repugnante olor, ni en las tijeras, ni en la serpiente de carne humana muerta (que
parecía un cordón umbilical), ni en la cabeza mal escondida bajo la cama, y ni
siquiera se hubiera fijado en la joven madre desnuda, que musitaba palabras
cariñosas; sino en aquel monstruoso ser, con cuerpo de niña y cabeza de bebé,
que parecía dormir plácidamente, ajeno a toda moral.
EL CONTRATO
David Burgos
Relato e Ilustración
Aparece en CREEPY segunda época Nº18
1990
Ahora que mi vida toca a su fin, quiero contaros lo que me sucedió aquella
noche. Hacia unos meses que todo carecía de sentido para mí. Alicia, mi dulce y
bella esposa, se moría y nadie en el mundo podía evitarlo. No creo ser capaz de
expresar con palabras el dolor que yo sentía. Tal vez lo comprendáis si os digo que
era como una pesada losa sobre mi espalda que, día a día, me aplastaba cada vez
un poco más. Cuando sabes que un ser amado se muere y lo ves marchitarse
lentamente, también algo se muere dentro de ti. Soledad amarga la que nos
invade ante el olor de la muerte. Porque la muerte se huele. No se deja nunca ver,
más se nota su presencia. Se mueve muy despacio por todos los rincones, oscuro
y silencioso. Con su manto invisible nubla nuestras mentes, dejando sólo tristeza,
amargura y, sobre todo, terrible impotencia ante lo inevitable, ante lo que nunca
nadie está totalmente preparado. Alicia siempre restó importancia a aquellas
molestias. Nunca se preocupó hasta que fue demasiado tarde. ¿Cómo pude estar
tan ciego? ¿Por qué nunca sospeché nada? Lo que realmente me obsesionaba, lo
que no podía quitarme de la cabeza, era el hecho de que un simple chequeo
médico a tiempo la habría salvado. Aquella noche, como tantas otras, sentado
frente a la chimenea imaginé que pedíamos hora para una consulta: análisis,
radiografías, una sencilla operación y al final, sólo un pequeño susto que el
tiempo se habría encargado de borrar. También como cada noche, desperté de mi
fantasía para caer nuevamente en la triste realidad. No se puede volver atrás en
el tiempo. Al menos, eso creía yo.
Arropado por el cálido resplandor de las llamas en el hogar y con la complicidad
de las tinieblas nocturnas, me eché a llorar como un niño. Mas mi llanto no logró
calmar la rabia ni el dolor. Quería desahogarme a toda costa, romper algo si era
preciso. Mis nervios se crispaban por momentos y todos los músculos de mi
cuerpo adquirían poco a poco una tensión inusitada. Clavé los dedos en la
tapicería del sillón y apreté con fuerza las mandíbulas hasta que las oí crujir. El
cerebro me estallaba. Entonces perdí el sentido.
Ignoro si aquel desvanecimiento tuvo algo que ver con lo que sucedió a
continuación. Doy mi palabra de que jamás me inicié en rito satánico alguno ni
practiqué o tuve contacto con la magia negra. Por tanto, aún hoy sigo
preguntándome cómo y por qué esa noche apareció el diablo en el interior de mi
chimenea. Aunque supongo que eso ya carece de importancia. -Creo que
necesitas ayuda. Yo te la puedo prestar si estás dispuesto a pagar el precio. No
hubo tiempo ni lugar para la incredulidad o el miedo. Aquellas palabras suponían
el renacer de una ilusión perdida hacía mucho y que nunca antes soñé recuperar.
-¿Puedes sanar a mi mujer? -¿Por quién me has tomado? ¡Yo soy el diablo!
¡.Provoco enfermedades, jamás las curo! Sin embargo, puedo concederte poder
sobre las personas, sobre el espacio y… sobre el tiempo. “Ya está —pensé— Esta
ocasión no se presentará dos veces. Es mi única esperanza” -Quiero volver al
pasado. Pagaré lo que sea. -Muy bien. Firma este contrato. Firmé, como no. Y mi
propia sangre selló el pacto. El precio, mi alma inmortal. Tal vez un sacrificio
demasiado grande, si se medita con calma, pero ¿qué habríais hecho en mi lugar?
De súbito, las manecillas del reloj comenzaron a girar muy rápidamente en
sentido contrario. A través del ventanal, las luces de los días y las sombras de las
noches se alteraban a una velocidad increíble. Sentí vértigo y casi creí volverme
loco, mientras infinidad de brillos y destellos relampagueaban a mi alrededor,
cambiando de color e intensidad sin pausa ni medida. Cuando todo volvió a la
normalidad, vi que ya no era de noche ni me hallaba en el salón de mi casa.
Estaba sentado en un banco de madera bajo la sombra de un árbol, y tenía un
periódico entre las manos. ¡La fecha era de diez años atrás?
No volví a saber de aquel ser demoníaco, pero algún día sé que nos
encontraremos de nuevo. Es lo justo. Él ha cumplido su parte del tracto y supongo
que no es culpa suya si el destino ha querido jugarme una mala pasada. O tal vez
sí. Pero eso ya no importa. Nada importa ya. Veréis lo que sucedió.
Podréis imaginaros mi alegría al recuperar a Alicia. No todo el mundo tiene una
segunda oportunidad en la vida y yo no estaba dispuesto a desaprovecharla.
Pasamos unos años maravillosos, con la tranquilidad de conocer nuestro futuro.
Naturalmente, nunca le conté a ella mi secreto. ¿Cómo le diríais a vuestra esposa
que habéis vendido el alma al diablo? Si te cree, malo, y si no te cree, peor; como
poco te hace encerrar en un manicomio.
Al principio, con motivo de que Alicia no llegase a sospechar nada raro, ambos
acudíamos periódicamente a una clínica donde nos practicaban un
reconocimiento médico exhaustivo. Luego, poco a poco fui consiguiendo que se
acostumbrara a ir sola. Lo cierto es que los dichosos chequeos me salían por un
ojo de la cara. Por supuesto, no era cuestión de preocuparse por el dinero, pero no
había necesidad de malgastarlo. Ella era la predestinada a enfermar, no yo. De
eso siempre estuve totalmente convencido. ¡Qué idiota fui…! Son ya siete las
semanas que llevo desahuciado. No tengo fuerzas para levantarme de la cama, ni
para comer, ni siquiera para hablar. Paso los días amodorrado. Al menos, los
calmantes van bien para el dolor. ¡Qué ironía! ¡Qué gran sacrificio para salvarla a
ella y ahora soy yo el que está esperando la muerte! Pobre Alicia, lleva horas
velándome. Y así todos los días. Si me quedara aliento le diría que se marchase a
descansar, que no vale la pena permanecer aquí, amargándose. Sé lo mal que lo
estará pasando. Yo estuve una vez en su lugar. Pero pronto dejará de sufrir. Siento
que se acerca mi muerte. ¡Dios mío, qué me espera después! ¿Qué es lo que
hice? No es justo. No es justo. Ya casi… no puedo pensar… Tengo… tengo sueño…
Es el fin… Adiós, Alicia, mi amor.
¡Qué sensación más agradable! Siento como si flotara. Veo una luz maravillosa
y me dirijo hacia ella. Es increíble. Me encuentro tan bien, tan bien… ¡No! ¿Qué
está pasando? ¡Algo me aparta de la luz! ¡Me arrastra, me atrae a las tinieblas!
¡Oh, pero miro abajo! ¡Si soy yo! ¡Y Alicia! ¡Ayúdame, no quiero ir al infierno, no
quiero! ¿Cómo? ¿Qué es lo que tratas de decirme?
-No sé si aún puedes escucharme, pero necesito aliviar mi conciencia aunque
sea tarde ya. Una vez estuve muy, muy enferma. Sabía que iba a morir. Y
mientras yo sufría lo indecible, tupa-recias tan sano, tan lleno de vida…
Perdóname, cariño, pero llegué a odiarte tanto! Así que ¿puedes creerlo? vendí mi
alma al diablo a cambio de que el mal pasara a ti. Perdóname si puedes. No sabía
lo que hacía. En ese estado no se piensa racionalmente. Sabe Dios que me he
arrepentido mil veces desde entonces, pero lo hecho, hecho está. Al menos tú
tendrás descanso donde quiero que estés. A mí me espera la condenación eterna.
Los horrores que aquí estoy padeciendo no pueden compararse con ningún
dolor humano. Sufro terriblemente y no cabe esperar alivio ni en el desmayo ni en
la muerte, porque yo estoy muerto. Y así será por toda la eternidad. Sin embargo,
aún tengo fuerzas para reír a carcajadas, con tal estruendo que incluso el diablo
se asusta de mí. Rio pensando en el momento en que esa zorra traidora venga
aquí a hacerme compañía
Fin
EL PRINCIPIO DEL FIN
José Luis ALONSO
Aparece en CREEPY segunda época Nº19
1990
El vampiro sobrevoló el parque por encima de las espesas copas de los árboles
y dio una rápida pasada por el cementerio. Después regresó a él y descendió
desapareciendo entre las hojas de un abeto.
-Por fin llegas —susurró una voz femenina —ya me iba, pensaba que no venías.
—Yo también. Tuve problemas con la niña de los Green.
—No me digas que todavía la visitas… —Aja. La sangre joven es la mejor. —Yo
la prefiero más madura —respondió, soltando una risita burlona —Bueno, me voy,
¿vienes? —No, quiero dar un paseo antes de irme.
Se despidieron. El bajó del árbol y comenzó a caminar entre las tumbas. Se
había levantado un viento que dispersaba por doquier los montones de hojas
secas que tan pulcramente habían apiñado los empleados el día anterior. Iba ya a
su pequeño mausoleo cuando unas hojas de periódico se le estamparon en la
cara. Se las quitó rápidamente, maldiciendo. Las iba a tirar pero decidió al final
entretenerse un rato leyéndolas. Hecho una fugaz mirada y… —Este nombre me
suena, a ver… En la mañana del 16 fue hallado el cuerpo sin vida de Andrew
Gordon —leyó —de veinte años de edad. La causa de la muerte según el forense
es anemia perniciosa, lo cual da bastante que pensar pues el joven en cuestión es
portador del Sida…
Mientras el viento se llevaba sus últimas palabras, un escalofrió le recorría la
columna vertebral. Las hojas resbalaron entre sus dedos, cayendo al suelo.
Hacía ya varias horas que el sol se había ocultado. Algo despertó a la hija única
de los Green, Cathy. Cathy entreabrió los ojos y se quedó expectante. El silencio
era pesado, y comenzó a tener miedo. El recuerdo de pesadillas que la
atormentaban desde hacía pocos días volvía a ella. Pasó un momento, y cuando
pensó que ya había controlado su miedo escuchó otro ruido, y esta vez supo que
era exactamente: algo golpeaba la ventana. Al saber qué era se quedó aterrada,
pero logró darse la vuelta y mirar. Se sentó en la cama, observando la ventana,
escudriñando el exterior. De repente, emergió de la oscuridad una pálida mano
que golpeó la fría superficie del cristal. Se llevó las manos a la boca para sofocar
un grito. —Abre la ventana, Cathy —susurró una voz gutural, y la reconoció. Era la
voz de sus pesadillas. De pronto se apoderó de ella la imperiosa necesidad de
obedecer a esa voz. Se levantó y se encaminó hacía la ventana sigilosamente. La
abrió, y el misterioso visitante irrumpió en la habitación.
—Hola, pequeña —dijo, arrodillándose para estar a la misma altura de la niña —
Hoy será la última vez, te lo prometo. Ven.
Separó la larga cabellera de su cuello y lo contempló, como quién admira un
tesoro, acercándose cada vez más a él, hasta que su nariz casi rozo el mentón.
Entonces, cuando se disponía a morder, se encogió bruscamente, como si le
hubieran asestado un fuerte golpe en la boca del estómago. Había sido una
arcada, a la que siguió una segunda. La sangre comenzó a manar de su boca
violentamente sin que pudiera evitarlo. La chica despertó de su trance y al
contemplar esto empezó a chillar llamando a sus padres. El comprendió que estos
no tardarían en aparecer y huyó precipitándose por la ventana.
Sheila y Spike se encontraron en el cementerio, como siempre. Ella tardó en
darse cuenta que su compañero estaba lleno de sangre, pero cuando lo hizo saltó
sobre él como un felino. El, al principio no supo cómo reaccionar, pero después la
empujó tirándola al suelo. —¿Pero qué haces? ¿estás loca o qué? —dijo él.
Ella se levantó, dirigiéndole una extraña mirada.
—Esta sangre está contaminada —siguió. Ambos se quedaron en silencio,
mirándose.
—¿Qué ha pasado?
El continuó callado un momento, y después le contó todo, que había bebido
sangre de un joven enfermo de Sida y ahora era incapaz de hincar el diente. —
Pero… ¿estás seguro? —inquirió ella cuando hubo acabado. —Sí. Nunca había
pensado que algo así pudiera suceder. Llegará un día en que tengamos que pedir
un certificado médico antes de morder. Ella no sabía que decir. Como a él, esta
situación la pillaba de sorpresa. —Tendré que visitar a Shoah. —¿A Shoah?—saltó
—¿Por qué? — ¿Por qué? ¿Quién sino él puede saber las consecuencias que esto
puede tener para mí? Comienzo a estar débil, y si esto no cambia…
—¿Y si esperas un par de noches? Quizás sea pasajero. —No creo que sea
pasajero. Hubo una larga pausa, al cabo de la cual él le preguntó si había tenido
que visitar alguna vez a Shoah. —No jamás. Pero hace años conocí a un vampiro
que si lo hizo. —¿Qué te contó?
—Oh, no te preocupes. Es como ir al médico.
El agachó la cabeza, preocupado, sin saber que ya nunca más hablaría con
Sheila.
A la noche siguiente fué a visitar a Shoah. Shoah era una especie de dios de los
vampiros. Ni los más viejos del lugar sabrían decir desde cuando estaba ahí, pero
eso hacía años que había dejado de preocuparles. Para llegar a él tenía que
seguirse una especie de ritual sumamente sencillo. Tan sólo tenía que hacerse
una raja vertical en la palma de las manos y después de unirlas, alzarlas por
encima de la cabeza, lentamente, mientras pedía ser recibido por Shoah, lo cual
no tardó mucho en ocurrir. El recibimiento fué también muy sencillo, consistía en
un contacto telepático, por decirlo de alguna manera. La voz de Shoah era
potente, y resonaba en su cabeza como, si en vez de una voz, fueran decenas de
ellas gritando al unísono. Tras escuchar lo que Spike tenía que decir, Shoah
meditó durante un momento para, seguidamente, decir que era un caso sin
precedentes, algo rarísimo. Nunca, continuó, en la historia de los vampiros,
alguno había succionado sangre con esas características. Después de otro espacio
en blanco, Shoah le pidió veinticuatro horas para intentar encontrar una solución,
aunque fuera momentánea, a su problema. La verdad es que no tuvo ni que
acceder, pues no tenía otra opción. Tendría que aguardar un día más para recibir
antídoto, si es que lo había. Al finalizar el contacto, Spike cayó exhausto sobre la
hierba del cementerio.
Habían transcurrido casi dos horas. Spike empezaba a espabilarse. Tenía un
terrible dolor de cabeza, como si hubiera salido de una borrachera. Se incorporó
como pudo. Poco a poco fue recordando su entrevista con Shoah. Había sido una
pequeña decepción, pues él esperaba salir de ella con algo en claro. Bueno, si no
fué hoy será mañana, pensó y hecho a andar. Sin rumbo fijo al principio, pero se
dió cuenta al rato de que instintivamente había tomado el camino de la casa de
Cathy y se detuvo. Pensó, después de todo, que no sería mala idea visitarla,
aunque sólo fuera para probarse a sí mismo, y siguió andando. Al llegar descubrió
que una de las ventanas del sótano que se veían a ras del suelo estaba rota y
decidió pasar por ahí. Arriba, en el cuarto ya, la chica dormía plácidamente, y al
mirarla notó por primera vez una sensación muy extraña, que no sabría describir.
Dió un paso para acercarse a la cama, pero se detuvo. Repentinamente, el simple
hecho de pensar en lo que tenía que hacer le hacía sentirse horriblemente mal. Se
llevó las manos al estómago, temiendo lo peor. Aguardó así unos segundos para
tranquilizarse, volviéndose a erguir cuando lo consiguió. Entonces se vio, reflejado
en un gran espejo que había en una esquina de la habitación, junto a la puerta.
Tenía el rostro demacrado y algo pálido. Ya había olvidado la última vez que un
espejo reflejo su imagen. Se aproximó, titubeante, como si fuera la primera vez
que se contemplaba. Y fué así, mientras se veía reflejado, como empezó a
comprender la situación.
Estaba en un mugriento callejón sentado en el suelo junto a unos cubos de
basura. Se había pasado el tiempo dando vueltas por la ciudad, pensando.
Todavía no se acababa de creer lo que le estaba pasando. Era como volver a
nacer. Al principio no hacía más que recordar todos sus años de vampiro,
renegando casi de su nueva condición. Había estado en muchas ciudades y
dejado muchos compañeros en el camino. Con el tiempo no le sería muy difícil
dejar a los que ahora tenía.
Sus colmillos habían empezado a menguar y ya casi habían adquirido su
tamaño original, lo cual había venido a disipar toda duda sobre lo que le ocurría.
La gente estaba empezando a salir a la calle y la ciudad se disponía, un día
más, a recobrar su intensa actividad, ajena a todo. Pronto amanecería. Al igual
que pasó con su rostro, tampoco recordaba cómo había sido su último amanecer.
Un hombre se detuvo ante el callejón, llamando la atención de Spike,
devolviéndolo a la realidad. Llevaba una gabardina larga y un sombrero oscuro
que le cubría el rostro. El hombre se le acercó hasta ponerse a su lado. Se
miraron. Spike notó algo familiar en la mirada de aquel tipo. —¿Quién eres?
—Vengo a llevarte conmigo —espetó el hombre en tono arrogante. Con todo el
jaleo que tenía en su cabeza se había olvidado completamente de Shoah.
Seguramente a estas alturas él también lo sabría todo. Y, desde luego, no
permitiría que una de sus ovejas abandonase de esta forma el rebaño, y ni mucho
menos dejaría que incidentes parecidos volvieran a repetirse. Spike bajó la
mirada, esa mirada que tienen los desafortunados que presienten su final antes
de que llegue. El hombre retrocedió un paso, sacando del interior de la gabardina
una escopeta recortada. Spike no tuvo tiempo ni de gritar. Apenas pudo soltar un
débil gemido. Aquella cálida mañana, un gran estruendo alarmó a la gente que
empezaba sus actividades matutinas y despertó a alguno que otro. Sin que ya
pudiera notarlo, había amanecido.

TRAVELLERS
Desconocido
Aparece en Tales from the Crypt número 33
1952
Un ligero aroma a lirios impregnaba el “hábitat”. Así es como se llamaba a la
habitación donde los “viajantes” reflexionaban acerca de lo divino y lo humano
antes de efectuar su “salto” Scott Pomfrey estaba sentado en unos de los bancos
del “hábitat”, pensativo, cabizbajo y con las muñecas apoyadas en las rodillas. Su
asiento era un bloque macizo de mármol pulido, de un blanco relajante, al igual
que el resto del habitáculo. La blancura de aquella habitación le envolvía como
había hecho otras tantas veces. Aquel ambiente le había servido en muchas otras
ocasiones para relajarse antes de realizar sus “saltos”. Un ambiente estéril, sin
ningún elemento que distrajese al “viajante” de su concentración, a excepción de
algún suave aroma, que variaba en cada caso a elección del psicólogo.
— “¿Cómo va todo, Scott? — unos ojos jóvenes aparecieron tras una minúscula
rendija en la puerta del “hábitat” Sin mediar palabra Scott movió las palmas de
sus manos hacia arriba y hacia abajo, insinuando que esperase un poco
más….aun necesitaba pensar en algo.
Cuando volvió a su concentración, Scott comenzó a recordar cómo había
empezado todo. No siempre habían existido los “saltos”, o los “viajantes”… No fue
hasta hace apenas 35 años que se descubrió la zona cero. Recordaba el nombre
de su descubridor, sonaba a francés, un tal…. Veraux, Patrie Veraux. Un joven de
origen belga que había maravillado a la comunidad científica del todo el mundo
con su hallazgo. Durante unas investigaciones sobre antimateria, que estaba
realizando en la universidad de Oxford en calidad de adjunto, descubrió lo que
ahora se conoce como zona cero.
La zona cero es, para neófitos en dimensologia, un “vacío legal” entre
dimensiones… entre realidades si se prefiere. Un espacio en blanco donde
convergen infinidad de dimensiones, alternativas a nuestra realidad. Pero todo
eso no lo sabíamos antes. Al poco de descubrir la zona cero, Veraux desapareció
nadie sabe cómo (aunque todos se lo imaginan) y el gobierno de Gran Bretaña se
hizo responsable de aquel adelanto sin parangón. Se reclutaron cientos de
voluntarios para probar en ellos los efectos de la zona cero sobre seres humanos.
Ninguno volvió jamás… trescientos sesenta y dos soldados del ejército de su
majestad desaparecidos por arte de magia dentro de aquella “maravilla cósmica”,
como muchos la llamaban.
Durante cierto tiempo las investigaciones fueron cesadas por el propio gobierno
que temía la reacción del pueblo ante los problemas que estaban surgiendo. Aun
así, siguieron realizándose algunas investigaciones privadas, al margen del
gobierno. Y fue entonces cuando James Breedy (nunca olvidaremos ese nombre),
fontanero de profesión y fanático a ultranza del Manchester United, soluciono el
problema…
El viejo Breedy se había presentado voluntario al experimento al perder una
estúpida apuesta de fútbol con un viejo compañero de borracheras días antes de
un experimento. El caso es que, como cientos de personas hicieran antes que él,
Breedy entro en la zona cero y desapareció… otro experimento fallido, según los
doctores, hasta que unos minutos después sonó el teléfono en el centro de
investigaciones. Era Breedy
El pobre diablo había aparecido, sin saber cómo, en medio del césped del
estadio del Manchester United, y no se le había ocurrido otra cosa que llamar al
centro para que le recogieran, porque estaba muerto de frió. Una vez de vuelta en
el pabellón C del centro, Breedy explico lo sucedido a la multitud de especialistas
que se habían congregado para escucharle atentamente. Según el viejo, al entrar
en aquel sitio, le vinieron muchas imágenes a la cabeza, algunas malas, pero
muchas muy buenas…. se veía a si mismo rodeado de nietos, cuando en realidad
no se había casado nunca, se veía convertido en multimillonario… pero ninguna
de ellas acabo por satisfacerle y deseo volver a casa… ¡y entonces apareció en
medio del estadio!
Gracias a la experiencia de Breedy, los científicos comenzaron a postular la
teoría del multiverso, es decir, muchos universos o realidades, en uno solo…eso
era la zona cero. Y lo mejor de todo era que, si el viejo había conseguido ir desde
el centro de investigaciones al campo del Manchester en unos segundos, se
abriría una nueva era en el mundo de los transportes y comunicaciones. Solo
hacía falta personas que realizasen el “salto”: y aparecieron los llamados
“viajantes”.
Durante un tiempo, el gobierno estuvo empleando miembros de la elite militar,
provenientes de cuerpos desconocidos por la mayoría de la población. La
disciplina que se imprimía a los miembros de estos cuerpos debía ser suficiente
para que los “viajantes” no sucumbiesen a las visiones que Breedy había relatado.
Los resultados fueron, como mínimo, irregulares. Seguía habiendo desapariciones
masivas, pocos eran los que volvían, y aún menos los que llegaban al lugar
asignado. Entre esos pocos, se realizó un estudio donde se les hizo todo tipo de
preguntas, desde “¿en qué pensabas allí dentro?” hasta “¿te pico alguna parte del
cuerpo en algún momento?”. No querían dejar nada al azar. Pero lo cierto es que
gracias a aquel cuestionario dieron con el problema. Lo importante no era la
disciplina, ni el autocontrol, sino la voluntad, el deseo irrefrenable de volver. El
viejo Breedy no volvió porque no desease verse rodeado de riquezas, no… Breedy
estaba tan loco por el Manchester, que no quiso perderse el partido que se jugaba
el día siguiente contra el Liverpool, y no tuvo otra opción que volver…. Ese era su
deseo, ahí radicaba su voluntad de volver, y por eso apareció en medio del
césped del estadio. Lo necesario para volver, no estaba dentro de uno, sino fuera.
Algo que te anclase a esta realidad y no te dejase marchar… lo que más quisieras
en este mundo.
A raíz de aquello, las autoridades comenzaron una búsqueda de personas que
se viesen capaces de realizar el “salto”. Los requisitos para convertirse en
“viajante” eran abrumadores; debías demostrar que no habías pensado nunca en
cometer suicido o en irte a vivir a otro país. Del mismo modo, debías reflejar en
todo momento estar contento con tu vida… podría decirse que ser feliz era parte
de tu trabajo.
Todos los aspirantes debían pasar por multitud de pruebas psicológicas,
además de por meticulosas investigaciones acerca de su vida personal. El
gobierno tenía la capacidad, y la obligación, de saberlo todo de ti: qué clase de
música te gusta, cuál es tu color preferido, cuántos coches has tenido…incluso
llegaron a investigar la frecuencia con la que se masturbaban los sujetos, hasta
que el tribunal superior prohibió esta parte por considerar que atentaba contra “la
intimidad personal”.
Ha habido varios cambios desde entonces, el más reciente fue la incorporación
de una prueba psiquiátrica previa al “salto”, donde el psicólogo debe comprobar
que el “viajante” este en plenitud de sus capacidades mentales, para evitar
“accidentes” en el “salto”. Scott fue uno de los primeros “viajantes”
“profesionales” que salieron de la escuela Plympton. La mayoría de los anteriores
eran personas normales, a quienes habían seleccionado para convertirse en los
primeros “viajantes”. Muchos de ellos habían trabajado en otras cosas antes:
carpinteros, camareros, corredores de bolsa…. y no habían tenido una formación
específica para sus “saltos”. No podían haberla tenido, con ellos empezó todo.
Pero Scott si la tuvo.
Cuando a los dieciocho años acabo el instituto, se matriculo en la escuela
Plympton para “viajantes”, donde estudio ciencia cuántica básica, dimensiologia y
sobretodo mejoró su capacidad mental para reforzar la conciencia de sí mismo, lo
que le ayudaría a la hora de volver de sus “saltos”.
Allí sentado sobre su banco de mármol, Scott recuerda su primer “salto”. Igual
que ahora, paso mucho tiempo meditando en el “hábitat” antes de efectuar su
“salto”. Debía darse prisa porque la mercancía que debía entregar salvaría la vida
de otra persona: Scott debía saltar a un hospital de Puerto Rico, donde esperaban
el pulmón que llevaba con él para salvar la vida de un tal Andrés Montenosequé,
un crio de apenas 12 años que había tenido un accidente horas atrás.
Recuerda cómo se introdujo poco a poco en la brecha de la zona cero y como,
cuando hubo entrado completamente, entro en una especie de shock y miles de
imágenes de sí mismo le asaltaban como puñetazos en el córtex cerebral.
Como había aprendido en Plympton, Scott se concentró en lo que él más
quería: su novia, y futura esposa, Charlotte. Esa era su voluntad, su ancla en este
mundo. Siempre la tendría presente durante el “salto”, incluso cuando en una de
las imágenes pudo verse a sí mismo y a Charlotte bañando a un bebe en una
bañera, en una habitación preciosa…Charlotte estaba algo mayor, pero
guapísima, con el pelo recogido, y un precioso vestido azul, parecían tan felices…
Aun así, era falso, esa no era su realidad, y debía volver con la verdadera
Charlotte, el amor de su vida. Y así ocurrió. Con ese pensamiento abrió los ojos y
estaba en medio del “hábitat” de aquella clínica de Puerto Rico donde unos
médicos le arrancaron el contenedor del pulmón de las manos y salieron con un
“gracias” que pronunciaron con un acento realmente extraño.
Desde entonces Scott, siempre había usado la imagen de Charlotte para volver
de sus “saltos”. Y desde hace diez meses a su imagen, Scott había añadido la de
la pequeña Theresa, la hija de ambos. Las dos cosas que él más quería en la vida,
las que le animaban a volver.
— “Te quedan cinco minutos, Scott. ¿OK?”— aquellos ojos volvieron a asomarse
por la rendija, interrumpiendo la concentración de Scott, quien se limitó a levantar
un pulgar en señal de aprobación. Entonces, Scott comenzó a recordar el pasado
miércoles. Comenzó a recordar el camino de vuelta a casa. Acababan de
comunicarle que debía realizar un nuevo “salto”: en la conferencia de la ONU, que
se está celebrando en Pakistán, la delegación británica necesitaba urgentemente
unos informes acerca del crecimiento de la población inmigrante en el país
durante los últimos años y Scott había sido el elegido para realizar la entrega.
Recuerda claramente como subió los escalones de su nueva casa, como abría la
puerta y como llamaba a su mujer y nadie le contestaba. Recuerda como busco
por toda la casa y no encontró a nadie. Recuerda cómo, finalmente, entro en el
baño del dormitorio principal. Recuerda como encontró a su esposa, tirada en el
suelo, con su vestido azul nuevo, salpicado de sangre. Recuerda los ojos de su
mujer, abiertos, con una mirada de sorpresa e indignación; y la postura de su
cuello, que delataba que se había roto, posiblemente al golpearse contra el
lavabo que también estaba salpicado de sangre. Recuerda cómo, azuzado por el
terror, se acercó a la bañera de donde rezumaba el agua poco a poco; y recuerda
el dolor, la punzada de angustia en su pecho, cuando vio el cadáver amoratado de
Theresa flotando boca abajo en el agua. Recuerda como las abrazo a las dos
durante más de una hora, llorando amargamente pero reteniendo sus ansias de
gritar. Recuerda como pensó que nadie debía enterarse de esto; como fingió estar
haciendo reformas en el jardín para poder cavar su tumba sin levantar sospechas
y como, esa misma noche, en la oscuridad de su parcela, bajo la mirada de la
luna, enterró, liadas en una manta, a las dos personas que más había amado en
su vida. Recuerda como hizo un acopio de entereza para engañar al psicólogo que
se encargó de la prueba psiquiátrica preparatoria para este “salto”; y como había
contenido las lágrimas y mostrado la mejor de sus sonrisas cuando le
preguntaban cómo se encontraba de ánimos.
—”¡Estoy como nunca! ¡Todo me va de fábula!”— recuerda haber respondido en
algún momento de aquella entrevista. Recuerda como todo durante los últimos
días le ha llevado a este momento, el momento de levantarse y adentrarse en la
zona cero por última vez.
Cuando ya tenía media pierna dentro de la abertura, aquellos ojos volvieron a
asomarse por la rendija de la puerta: —Hey, Scott… ¿Y Charlotte y la niña? ¿Cómo
están?” —a lo que Scott, esbozando una sonrisa, le respondió. —”Perfectamente.”

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